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El Último Gran Mural de Tenreiro: El Manifiesto de Montealto

Fueron cinco semanas de trabajo incesante, entre risas y buen rollo. Con los vinos escanciados con generosidad por un Kahnweiler, orgulloso y satisfecho con su iniciativa, y siempre con una copa dispuesta para cualquiera que quisiera visitarles en tan histórica crónica artística.

El Último Gran Mural de Tenreiro: El Manifiesto de Montealto
O Cura de Vilarrube. / Jaime Tenreiro
O Cura de Vilarrube. / Jaime Tenreiro

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Arturo Franco Taboada

Arturo Franco Taboada

El autor, ARTURO FRANCO TABOADA, es escritor, profesor de arquitectura, dibujante y colaborador de MUNDIARIO, donde publica relatos literarios. @mundiario

Un buen día no lejano y a instancias de Javier Correa, el galerista Jesús Montero reúne un grupo reducido de artistas para la ocasión. Una sociedad afortunada y temporal que se compromete y se empeña en una aventura novedosa con final feliz.

Tres artistas de élite se confabulan para rebelarse a su manera contra la mercantilización del arte en ferias y otros santuarios, para emitir un manifiesto, dando una lección de empatía y oficio, creando para la galería.

Tres lienzos murales de las tres paredes disponibles con la irregularidad del local, se reparten entre las tres paletas de lujo. En el centro el maestro Abelenda, flanqueado a su izquierda por Jaime Tenreiro y a la derecha, la pared curva a la que se enfrentará decidido Javier Correa.

Tema libre, tres artistas comprometidos con valentía a la invitación de Montero y Valle. Cada uno a su manera comienza a cubrir el lienzo, interpretando el mundo.

Tres personalidades sin conflictos de ego, crean a la vista del espectador en régimen de puertas abiertas y entrada libre. En un Montmartre bajo techo, los pinceles trabajan sin descanso ante la vista del observador, que entra interesado a ver como el arte se crea, ocasión única, insólita y tal vez irrepetible para los artistas y para su público. Allí están por orden de antigüedad Alfonso Abelenda (en adelante el Maestro), Javier Correa y Jaime Tenreiro. Tres primeras espadas del pincel. Comenzaré presentando a los actores de esta puesta en escena.

Obra de Jaime Tenreiro. / Mundiario

Obra de Jaime Tenreiro. / Mundiario

Con su rotunda presencia, el Maestro mítico, que no profeta en su tierra, pero venerado por sus compañeros en este happening, Alfonso Abelenda: Ex jugador de rugby, ex legionario en Tetuán, ex atleta.

Con este currículum y la admiración incondicional de Javier y de Jaime y con un ingenio adiestrado en La Codorniz, de aquellos tipos como Chumy o Álvaro de la Iglesia, que conseguían reírse de la censura en sus propias narices, retando a sus lectores y al Régimen con aquel eslogan: “La Revista más audaz para el lector más inteligente”. El maestro, durante cinco semanas fue exhumando su rico anecdotario para solaz y estímulo de la creatividad de sus colegas.

La pared de Alfonso se geometriza por parcelas. Como un estudiante de arquitectura descompone su rostro en planos inclinados que acotan los colores ricos y variados de Abelenda desde siempre. De Velázquez a Picasso ida y vuelta, el misterio del dentro y fuera, del cuadro y la movilidad temporal del cubismo. Alfonso mira al punto de fuga y señala la puerta al fondo abierta al exterior. “Ese es el primo de Don Diego, venía a pedirle pasta desde Sevilla cada quince o veinte días.”

A la izquierda su autorretrato de tamaño natural, observando perspicaz al pariente de Velázquez, a la derecha el perfil valleinclanesco de Jaime y la naturalidad campechana de Javier, modelos unos de otros en esta positiva performance.

Toca el turno ahora a Jaime Tenreiro, descendiente de nobles y antiguas cunas, de arquitectos, de pintores y viajeros cultos. Elige un tema para la pared “El cura de Vilarrube”. Una biografía, el relato de una vida repleta. El mural va contando una historia arropado como anticuario de lujo por los objetos y símbolos que acompañaron su vida, tiempo de linaje e hidalguías.

En el centro como un beatífico prelado, este curial coetáneo del emperador Carlos y de lascivos papas de Roma, se presenta por el pintor como antecedente de una saga de fornicadores repobladores del planeta. Ante bucólicos paisajes marineros de fondo, el cura aparece con su esposa, amantes, heráldicas familiares y planos catastrales de terrateniente que acapara patrimonios pensando en su progenie.

Velázquez y su atmósfera, flotan en esta sala renacentista improvisada y además de la cita que el maestro Abelenda incluye en su trabajo, Javier utiliza los espejos para reflejar el mundo real fuera del cuadro, jugando con el equívoco de realidad y ficción, sienta a la mesa del cura de Vilarrube nada menos que al maestro Abelenda. El perro del cura de Vilarrube en manos de Javier cobra vida espacio-tiempo. El gato atigrado del galerista, salido y en celo permanente, “La pantera follar espera” que dice Javier, es el gato del sponsor,  que todos han instalado desde el principio en la inmortalidad, Alfonso tarde o temprano lo desterrará de su obra. La inspiración de Javier en la inspiración de los demás, llenando su obra de metáforas y las metáforas de Jaime y su cura.

El espejo de Velázquez con el retrato borroso de los Reyes al fondo, dirige toda la obra como sombra inspiradora, Javier pinta al jugador de rugby geometrizado, invadiendo su paleta figurativa. Al fondo el cura de Vilarrube, tierra de Trasancos, con su perro cubista. Javier traslada al mural curvo el almacén de noticias que Tenreiro ha ido rescatando a su espalda de la historia del personaje.

Correa, el gladiador (palabras de Chisco Nores), con su nariz superlativa y su rostro labrado a hierro en las tierras de Oza dlos Ríos, se enfrenta compulsivo y sin tregua al lienzo que le ha tocado. El espejo apoyado en el suelo, va de un lado a otro retrovisor, siguiendo la curva del soporte.

Alfonso da sus pinceladas geométricas, calculadas y medidas caligráficamente. Trae cada día reducciones fotocopiadas que dan noticia de sus horas domésticas trabajando en su creación.

Jaime avanza en su cuidada recreación, revelando la vida del omnímodo protagonista de su cuadro-crónica, del enigmático cura follador consumado, multiparental y terrateniente.

Como en un escaparate, Javier reproduce el plano catastral blando, daliniano, sobre el borde de la mesa, recogiendo el codicioso patrimonio del cura. Flores de lis, ganado, cruces, armas, mancebas, a través del espejo.

Fueron cinco semanas de trabajo incesante, entre risas y buen rollo. Con los vinos escanciados con generosidad por un Kahnweiler, orgulloso y satisfecho con su iniciativa, y siempre con una copa de buen vino dispuesta para cualquiera que quisiera visitarles en tan histórica crónica artística. @mundiario