El no tiempo a través de la pérdida, de Gerardo Rodríguez Salas
Me confesó Gerardo Rodríguez Salas que la motivación de un poemario como Anacronía (Valparaíso Ediciones) reside en una experiencia personal traumática que lo zarandeó violentamente. Y de qué manera.
Lo difícil es conseguir que la versificación en torno a la pérdida esté exenta del patetismo que reduce el dolor insondable a una expresión sintagmática que abusa de la grandilocuencia. Quizás es lo más perverso que tiene la poesía como utensilio para sublimar el daño.
Solo a partir de la retórica se puede elevar la aflicción del duelo hasta convertir el sentimiento en un acontecimiento universal, en un acto que, más allá de lo fulgente que supone el oficio de componer y su madurez, representa un puente de unión entre el abatimiento de quien crea y los lectores: "Bajaste la escalera persiguiendo/ las migajas del cuento, aquella luz/ temblando en la ventana, aquella luz/ tejiendo cada noche en los telares/ plomizas telarañas". (pág.25)
Anacronía significa saber que el impacto de la muerte es subyugante hasta el punto de dejar una estigmatización invisible que nos devuelve a la vida con otra clase de consideraciones en las que el asilo, el refugio o la protección dejan de ser territorios habitables: "¿Dónde aquellos maullidos/ de estrellas?/ Aquí, el eco,/ aquel frenazo en seco,/ aquella carretera". (pág. 31). Los territorios del guardés se vuelven recelosos y, por tanto, inhóspitos, fraudulentos, tramposos.
El hecho de admitir que ya no regresará aquel que formaba parte de tu convivencia en pareja o en familia no es lo peor, sino el hecho de no saber cómo actuar ante tal oprobio, cómo estar a la altura de las circunstancias cuando has perdido tanto y en tan poco tiempo. Cómo medir las acciones. Cómo gestionar lo que se dice, las actitudes, las maniobras, otros encuentros, los retiros: "(...) te veo cada noche en la camilla/ que lanzo al precipicio". (pág. 32)
Anacronía se adentra en esa insoportable estancia. Se puede respirar un tiempo bajo el umbral, pero luego hay que seguir con las rutinas, hablar con los rostros afines, visitar los espacios compartidos, reconocer al otro en los tiempos muertos, en las rendijas de los silencios, en los huecos sencillamente. Me gusta mucho que el poemario no se cebe con la egolatría que involuntariamente conlleva el duelo, el hecho de reconocerse en esa exasperación, o cuando uno se estremece a causa de un futuro que será tremendo a partir de un yo sin el otro.
Pero Anacronía se aleja del yo y explora escenarios en los que el otro parece perdurar todavía. Donde se prolonga. Donde se escancia como una líquida penumbra. Y perdura porque persiste en aquello que hace que la vida se dilate desde la intimidad de un trazo, de un esbozo. Quien ya no está será signo y armará la escritura. Así ha sucedido. La escritura como memoria. La escritura que cura la ponzoña del río Leteo, allí donde han de beber culpables y descarriados: "No fue tu muerte un simulacro./ Derramó en ti frutos la granada,/ soldadito de plomo batido sin combate,/ y yaces en el bosque/ aquel, ausente; mientras yo maldigo/ el viento, el mar, la luz del sol, la vida, tan muerta como tú". (pág. 47).
Rodríguez Salas mantiene el pulso contra la incertidumbre a través de una poética en la que la densidad conceptual contrasta con la intensificación emocional de poemas breves, retazos que intentan recomponer la completitud de quien no está a través de la fragmentación. Solo es posible el todo desde la fractalidad: "Muere el mar a lo lejos, o tal vez no se apaga,/ y yo vuelo sin hilos/ a la deriva". (pág. 49). Cada fragmento es una escena, un momento, el tiempo detenido, el tiempo que modifica la sencillez de un presente que probablemente nunca fue esa manera, ni ya lo será. Pero es como el duelo erige su tótem, el rostro cincelado en la madera de teca que nos mira con la amenaza de que la claudicación no entiende de épocas ni de edades.
¿Es una forma de defensa entonces la escritura de Anacronía? No puede serlo, porque el mal es mayor que el ofrecimiento que la escritura hace. Luz entre los fondos. Perpetrar algún resquicio de albura en los abisales. Ascender desde el fondo de la sima para alcanzar la claridad que el firmamento revela: "Frena una moto/ que tiñe de granate nuestro ayer,/ de negro nuestro ahora". (pág. 75).
Es la metaforización lo que posibilita el distanciamiento suficiente para que la ausencia no sea pura visceralidad, ira, negación del daño o exageración sin fuste. La muerte juega a eso. Son sus coletazos. Su placenta. En el caso de Anacronía, hay contrastes, el eficaz efecto de la paradoja que nos desplaza de los derroteros en los que la soledad se vuelve abrasiva. La lengua explora nuevos recovecos, nuevas inquietudes, pues se sobrecoge con las preguntas que formula, inéditas, para nosotros, quizá también para quien escribe, para quien mira al otro lado del espejo, sabiendo que no ha de regresar para que esa escritura dure, arraigue, lo eleve como ninguna otra cosa en el mundo. Se puede rezar con este libro, maldita sea. @mundiario