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MUNDIARIO

Tiempo de coronavirus, tiempo para pensar

Se ha ido fraguando la soberbia, el individualismo y también aquello de creerse "semidioses", sin equivocaciones, sin fallos, sin necesidad de pedir perdón y tampoco de dar las gracias.
Tiempo de coronavirus, tiempo para pensar
El Pensador de Rodin. / Johnnie Shannon en Pixabay
El Pensador de Rodin. / Johnnie Shannon en Pixabay

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Matías Membiela-Pollán

Matías Membiela-Pollán

El autor, MATÍAS MEMBIELA-POLLÁN, doctor en Ciencias Económicas y Empresariales, es colaborador de MUNDIARIO. Es profesor en el Área de Comercialización e Investigación de Mercados de la Universidade da Coruña. @mundiario

Desde hace tiempo se ha ido fraguando en Occidente una nueva antropología carente de más referentes que cuatro y cinco clichés generalistas, que lo que buscan es eludir la profundización en lo filosófico y en ello eludir asimismo cualquier atisbo de reflexión sobre lo bueno y lo malo. El título de este artículo es, sin quizás, parcialmente inapropiado, porque el tiempo de coronavirus es sobre todo tiempo para actuar. Y así lo hacen de un modo admirable quienes están batallando en primera línea contra esta pandemia. Vaya nuestro mejor deseo para ellos y lo que se pueda decir es poco. Sin embargo, el título y el contenido de este texto arranca de lo que en estos días de confinamiento he escuchado en diversas personas; por vía telefónica, online y en los medios de comunicación.

Un profesor de Universidad que acaba de perder a un familiar (DEP) y tiene a otro enfermo por causa del covid-19 me dijo, me expresó, la siguiente frase: "Hay que resignarse y afrontarlo con esos valores tan denostados por la sociedad actual y que ahora se vuelven a descubrir como esenciales para la persona". Una alumna exteriorizaba asimismo que lo que acontece le está haciendo reflexionar, replantearse muchas cosas; porque se vive demasiado deprisa y se necesita parar y pensar sobre la vida. Una persona popular en los medios de comunicación exclamaba que quizás el ser humano se merezca este virus porque se ha vuelto egoísta y maligno; y tenemos una oportunidad para volver a ser bondadosos y humildes. Y por último y sin ánimo de alargarme, un amigo en la tarde de ayer realzaba el mensaje del Papa Francisco antes de la bendición urbi et orbi en la desértica y calada plaza de San Pedro del Vaticano. 

El Santo Padre dijo así: “La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades”. Y prosiguió, “Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa bendita pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos, esa pertenencia de hermanos”. Y es que desde hace tiempo se ha ido fraguando en Occidente una nueva antropología carente de más referentes que cuatro y cinco clichés generalistas, que lo que buscan es eludir la profundización en lo filosófico y en ello eludir asimismo cualquier atisbo de reflexión sobre lo bueno y lo malo; salvo de nuevo otras cuatro ideas que parecen acaparar la actual idea de lo que es el bien.

Se ha ido fraguando la soberbia, el individualismo y también aquello de creerse "semidioses", sin equivocaciones, sin fallos, sin necesidad de pedir perdón y tampoco de dar las gracias. Se ha ido fraguando la nueva sociedad construida sobre pilares de paja, porque progresivamente se ha denostado un sistema de valores, en lo general prosocial, favorecedor del bien común, la cohesión y el bienestar colectivo. Se ha creado una sociedad con pérdida de cohesión y confianza, con sus estructuras sociales debilitadas. Con un individuo, cuasiatomizado, que vive demasiado deprisa, que no tiene capacidad de arraigarse, porque es presa, sin quizás, del liberalismo exacerbado y multidimensional. Pero llega el golpe. Y cuando llega el golpe, somos menos fuertes porque la sociedad civil es menos sólida y el stock de capital social se ha debilitado; siendo nuestra capacidad de respuesta y recuperación, en lo económico y en lo sociocultural, más difícil. Es entonces cuando meditamos sobre lo que estamos haciendo, individual y colectivamente. Miramos hacia dentro y pensamos en cuánto de racional tienen nuestras preferencias individuales y colectivas si lo que buscamos es el bien común. Y sobrevienen reflexiones como la elocución anteriormente plasmada: "(...) esos valores tan denostados por la sociedad actual y que ahora se vuelven a descubrir como esenciales para la persona". Ojalá que junto a la más que imprescindible "lucha activa", este tiempo de coronavirus sea tiempo de pensar. @mundiario