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Mi último suspiro, las jugosas memorias de Luis Buñuel, un hombre arriesgado

Era un hombre moderno y tradicional a la vez, alguien difícilmente previsible en sus reacciones ante el mundo.

Mi último suspiro, las jugosas memorias de Luis Buñuel, un hombre arriesgado
Luis Buñuel, en su época juvenil
Luis Buñuel, en su época juvenil

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Javier Puig

Javier Puig

El autor, JAVIER PUIG, es colaborador de MUNDIARIO. Es articulista de literatura y cine. Escritor de poemas y relatos. @mundiario

Hacía mucho tiempo que tenía en mente leer Mi último suspiro, la autobiografía de Luis Buñuel,  y, ahora que lo he hecho, no me he sentido decepcionado en absoluto. Se trata de un libro interesante de principio a fin. Los recuerdos y el ideario del gran cineasta aragonés fueron recopilados y transcritos por el guionista de sus últimas películas, Jean-Claude Carrière, a partir de las numerosas conversaciones que ambos mantuvieron. Corría el año 1982 y faltaba solo uno para que su vida terminase.

Estas memorias son la suma del anecdotario de un hombre rico en vivencias, de actitud siempre temeraria, al que le ayudaron su talento y la muy buena posición económica  de sus padres. El director aragonés ostentaba unas ideas muy suyas, muy claras, aunque a los demás nos parezcan a menudo bastante incongruentes. Era un hombre moderno y tradicional a la vez, alguien difícilmente previsible en sus reacciones ante el mundo.

Las manifestaciones de Buñuel, las vicisitudes de su vida, siempre son impactantes. Fue amigo de la boutade. Se crió en el ámbito de los surrealistas, de aquellos Breton y demás pandilla que implantaban normas rigurosas para una conducta que no debía ablandarse, que no podía ofrecer signos de debilidad ante lo instituido, que estaba obligada a ceñirse a los estatutos de una gloriosa y libérrima provocación. Aquello era poco menos que una dictadura, una secta, de la que se podía escapar, pero bajo pena de dolorosa excomunión.

Una de las constantes de Buñuel, es su perplejidad ante la religión. Esa contradicción, la de quien se cree ateo bajo la influencia del misterio, la expresó genialmente con esta paradoja: “Soy ateo, gracias a Dios”. Para este descreído, Dios tendría que existir como representación de una elevación suprema, pero él sabe que no existe. Aun así hay que darle las gracias a alguien – por ejemplo, a ese personaje sobre el que se ha convenido su gran altura - por no sufrir la imposición de su todopoderoso existir; lo que sería una gratitud propia de un “síndrome de Estocolmo”.

Para bien o para mal, nunca olvidamos nada que nos haya calado hondo en la  infancia. En su niñez, Buñuel jugaba a ser cura con sus hermanas. Ya de mayor, aunque Buñuel era anticlerical, le dolieron las brutalidades que cometieron los radicales en España, las quemas de conventos e iglesias, los asesinatos. Así cita, espantado, la noticia de un periódico de la época: “Ayer por la tarde, un grupo de obreros subía tranquilamente por la calle Montera cuando, por la acera contraria, vieron bajar a dos sacerdotes. Ante tal provocación…” Más adelante, cuando nos habla de su gusto por el disfraz, nos relata: “En Madrid, a veces me disfrazaba de sacerdote  y me paseaba así por las calles, delito castigado con cinco años de cárcel. También me disfrazaba de obrero”. Sus dudas religiosas se traducían en ideas como estas: “El azar no puede ser una creación de Dios, porque es la negación de Dios… Dios no se ocupa de nosotros. Si existe es como si no existiese… No me queda sino vivir en una cierta tiniebla. Entre los dos misterios, yo he elegido el mío, pues, al menos, preserva mi libertad moral”.

Sus pronunciamientos son, a menudo, escandalosos, agresivos, desconcertantes: “Siempre me ha parecido más atractiva la idea de incendiar un museo que la de abrir un centro cultural o fundar un hospital”. Y añade: “El símbolo del terrorismo, inevitable en nuestro siglo, siempre me ha atraído, pero del terrorismo total cuyo objetivo es la destrucción de toda la sociedad, es decir, de toda la especie humana. No tengo sino desprecio para aquellos que hacen del terrorismo un arma política al servicio de una causa cualquiera”. Pero, por otra parte, era contrario a algunas obscenidades: “Nada me parece más despreciable que esa proliferación de palabras malsonantes que desde hace varios años se observa en las obras y en las charlas de los escritores”. Se consideraba apolítico, tal vez como conservadora evolución de su temprana afición por la anarquía. Aunque, de aquellos militantes, más tarde diría: “Yo no podía soportar su comportamiento arbitrario, imprevisible, y su fanatismo”.

En el libro cuenta unas cuantas gamberradas. Algunas las consuma, pero las más graves nunca, por imposibilidad o tal vez porque era mucho más considerado de lo que fingía ser. Aunque es verdad que tenía fama de diabólico. Sus primeras películas son extremadamente provocativas. El perro andaluz y La edad de oro, lo acostumbrarán a las prohibiciones, a las reacciones airadas: “Me habían mandado de París todos los periódicos que contaban con detalle el escándalo de La edad de oro y en los que se me insultaba escandalosamente. Un escándalo encantador”. Precavido, en el estreno de la primera, nos cuenta: “Me había puesto unas piedras en los bolsillos para tirárselas al público si la película era un fracaso”. No fue un fracaso, el público era el propicio. Además, contaba con la subvención de su madre y con la de una familia aristocrática de París lo suficientemente excéntrica. Estos eran para él: “Burgueses que se rebelaban contra la burguesía. Este era mi caso”.

Por esta autobiografía figura un gran número de amistades insignes. Empieza por las de Lorca y Dalí, a los que conoció en la Residencia de Estudiantes. Del poeta andaluz, dice: “La admiración que me merece el teatro de Lorca es escasa. Su vida y su personalidad superaban con mucho su obra, que me parece a menudo retórica y amanerada”. E insiste en su persona: “De todos los seres vivos a los que he conocido, Federico es el primero… La obra maestra era él”. Con Dalí se llevó muy bien al principio. Narra, entusiasmado, la perfecta simbiosis que se estableció entre ellos dos cuando elaboraban el guion de El perro andaluz. Pero luego se distanciaron, especialmente a partir de la aparición de Gala, que lo convirtió en el cínico "Avida Dollars", pero más aún cuando en un libro, Dalí desveló características de Buñuel que le hicieron perder un buen puesto de trabajo. 

Después, a lo largo de su vida, conoció a los artistas más prestigiosos. Primero a los escritores y pintores que residían en París en los años de su mayor esplendor. Luego, en Estados Unidos, conocería a los directores y actores más importantes. La mayoría lo admiraban. Su carrera cinematográfica fue irregular. Nunca quiso plegarse a las exigencias de los grandes estudios. Residió durante décadas en México, donde realizó numerosas películas de bajo presupuesto, en tiempos record de rodaje; pero, a pesar de ello, los ecos de la gran calidad de algunas de ellas llegaron a los mejores directores del mundo, y a los grandes festivales: al de Cannes y al de Venecia.

A Buñuel no le gustaban los que querían poseer la verdad, quienesquiera que fueran: “Me aburren y me dan miedo. Yo soy antifanático (fanáticamente)”. Decía tener: “Horror a comprender. Felicidad de recibir lo inesperado”. Era hombre muy poco reflexivo. En sus películas, incluía escenas que el necesita exponer pero que no comprendía muy bien, mientras que los críticos intentaban deducir mensajes secretos: “Algunos analistas, desesperados, me han declarado inanalizable, como si perteneciera a otra cultura, a otro tiempo, lo cual es posible, después de todo”.

Buñuel era, en realidad, un hombre tradicional muy peculiar. Frecuentó durante décadas los mismos cafés, y esos bares tan amados: “El bar es para mí un lugar de meditación y recogimiento, sin el cual la vida es inconcebible”. En su relato, es recurrente el lamento por la pérdida de tantos lugares amados. Hay pequeñas cosas que él amaba grandemente: “Estamos asistiendo a una espantosa decadencia del aperitivo, triste signo de los tiempos. Uno más”.

Al final del libro, hace una declaración de sus filias y de sus fobias. Entre las primeras: algunas películas memorables, las armas, las culebras, las ratas, sus rincones del mundo preferidos, a los que siempre regresa, los claustros,  el arte románico y el gótico, el dry Martini, los disfraces, los enanos, la puntualidad, la soledad (“a condición de que un amigo venga a hablarme de ella de vez en cuando”); entre las segundas: el pedantismo y la jerga, los fotógrafos de prensa, las multitudes, De aquí a la eternidad, Steinbeck, la psicología, el psicoanálisis, la publicidad, la proliferación de la información (¿qué diría hoy?), el haber cazado un poco en su juventud (¿para qué quería las armas?), la política.

Finaliza este apasionante relato con la nostálgica referencia a su presente, a su vejez. Nos habla de sus sentidos mermados, que le impiden disfrutar de la lectura, de la música; de las operaciones, de la rutina de un hombre desactivado, de los restos de hedonismo. No elude la idea de la muerte, a menudo teñida de humor en ese ser adicto a las bromas. Lo que más lamenta es que el abandono del mundo le impida saber su posterior evolución: “Me gustaría poder levantarme de entre los muertos cada diez años, llegarme hasta un quiosco y comprar varios periódicos. No pediría más. Con mis periódicos bajo el brazo, pálido, rozando las paredes, regresaría al cementerio y leería los desastres del mundo, antes de volver a dormir, en el refugio tranquilizador de la tumba”. Genio y figura… @mundiario