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MUNDIARIO

Un triste recuerdo

Capítulo IV de la Historia del explorador Don Antonio de Espinos y Montesinos, incluido en “La flor antigua”, de Editorial Pigmalión. / Relato literario.

Pájaros negros. / PIxabay
Pájaros negros. / PIxabay

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Arturo Franco Taboada

Arturo Franco Taboada

El autor, ARTURO FRANCO TABOADA, es escritor, profesor de arquitectura, dibujante y colaborador de MUNDIARIO, donde publica relatos literarios. @mundiario

De camino por la región al oeste de los lagos, se sobresaltaron con un desagradable hallazgo. Don Antonio y sus acompañantes conocían esas historias injustas y crueles, condenadas desde la Metrópoli y desde los púlpitos, pero que pocos respetaban. Un grupo de pájaros les sorprendió desde lejos, remataban un siniestro festín. Contaron los restos de más de cien indios chorotegas destripados y sin rostro. Cabalgaron luego llenos de indignación deseando no encontrarse con el grupo de mal nacidos, pero no tuvieron suerte. Los pájaros seguían a todas partes a aquellos desalmados. Algunos ladridos aislados llegaban desde un bosque de ceibas donde habían montado un campamento. Cuando se aproximaron vieron como los perros reposaban despanzurrados la pesada digestión, mientras los expedicionarios jugaban a las cartas.

Muchos de los que iban en aquella compañía eran soldados viejos, que pasaban de los cuarenta y cinco años y que habían participado en la campaña de Granada. Estaban entrenados por adiestradores suizos para las guerras de Italia y eran muy resabiados con las cosas de la guerra, que habían tomado como oficio principal y único. Todo eso les convertía en gentes sin religión y sin freno, jugadores sin ley, blasfemos y pendencieros, que a menudo olvidaban incluso el sentimiento patrio.

Se habían acostumbrado a esquivar las ordenes y bien es sabido que los ejércitos así formados con esa clase de gente, no se organizan adecuadamente.

Del paso por tantas batallas se habían resentido sus vestimentas y aperos de combate. Y así, la mayoría tenía tan mal aspecto que parecieran una vahída memoria del legendario cuerpo de Guardias Viejas, del Rey Fernando de Aragón. De los lucidos blasones y estandartes de aquella época dorada, no quedaban más que algunas raídas banderolas descoloridas. Poco más que una manta hecha jirones restaba de las brillantes gualdrapas de metal que en otro tiempo protegieron a las cabalgaduras. Por otra parte, era tan desigual la lucha y tan ligero el armamento del indio, que rara vez se utilizaba la armadura en las cabalgadas, limitándose la protección a un vestido de malla tan oxidado e incompleto que parecía la piel de un pez mal descamado.

Y de esta manera aquellos falsos fijosdalgo y gentilhombres que barruntaban sueños de fabulosas conquistas, no eran sino sombras de otro mundo, sin sus viejos equipos de armado caballero, gloria e ingenio del Gran Capitán, a la manera de las legiones romanas. Con brazales y gorgueras, con rodelas del imperio, con picas arcabuces y afiladas pilas que atravesaban los escudos. No eran más que máscaras raquíticas de la florida caballería de fortuna de otro tiempo, sin celadas en el casco, sin corazas, ni medios quijotes, ni canilleras y se arrastraban sobre unas encubertadas monturas, en las que apenas se distinguía una borrosa divisa de Castilla y de León que no por desconocida desconcertaba menos a aquellas repúblicas de indios.

Vídeo. / YouTube

Viendo aquel ejército de funcionarios de la muerte le vino a don Antonio a la memoria un lejano recuerdo...

«Se nos ha ido como una flor de primavera,

este hombre joven y bello,

de tanta prestancia y apariencia,

fuerte de ánimo y de espíritu.»

Era muy niño cuando vio pasar por su aldea de Carrión un patético cortejo fúnebre de seres alucinados, que se arrastraba en una larga noche de cuarenta días por aldeas y villorrios de los páramos de Castilla la Vieja. Acompañaban a una reina que había perdido el juicio y caminaba hacia ninguna parte velando los restos de un príncipe amado, arrancados del reposo en la Cartuja de Miraflores. En ocasión tan triste, recordaba como una nube oscura de pájaros negros volaba en compañía de la lúgubre procesión, atraída por el olor hediondo de los reales despojos. Y ahora camino del mar, en aquel mundo nuevo, veía otra vez a los pájaros arropando como una capa siniestra a aquellos seres sanguinarios. Los pájaros negros, zopilotes del norte y auras del sur, habían olido la muerte y la fresca carnaza que sembraban los expedicionarios por donde pasaban, y así congregados, se acostumbraron a volar sobre ellos, sobre sus pequeños ejércitos del norte y del sur. Los más atrevidos se posaban en lo alto de las picas de los soldados, sobre la punta brillante de acero y cabalgaban largas jornadas sobre ellas, como embajadores de mal agüero. Y cuando los lebreles y mastines enviciados con carne de indio, se saciaban de devorar sus tripas, los pájaros descendían sobre la carroña y les arrancaban sus bellísimos ojos negros.

Don Antonio procuró enterarse de quienes eran aquellos desalmados y continuó su viaje. Cuando llegaron a la costa, alguien señaló desde lejos el pequeño puerto del Realejo.

¡Fijaos allá!, esa galeaza debe ser nuestro barco y esos otros que la flanquean seguramente están formando la flota de armada. Tiene aspecto bastante amenazador.

El barco maniobraba el atraque a golpe de remo. Desde la terraza se podían contar sin dificultad las veintiocho palas, pintadas de rojo intenso, que rompían el agua acompasadas por la amura de babor.

Efectivamente. Es el galeón que viene del Darién. Está dejando atrás la armada de conserva.

Sabéis que se están cambiando los uniformes de la marinería y sobre todo de los convictos del remo. Ahora tendrán más aire de muerte. Es evidente que la guerra se sucede porque no hay una disuasión suficiente. El miedo produce respeto y prudencia, y muchas veces evita el conflicto. @mundiario