Tolstoi, el hombre que luchaba por elevarse sobre su relativa grandeza

Lev Tolstoi en su finca de Yasnaia Poliana
Lev Tolstoi en su finca de Yasnaia Poliana.

 “Una cosa sorprendente: yo sé de mí mismo que soy malo y tonto, y sin embargo se me considera una persona genial. ¿Cómo serán las otras personas?”

Tolstoi, el hombre que luchaba por elevarse sobre su relativa grandeza
A Tolstoi se le considera uno de los grandes escritores del siglo XIX, pero también un hombre que quiso superar esa mera actividad literaria, consiguiendo, con minoritarias controversias, ser una “autoridad moral” para su tiempo. Mauricio Wiesenthal, en su libro El viejo león, Tolstoi, un retrato literario, con su apasionado estilo, que trasciende lo meramente biográfico, nos cuenta, a través de diferentes enfoques, los rasgos principales de este personaje tan admirado por él, abundando en los menos contradictorios, incidiendo en su choque con un entorno íntimo que no estaba dispuesto a sentirse afectado por sus filantropías. 

El conde Tolstoi heredó importantes propiedades, como una casa en la que llegó a haber treinta sirvientes, a los que se los azotaba “si hacía falta”, y una gran finca en la que trabajaban setecientos campesinos. Reconocía en sí mismo cuatro etapas bien diferenciadas: los años inocentes y radiantes de la infancia; veinte años de estupidez y vanidad; la vida familiar y honesta tremendamente egoísta; y, final y decisivamente, la regeneración moral, que suponía un martirio para su familia. En esta última fase se hizo vegetariano, pacifista y se sensibilizó extremadamente ante quienes vivían en la pobreza. Quiso entregar todos sus bienes a los campesinos, les ayudaba en sus duras tareas. En la mansión central de Yasnaia Poliana,  construyó talleres y escuelas para el pueblo. En la hambruna de 1891 creó comedores. También promovió asilos. Frente a su casa, bajo un viejo roble, se agolpaban los mendigos a la espera de recibir la ayuda de ese gran hombre. Se consideraba un socialista cristiano, pero su forma de serlo no contentaba a la concepción oficial ni de unos ni de otros. De la iglesia ortodoxa fue excomulgado en 1901. Desconfiaba de las revoluciones. Para Tolstoi, el perfeccionamiento individual era la única forma de cambiar el mundo. Pretendía una religión sin iglesia, el seguimiento —sin intermediarios— de las prédicas de Jesús.

Tolstoi era un personaje venerado por la mayoría del pueblo ruso y por muchos extranjeros, como Rilke, que lo visitó como quien lo hace a un santo. En el libro Conversaciones y entrevistas: encuentros en Yásnaia Poliana, se recogen los testimonios de los distintos periodistas que acuden a él, la narración de su respetuoso acercamiento a ese gigante que, enseguida se les desvelaba muy tratable. Había vendido millones de ejemplares de sus novelas, aunque, en esos años últimos, renegaba parcialmente de ellas, pues consideraba mucho más imprescindibles sus discursos morales: “Una obra merece ocupar un lugar digno  entre las obras de arte solo en el caso de que logre elevar el alma hacia Dios o de que despierte en general sentimientos generosos que conecten a las personas cercanas en un amor recíproco”. Quienes lo contemplaban de cerca no se decepcionaban: “Una apacibilidad y afectuosidad extraordinaria emanan de su serena y lenta conversación”. (Aunque, por otra parte, Wiesenthal también nos habla de que, en las tertulias en que participaba, a veces se metía en terrenos filosóficos que no dominaba). A través de esas entrevistas vamos conociendo también al hombre corriente. Sus ideas son conservadoras. No cree en las teorías de Darwin. Siente reticencias ante el cine que luego va venciendo en parte. No quiso nunca en su casa ni agua corriente ni electricidad. Es enemigo de las ciudades, tal vez porque le recuerden el ámbito donde es tan posible la disipación, ese mundo de la juventud del que ahora huye, en el que se aficionó al juego, a las gitanas y se alistó en el ejército. (Todo ello le serviría para escribir sus grandes novelas). Otro periodista comenta: “En la actualidad Tolstoi representa un fenómeno único en el mundo. Hace ya mucho sobrepasó cierto límite, más allá del cual no hay lucha, sino silencio y resplandor de conocimiento…Ningún retrato logra transmitir lo que es Tolstoi. Todos lo muestran extraordinariamente severo, pero todo él es afectuoso”.  Decía Gorki: “Con sus ojos Tolstoi poseía cien ojos… Aquella terrible confesión interior de sus ojos”. Quería vivir “decentemente”, lo que para él suponía hacerlo en el campo; y no en una mansión, sino en una cabaña, entre el pueblo trabajador. Amaba el trabajo manual, se fabricaba sus propias botas.  

La mayor prueba de humildad en Tolstoi está en sus diarios. Los escribió desde muy joven hasta su muerte. En ellos anotaba sus pequeñas reflexiones y, sobre todo, sus dudas, su debilidad, sus malestares físicos y psicológicos. También algunos de esos pensamientos que nos decepcionan terriblemente, como, por ejemplo, todas esas muestras de misoginia (casi nadie, ni las mentes más preclaras, se han salvado de ella) que salpican sus páginas: “Desde hace setenta años mi opinión sobre las mujeres no hace sino bajar, y es necesario que baje más y más todavía ¡La cuestión femenina! ¡Claro que hay una cuestión femenina! Solo que no es para que las mujeres se pongan a dirigir la vida, sino para que dejen de arruinarla”. “Lessing, me parece, dijo que todo marido dice o piensa que no ha habido en el mundo más que una mujer mala y mentirosa, y que esa mujer es la suya.  Esto se debe a que el marido conoce muy bien a su mujer y esta ya no puede engañarlo como pueden hacerlo todas las demás”. Eran exabruptos que no se correspondían exactamente con otros datos que conocemos de su biografía. Sabemos de su aprecio por su primogénita Masah, y luego por la que la sucedió en el seguimiento espiritual y en el soporte material, su hija menor Alexandra; incluso a su mujer Sofía, con quien tuvo tantos enfrentamientos, le hacía muchísimo caso en sus observaciones literarias derivadas de que era ella la que copiaba sus manuscritos originales. Por otra parte, en la fase final del grave conflicto familiar, se establecieron dos bandos. Los hijos estaban con la madre, las hijas con su padre.

Tolstoi renegaba de su condición aristocrática: “Nuestra vida de amos es tan repugnante que ni siquiera podemos alegrarnos por el nacimiento de nuestros hijos. Porque no nacen personas que vayan a estar al servicio de la gente, sino sus enemigos, sus parásitos…” Decía: “Los únicos periodos felices de mi vida han sido aquellos en los que he puesto mi vida al servicio de los hombres”. En la última fase, vivió preocupado por sus deficiencias morales ante los altos objetivos religiosos que se imponía: “Lucho, pero no consigo vencer los malos sentimientos hacia las personas”. Hablando de un conocido: “No entiende más de lo que entendería una vaca. ¡Y cuánta gente hay así!...Te resulta difícil, doloroso que ofendan lo que tú más valoras. Sopórtalo. No sabes cuándo despertarán”. Aunque parece ser que, en su juventud, era muy hedonista y muy aficionado a las gitanas, a los setenta y dos años escribe en su diario: “Se puede considerar la necesidad sexual como una penosa obligación del cuerpo (así la he visto toda mi vida), pero también puede ser vista como un placer (raramente he sucumbido a ese pecado)”. Se dice que no tenía apenas sentido del humor. Le reprochaba a Bernard Shaw esa forma de ver la vida que impregnaba sus obras. Era muy crítico con sus colegas, ya fueran los clásicos o los contemporáneos. A Chejov le decía que su teatro era insoportable, peor aún que el de Shakespeare. Le costó reconocer el valor de la obra de Dostoyevski. Con Turgueniev tuvo numerosas disputas. A veces, era sincero hasta la insociabilidad.

En los últimos años de su vida, se agravó su divergencia con el entorno. Filantrópicamente, quiso ceder sus derechos de autor. Tenía graves enfrentamientos con su hijo León, el escultor, a quien consideraba un artista hijo de papá. En su casa no había intimidad. Las puertas estaban abiertas a todo el que quisiera entrar, a sus seguidores, que su familia llamaba “los oscuros”. Durante un tiempo pensaba: “En general, cada vez recibo más y más insultos de todas partes. Eso está bien. Me acerca a Dios”. Pero cuando la situación se agravó: “Me desgarran. Me hacen pedazos. Lo mejor sería huir de ellos, huir de todos”. Eso es lo que hizo. El 28 de octubre de 1910, partió de su casa con un destino indeterminado. Esa noche escribía: “Llegó Serguéienko. Todo sigue igual; aún peor. Lo único que pido es no pecar. Y que no haya maldad en mí. En este momento no la hay”. Pero ese hombre ya estaba muy enfermo. El doctor Dushan Makovitski, que le acompañaba en la fuga, decidió detenerlo en Astapovo, en la que iba a ser la última parada de su vida. Allí, en la cabaña del jefe de la estación, sería atendido. Alertados, acudieron periodistas, también su mujer, a quien no quiso recibirla. El 7 de noviembre moría. Había escrito en su diario: “Una cosa sorprendente: yo sé de mí mismo que soy malo y tonto, y sin embargo se me considera una persona genial. ¿Cómo serán las otras personas?”

Mi reticencia ante las largas novelas me ha impedido, hasta ahora, leer las que se consideran obras maestras: Guerra y paz y Ana Kareninna. Pero sí me encantó esa trilogía: “Infancia, Adolescencia, Juventud”. Y me gustaron La sonata a Kreutzer y La muerte de Ivan Illich. Sus diarios son una caudalosa fuente de reflexiones que nos aproximan a su compleja humanidad. Frente a sus bondades, alguna mezquindad, alguna no superación de la cultura de su época o alguna resistencia a abandonar prejuicios. Tolstoi no fue hombre contemporizador, conformista, y eso le costó caro. Con las instituciones, por abogar por la objeción al servicio militar, la desobediencia al Estado, a los tribunales, por su feroz crítica a la iglesia; con su familia, por ir en contra de los normales intereses y los privilegios egoístas de la misma. Tolstoi escribió mucho, pero es que tenía mucho que decir y decirse. No pudo con las inercias del mundo, pero tal vez, en el último momento, le quedara el consuelo de haber intentado una personal coherencia, la forja de una visión ecuánime y toda la posible solidaridad. @mundiario                                                                                                  

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