Vanguardia y psicoanálisis en el poemario Anotar lo extinto, de Eduard Farràs
Publicado por AEREA, Anotar lo extinto es un poemario que supera esos versos de iniciación de su anterior libro, Mal de siglo. Un paseo histórico-ficticio (2023), pues, en estos nuevos poemas, Eduard Farràs empieza a preguntarse por su lugar en el mundo más allá de su realidad como sujeto político.
Los poemas revelan esa incertidumbre necesaria que caracteriza a los creadores que observan en el lenguaje dos vertientes semánticas fundamentales para empezar a escribir poesía. a) el lenguaje es poliédrico y su versatilidad permite redescubrir los significados ocultos que permanecen en la realidad, latentes, dispuestos a ser materia literaria, aproximación al debate filosófico donde otras realidades cobran vida en la producción lingüística del poema; b) el poema ya no es un horizonte que pueda sustentarse en la búsqueda de una forma meramente eufónica y lastrada por la brillantez, sino que es una forma de conocer, de adentrarse en un espacio personal e interior que proviene de una experiencia que empieza a acumularse: "Llama a la puerta del pecho,/ descansa en ella tu vista./ Observarás al mocoso zanganear en el calostro". (pág. 30).
La materia literaria es enmascaramiento de una reflexión que tiene que ver con mi relación con el mundo. Comprender las afueras no es tarea fácil y de eso va precisamente el poemario de Farràs Núñez, de dar cuenta del estado de las cosas a través de lo onírico, pero el onirismo de Anotar lo extinto no tiene nada que ver con la belleza superficial que ofrecen algunas corrientes literarias o pictóricas que relacionan el sueño con lo candoroso y lo primitivista, sino con la calcinación y la mutilación, con lo corrosivo; el sueño siempre es fecundo si se abraza a la pesadilla y es aquí donde se crece el poemario de Eduard Farràs: "Si ves a tus amigos doblar de/ nuevo la calleja tiéndeles/ un puente de olvido./ Volátil es la amistad/ apoyada en las técnicas/ de la arquitectura efímera". (pág. 35).
Por esa razón, sus versos destilan ese asombro primigenio, necesario, atisbo de una madurez en ciernes, que advierte de que conocimiento y belleza están vinculados a la sordidez, a la morbosidad, a la autodestrucción. Por qué. Porque es tabú. Porque la literatura comienza en el tabú: "Aquí nadie se aísla al sentir la vejez/ rozar sus falanges". (pág. 46). Y el poemario de Farràs es una mirada al mundo donde prima el desconcierto, el absurdismo, la pregunta incesante que no encuentra una respuesta práctica ante los escenarios fatalistas de lo contemporáneo: la burocracia, el poder como tiranía silenciosa, la infancia como refugio inútil, el manicomio que supone lo tecnológico cuando la alienación del sujeto es insalvable e irreversible: "Otro latido,/ un nuevo hilo de amianto/ en la veta parda./ Terminado el acarreo/ la estructura cristalina/ se deshace". (pág. 45).
Estructurado en cuatro partes: "Sobre el estado de la cuestión" coloca al sujeto en un lugar hostil, en un lugar al que el poeta ha sido arrojado, el propio mundo que es y se proyecta en continuas demandas y necesidades. Y las posibles soluciones en "Declaración de intenciones", no llegan, no van a llegar. No se puede resolver aquello que políticamente y tecnológicamente supera al sujeto y lo maltrata. Más que maltratarlo, lo silencia. Lo aísla en su cuarto y es aquí donde la poesía de Farràs descubre la lucha personal que significa la poesía: transformar el lenguaje no para transformar el mundo, sino para prolongarlo, para hallar nuevos asideros, nuevas tablas de salvación.
Y así lo manifiesta en su desenlace, "Apología de la extinción", a modo de tratado poético en el que el sujeto se desvanece, se extingue, se consume en su aula blanca. No sé si derrotado, pero consciente de que el ejercicio de escribir ha merecido la pena: "Aquí, en el aula blanca donde todo aprendizaje se interrumpe, la existencia cobra relevancia en la despedida". (pág. 71) La vanguardia y esas metáforas en los que retazos del Psicoanálisis se filtran hacen del poemario un manifiesto sobre el escepticismo, el escepticismo y la incredulidad ante una realidad tan hiperestimulante como nociva, pues le resta a cualquier sujeto todo intento de ser singular y heterodoxo, rasgos que hacen inédito a un espíritu que decide sencillamente escribir. @mundiario