La trilogía de Richard Linklater, un agudo análisis de la evolución del amor

Fotograma de Antes del anochecer, segunda de las películas de la trilogía de Richard Linklater
Fotograma de Antes del anochecer, segunda de las películas de la trilogía de Richard Linklater. / Productora.

Linklater maneja el permanente diálogo con enorme habilidad. Suaviza la preponderancia discursiva con la itinerancia de los personajes por los rincones de la hermosa Viena.

La trilogía de Richard Linklater, un agudo análisis de la evolución del amor

La primera película de la trilogía que, con el tiempo, fue creciendo en la mente de Richard Linklater, fue Antes del amanecer (1995), en la que nos ofrecía una de las más geniales descripciones de un enamoramiento. Y es que no encontramos en ella atisbo de cursilería, pese a que no obvie la candidez propia de los enamorados, sino que se nutre de lo esencial, de ese misterioso componente que pocas veces se da, y que es el reconocimiento en el otro de una vida correspondiente, de un reflejo acertado, de un estímulo para la potenciación propia que a la vez recurre a la reciprocidad con el otro ser.

Por el azar, ese principal productor de tantas cosas sagradas del mundo, Céline y Jesse se aproximan en el tren, se lanzan una mutua invitación al cese de sus respectivas soledades, entran en la creciente emoción de ir conociéndose en la cuerda floja del optimismo, sobre la que se agarran para no decepcionarse, para permanecer en el milagro de una entusiasta avenencia. El mejor enamoramiento es dulce sin empalago, enloquecedor sin desmesuras ridículas, solo con el legítimo atrevimiento que entonces coincide con el de otro ser. Lo peligroso de enamorarse es que se está —o lo parece entonces— ante una oportunidad única que no se puede perder; y que el curso de esa fase apasionada no se sabe si terminará en los meandros de un consistente amor o en los saltos de un desamor despiadado.

Linklater maneja el permanente diálogo con enorme habilidad. Suaviza la preponderancia discursiva con la itinerancia de los personajes por los rincones de la hermosa Viena y con la intervención ocasional de breves comparsas que renuevan la savia de las conversaciones. Estas son especialmente inteligentes, creativas, filosóficas, respetuosamente atrevidas, tiernamente verdaderas.

Pero toda luz tiene su sombra, y, la que encuentran ellos, y a la que finalmente se rinden, es la lejanísima procedencia de los dos. Ella, parisina; él, norteamericano. Una sombra intensificada por el tic-tac de un tiempo limitado, por una divergente partida que los dejará abandonados en una soledad muy distinta a la que antes suavemente los acompañaba, a un encierro en la distancia que solo puede mitigar una promesa de verse seis meses después, una expectativa incierta porque no conocen sus direcciones, sus teléfonos; porque cualquier circunstancia —por ejemplo, el apagamiento de esa pasión, sumada a la dificultad de la lejanía— puede dejar esas horas vienesas en el cajón de los recuerdos y de las malogradas promesas.

En Antes del atardecer (2004) nos reencontramos con estos dos personajes nueve años más tarde. Sabemos que no tuvo lugar ese reencuentro programado porque el azar, tan poco decantado a los favoritismos, tan variablemente inocente, esta vez intervino en contra, pues Céline tuvo que asistir al ineludible entierro de su abuela. Si ahora vuelven a estar juntos, en París, es porque él ha escrito una novela sobre aquella experiencia que tuvieron, porque ella acude a la mítica librería Shakespeare and Company, donde tiene lugar la última presentación de la gira. Y ahora nos ponemos a contemplar cómo resulta esa mutua reaparición, si denota la evolución hacia una cierta extrañeza con respecto a quienes fueron años atrás, o si es posible reemprender la consistente chispa de entonces.

Parece, de momento, que ahora, aquella cercanía que los unía, se ha distendido, convirtiendo lo que era un loco enamoramiento en una sensata y agradable amistad. Sus conversaciones derivan, como antes lo hicieron, hacia esa zona en la que se desarrollan las disquisiciones de todo tipo, pero siempre, de algún modo, unidas al factor personal. La narración sigue sustentada en un casi permanente travelling —que incluso llega a la escalera de la casa de ella al final—, en una charla continua, casi atropellada, porque nuevamente hay muy poco tiempo para decirse la vida de tantos años.

En esta entrega, Julie Delpy se come a Ethan Hawke. Tal vez sea, en parte, porque de los dos personajes, es ahora el de ella la que conserva la frescura ante la cámara, un encendimiento que antes era de los dos y que ahora solo reside en ella, frente a un hombre un tanto apagado por su vida insatisfecha. Pero, poco a poco, en el relato que hacen, vemos que son los dos los que se sienten inmersos en una inesperada decepción. Él le habla de un matrimonio anodino, pese a todas las grandes virtudes de su mujer, y de su refugio en su hijo como única posibilidad para un verdadero entusiasmo.  Y ella, que ha venido callándose o atenuando la trascendencia de sus fracasos personales, al final estalla aceptando plenamente la importancia de la herida de no haber podido acceder a una relación satisfactoria. De alguna manera, los dos —ella con más miedo porque teme los espejismos; él, con la bruma del deseo físico que prioritariamente lo impulsa—, se agarran a la idea de que, aquel encuentro que no prosiguieron, los hubiera dirigido por caminos que les habrían llenado su hueco existencial. Y es él el que fuerza quedarse más allá del atardecer, perder el vuelo hacia su casa, y ella la que tácitamente lo acepta, no sabemos de momento hasta cuándo y con qué evolución.

En Antes del anochecer (2013) han pasado nueve años de aquel encuentro en París, que ahora sabemos que supuso el divorcio de Jesse y el inicio de la convivencia de Céline. Esta tercera entrega se distingue de las anteriores por varios aspectos. Por una parte, frente al continuo travelling que seguía los incansables paseos de los protagonistas, ahora hay una mayoría de largas escenas detenidas en espacios concretos. Por otro lado, la intervención de terceros deja de ser anecdótica para tener una consistencia importante en la primera parte de la película, principalmente en una comida que, teniendo lugar en Grecia, me sugiere una versión más ligera del Banquete de Platón, teniendo en cuenta la filosófica conversación que se mantiene desde la sencillez y cierto humor paliativo, desde tantas experiencias distintas. Esta secuencia está particularmente lograda, pues, junto a las jugosas y nunca gratuitas palabras, observamos su impacto en los distintos rostros; y nos detenemos particularmente en el de Céline, que empieza a demostrar su hostilidad ante Jesse.

Y es que ahora las conversaciones entre la pareja no están presididas por la recíproca libertad, por las teorías y las conjeturas que parten de experiencias apartadas, sino que bullen desde una complicada experiencia común, con sus naturales roces, con las inevitables divergencias. Jesse siente la necesidad de trasladarse a Estados Unidos para estar más cerca de su hijo; mientras que Céline está ilusionada con un nuevo empleo que se ajusta a sus inquietudes sociales y ecológicas. Son dos deseos incompatibles. Él no ha llegado a pronunciar claramente que quiere mudarse, pero ella interpreta ese deseo como una primera proposición de un cambio que responde a un egoísmo. A partir de ahí, se desatan en ella todos los argumentos de su adormecida animadversión, la mayoría de los cuales conducen a la crítica del machismo del que no está libre su pareja.

La escena del hotel es significativa de todo el cambio que se ha producido en sus vidas. Ese momento, esa noche para ellos solos, es un regalo de sus amigos, que quieren procurarles un momento romántico, libres de sus hijas. Pero, si antes ellos estaban desconectados del mundo, si no había teléfonos o responsabilidades que atender, ahora una llamada del hijo de Jesse se infiltra en esa habitación en donde había empezado el desnudamiento amoroso, y perturba ese paréntesis, introduciendo el grave y antes pospuesto tema de su discordancia. A partir de ahí, se inicia una tensa conversación en la que es ella la que incide en los puntos más hirientes, mientras que él intenta pacificarla, no sin intervenir con sus propios reproches, ante la impotencia de darle un giro pacífico a aquella estancia ya tan abiertamente malograda.

Si hubiera sido una película de Bergman, esa escena de un matrimonio que formalmente no lo es, pero comparte totalmente sus complejidades, habría acabado en la expresión de un odio irreversible; pero como Linklater, pese a todo, insiste en hacer una comedia, Jesse, que parece que, aparte de la reconciliación necesita urgentemente el encuentro sexual prometido, idea una graciosa forma de recomponer a Céline en su actitud receptiva, de romper su reticencia, y atraerla hacia las mieles de las despreocupación, de un presente puesto a salvo de las difíciles continuaciones. Así finaliza esta trilogía, de la que no me importaría ver alguna entrega más, disfrutar de esos deliciosos guiones que manejan tan sabiamente los diálogos, que los conducen por una ingeniosa, sorprendente y reveladora sucesión de humanos vaivenes en la afectiva correspondencia. @mundiario

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