El tragaluz democrático
Es una exposición de gran interés cívico. Todavía está abierta en La Arquería (Madrid: Nuevos Ministerios) hasta el 23 de julio.
La metáfora del tragaluz sirvió de título a una de las piezas teatrales de Buero Vallejo en 1967. A imitación suya, sirve de pretexto a esta muestra de un pasado colectivo de violencias y técnicas necropolíticas que iluminan disidencias, revueltas y luchas por los derechos y libertades entre 1868 y 1976. Si alumbra el presente, será doblemente útil a la ciudadanía.
Alcance
Esta propuesta, más que explicar de modo compacto un tema monográfico, permite advertir un conjunto de asuntos complementarios en que la violencia ejercida durante más de cien años indica necesidades de cambios liberadores. Los textos introductorios a los cuatro tramos cronológicos que la segmentan tratan de prender la memoria del espectador al conjunto documental reunido. En torno a la metáfora del tragaluz, que le da sentido, se han escogido unos motivos y contenidos; podían haber sido otros y las imágenes y referencias documentales que se hubieran asociado harían ver que las alteraciones realmente producidas en el orden instituido no hubieran sido mayores. Lo que se ha seleccionado no muestra nada de los últimos cuarenta y siete años, sólo deja entrever, según dicen los papeles de mano, que “aún ochenta años después perduran efectos de la guerra de 1936 en la sociedad española”, y también que, “en 1975, moría el dictador Francisco Franco, pero la violencia generada por su régimen no habría de detenerse entonces”.
Como invitación a la reflexión desde una exposición de arte, esta sobre la violencia, además de sugerente, es interesante por infrecuente; que las obras seleccionadas aparezcan como material documental, complementario de otros soportes y recursos, es más habitual. La perspectiva adoptada prima, ante todo, el carácter fragmentario de la información. Esta opción deja al visitante amplios tramos a contextualizar y, desde el punto de vista historiográfico, provoca que el conjunto de ingredientes aparezca más sugerente que linealmente claro. Lo experimentarán, sobre todo, cuantos no hayan puesto en cuestión el recuerdo de una Historia escolar muy inclinada a ser un sumario de violencias y poco dada a mostrar razones y secuelas de los comportamientos humanos. En la vida cotidiana, sin embargo, ha crecido en todos un complejo collage conceptual sobre violencia, fruto de la atención que le prestan filósofos, teóricos de la Política, etólogos, criminólogos y educadores especializados en educación social. Unos y otros han acrecentado la variedad informativa que los medios difunden y transversalizan de modo que, en la mirada de todo ciudadano, esa riqueza se añade a la de muchas narrativas, algunas transmitidas desde antiguo por libros fundacionales como el Poema de Gilgamés (hacia el 2400 a.C) , El Génesis (hacia el 1470 a.C), o La Ilíada (hacia el 750 a.C). Es decir, la presencia de la violencia es hoy tan amplia y enmarañada que, a quien contemple la que se documenta en esta exposición, puede resultarle, por veces, confusa.
Fragmentos
De las violencias de diverso calibre existentes, seleccionar qué deba entrar o no en una muestra y cuánto de violencia estructural o individual haya de dosificar, no es sencillo. En todas las épocas, desde la Prehistoria, hay conflictos armados, políticos, religiosos, culturales, económicos y sociales, superpuestos a veces entre sí; los hay más sufridos por la población infantil o la femenina, hay conflictos de clase, de género, y de pertenencia a determinados distritos postales… Los hay que son padecidos por todos y todas de modo indiscriminado, por la inexistencia o recortes de derechos reconocidos y, de modo especial, en el ámbito sociolaboral y político. Siendo tan numerosos los momentos en que “las políticas de vida y muerte en el Estado español” han tenido presencia entre 1868 y 1976, el efecto más positivo de esta muestra es salir de ella con más preguntas que respuestas, especialmente si el visitante, en la soledad de su reflexión, parte de que formas y métodos diversos de violencia siempre están presentes como instrumento de dominación en la convivencia y en la educación disciplinaria de los individuos.
La existencia de hombres honrados no exime de ver la coacción violenta como constituyente de la condición humana y, desde esta exposición, se vislumbra la importancia de sus variada intensidad en asuntos públicos durante el pasado, y también su perduración estructural en el presente. Estos fragmentos documentales que se exhiben son piezas de un continuum más amplio e inacabado, en que el puzle real es mucho mayor. Funcionan a modo de intermitente “luciérnaga” -o, mejor, vagalume por la inusitada proporción de la procedente de Galicia-, que permite vislumbrar destellos liberadores entre las sombras del pasado. El núcleo argumental de la exposición, arropado por los comentarios de las cartelas que enmarcan cada una de sus secciones, es abordado desde fuentes diversas. Tienen predominancia las de carácter artístico, con más pintura que escultura conviviendo con grabados, fotografías y afiches publicitarios. Las acompaña un conjunto documentos escritos, libros de diverso cariz, novelas y ensayos, que completan su valor informativo. En ambos campos, destaca la pluralidad que aportan Parada Justel, Castelao, Celso Emilio Ferreiro, Luis Seoane, Isaac Díaz Pardo, Laxeiro, Torrente Ballester, Arturo Baltar y, en particular, una anónima máscara de carnaval de las que usan los peliqueiros de Laza (en Verín), cuya mitra superior ostenta un barco de bandera republicana. Datada entre 1931 y 1936, mejor que en el Museo del Traje, de Madrid, estaría en alguno de Ourense o Galicia, por ejemplo, en el del Pobo Galego en Santiago.
La muestra de La Arquería es un aldabonazo a la conciencia cívica ante la viveza de las cuestiones pendientes sobre memoria histórica, pluralidad e igualdad. Tras el rastro dejado por las últimas elecciones, quienes quieren ocultar las violencias del pasado ansían limitar de nuevo los Derechos Universales de los Humanos. Este Tragaluz democrático recuerda que, por razones innombrables a veces, el hombre sigue siendo “un lobo para el hombre”, como decía Hobbes en 1642, y no es raro que haya quienes adopten “como santuario las dos hijas de la guerra: el engaño y la violencia”. @mundiario