La ternura de lo inmediato en Asombro, de Rocío Expósito

Asombro./ La Garúa
Escribe Rocío Expósito: "Imagina que el milagro no llega, que esto es lo más cerca que llegaremos a estar de la gracia".

Asombro indaga sobre el milagro de la inmediatez, entendida como revelación que representa el hecho de darse cuenta de que todo lo que acontece parece que lo hace por primera vez. Publicado por La Garúa, Rocío Expósito elabora una serie de poemas que interpreto como breves intervalos de tiempo en los que fluye la luz hacia las afueras para experimentar que la realidad nunca ha sido, sino que es continuamente, sin reparo, con voluntad de progresar al margen de cualquier atadura, salvo la de la propia segmentación del lenguaje: "Todo lo que uno ama corre peligro". (pág. 30)

Que la poesía resignifica lo inerte y lo que vive es una constante en Asombro, una constante que remite a esa concepción filosófica que comienza en Egipto, en la que lo cíclico permite el sustento de una incredulidad voluntaria a la que se somete la voz poética para inundarse del animismo de cuanto se contempla: "No vivir en tierra firme,/ sino en su extremo/ mínimo". (pág. 20) / "Tú, que no eres árbol, ni agua,/ ni piedra, te pareces a esta tarde" (pág. 29) / "Como el romanticismo ama el fragmento,/ así te pienso,/ ahí, en lo incompleto, te reconozco". (pág. 33)

En lo nimio subyace la esencialidad del ápeiron, el cauce impaciente y continuo que resiste en el interior de un paisaje que parece inagotable por su carácter virginal, por la belleza inédita de su complejidad. Ser consciente de su fractalidad permite que yo tenga el convencimiento de una existencia que fricciona con todo lo que se aloja ahí, en lo imprevisible, aunque resulte próximo, afín a mi historia particular, a los lugares donde la inocencia ya no es tal, sino una madurez que busca nuevos significados en la sombra, en lo oculto, en la lobreguez de lo que está por hacerse clarividente: "Igual que la sangre que no tiene adónde ir./ Algo como haber vivido, haber estado,/ y no estar nunca". (pág.35)/ "He ordenado los restos y las flores/ en un recuerdo invertebrado,/ vulnerando la suma de los hechos,/ como hicimos alguna vez". (pág. 36) 

El orfismo penetra en los referentes que cobran vida a través de los escenarios que Rocío Expósito esboza desde una relación entregada al otro, así que la naturaleza opera en función del tono enfático de quien escribe. Sin embargo, no hay euforia en la escritura de Rocío, puesto que su poesía busca esa medianía en la que el asombro y el deseo se funden con la certidumbre de que la inexorabilidad marca el progreso de nuestras acciones, el deterioro inherente de lo que ofrece la realidad desde lo nimio. No puede haber euforia si nosotros vamos a desaparecer y el paisaje y su asombro se quedan: "Tú, que pisas la hierba/ y reconoces los fragmentos,/ le das cada día una forma/ distinta, pero no lo nombras, (...)". (pág. 45)

El otro asiste a la escritura, porque está en las cosas, tanto en la virulencia como en el sosiego, tanto en su atisbo de renuevo como en su erosión constante: "Esperar desde el júbilo la muerte/ en la penúltima copa,/ infinita si de reojo la celebramos". (pág. 23). La frágil estructura de lo vivo reside en la textura descriptiva de unos poemas en los que la acumulación de referentes incide en esa concepción celebratoria de una vida que fluye hacia un desenlace que no es definitivo para el mundo en sí mismo, sino que asoma nuevamente a una apertura hacia las palabras proyectadas en los versos de Rocío: todo ha acontecido ya, pero regresa otra vez a su epifanía. Se manifiesta como inexplorado y es ahí donde el símbolo penetra para abrirse paso en sus tejidos, en sus osamentas y relieves: "Así nuestra belleza, sin voluntad,/ como el baile hipnótico de los estorninos,/ porque a veces también nosotros/ nos parecemos al mundo". (pág. 31)

Esa celebración de lo insólito se materializa a través de poemas breves, ya que hay una voluntad explícita de manifestar la contención, la orfebrería de lo delicado a través de piezas que se apoyan en estímulos. Breves despliegues de vivificación cuando las hebras de luz, la dispersión de las semillas, el baile de los pájaros o la congelación de la fruta caída en las orillas prenden con la mesura y la proporcionalidad que el lenguaje destila después del sobrecogimiento, la zozobra, la fascinación. Sí, la fascinación, cuya raíz etimológica remite a "hablar", a "hablar después del hechizo" que son los entornos, su crisol, su encrucijada: "Es la carencia circular que nos congrega,/ sin memoria./ va siendo hora de heredar el caos". (pág. 55) @mundiario