Sorry we missed you, la última muestra del cine necesario de Ken Loach

Fotograma de "Sorry we missed you", de Ken Loach
Fotograma de "Sorry we missed you", de Ken Loach
Se puede acusar a Loach de maniqueo, de esquemático, pero sus personajes me parece que desgraciadamente representan a ciudadanos muy habituales y dolientes
Sorry we missed you, la última muestra del cine necesario de Ken Loach

Sorry we missed you (2019) es la última película del director británico Ken Loach. Redunda aquí en su cine social, de denuncia, humanitario. Y algunos dirán que político, aunque no se apunte al blanco de un claro culpable, sino a lo que parecen irrenunciables y asfixiantes redes de un libérrimo e irresponsable poder económico. Lo que es seguro es que Loach nos invita a un nuevo ejercicio de empatía ante quienes padecen las peores ubicaciones en una sociedad muy desigualmente estratificada.

Al cine de Loach se le ha acusado de tremendismo, de que sus mensajes son demasiado obvios, que buscan una rebelión en el espectador que no está apoyada en datos y contrastes, sino en emociones y particulares constancias. Es sabida y ostensible su fuerte filiación izquierdista. En agosto de este año 2021, parece que ha sido expulsado, junto con otros muchos miembros, del Partido Laborista, en una apenas disfrazada caza de brujas contra quienes defienden las posturas más radicales. Pero no vamos a hablar de política, ya que no es el tema. Esta debe proponer soluciones, pero el cine de denuncia es perfectamente válido si no manipula la realidad, si se limita a valorarla desde una concreta sensibilidad que no se disfraza.

Ken Loach, a través de su guionista habitual, Paul Laverty, nos vuelve a introducir en la dura vida de una familia de clase trabajadora. Tanto el padre como la madre se someten a trabajos extenuantes, mal pagados y sometidos al arbitrio de unos jefes que no pueden permitirse ni la más mínima humanidad. Aquí, el tema es la precariedad y la explotación del trabajador representada, en el caso de Ricky, el padre, por una modalidad nueva, la denominada como “falsos autónomos”; aquellos que, en realidad, son empleados encubiertos de empresas de reparto que no les confieren ningún derecho, pero sí un asfixiante chantaje apoyado en el miedo que sienten estos trabajadores acuciados por la amenaza de la pobreza, el pánico a perder, vaunque solo sea la injusta e insuficiente percepción económica.

Personajes que representan a ciudadanos habituales 

Ricky, acuciado por las deudas, se siente impelido a aceptar ese trabajo. Pero, curiosamente, lo primero que tendrá que hacer es endeudarse aún más comprándose una furgoneta, si no quiere aceptar el alquiler abusivo que le ofrecen. Para pagar la entrada, su mujer, empleada en una empresa de asistencia social para ancianos, tendrá que vender su coche, con el consiguiente trastorno en sus numerosos desplazamientos diarios, que se verán incrementados en incomodidades y en tiempo. Es este el primer sacrificio para un trabajo que su nuevo jefe —porque, aunque no sea empleado teóricamente, sino autónomo, sí es absolutamente dependiente de él, hasta grados cercanos al esclavismo— le ha vendido como una magnífica salida profesional.

La película no ahonda en las razones de esa nueva y demoledora relación laboral, en los posibles factores que la promueven, como podrían ser, desde un punto de vista empresarial, los altos costes de los impuestos que deben pagar los contratadores. Lo que ve muy claro el trabajador, y lo padece, es la comodidad a la que acceden estas empresas al tener a su servicio a trabajadores ajenos a ningún derecho al que poder recurrir, desasistidos por las leyes. En lo que se incide es en el padecimiento de un padre de familia que tiene que trabajar de doce o catorce horas diarias, que está permanentemente vigilado, y que no tiene tiempo ni para mear, como más compasiva que burlonamente le anuncia su nuevo compañero, ofreciéndole una botella para ese uso.

Por otra parte, tenemos a su mujer, que no solo representa el enorme mérito —en absoluto reconocido— del trabajo de atender a los ancianos, sino que aporta el extraordinario valor humano de sentirse implicada más allá de su obligación profesional, empatizando con cada anciana a la que trata “como si fuera mi madre”.

De resultas de tan descomunales horarios de trabajo, los hijos quedan desatendidos. El mayor de los dos, varón y adolescente, empieza a faltar a las clases para realizar grafitis con sus amigos. Más tarde será pillado en un pequeño robo. Ricky, pide permisos a su jefe para atender esas gravedades, pero ese hombre, militarmente inflexible, no se los concede.

 

Se puede acusar a Loach de maniqueo, de esquemático, pero sus personajes me parece que desgraciadamente representan a ciudadanos muy habituales y dolientes. Se escenifica en la pantalla una clamorosa realidad. Otra cosa es esa uniforme adjudicación del bien y del mal, siempre el primero del lado del trabajador y el segundo más propio de la administración o del empresario. Aquí, la empresa que contrata los servicios de Ricky, muestra su cara a través de un personaje, Maloney, el encargado, al que casi se lo caricaturiza como un matón: un hombre de físico imponente, de palabra tonante, y de discurso acallador, que dosifica estratégicamente sus pocas palabras de reconocimiento. Su dureza va tan lejos que se convierte en una absoluta falta de compasión, en instalada y franca crueldad, defendida como necesidad imperiosa de supervivencia. Son las leyes del mercado, de la competencia. Esa es la razón que se da para que haya que trabajar hasta el agotamiento, hasta completar el casi total secuestro de la vida personal. Si no, desaparecerá ese negocio, y el trabajador quedará en el paro. No existe otra opción, son las antipáticas pero poderosas e irrefutables leyes del mercado. De resultas de obediencia, esos hombres exprimidos, con un poco de suerte, podrán, además de comer, amortizar sus hipotecas.

Desde un punto de vista puramente cinematográfico, la película no se interesa por ningún alarde artístico, pero cumple perfectamente con un desarrollo narrativo excepcional, en el que los diálogos jamás chirrían, el ritmo es incuestionable, y la interpretación se ajusta virtuosamente al plan general. Se trata de una película, y no de un ensayo político o económico. Lo único que tal vez se eche a faltar, es algún defecto más intrínseco de los padres, aparte de los tan perdonables que muestran, derivados de su impotencia. Pero probablemente no haya cabida para ahondar en esa derivación, cuando lo que importa, sobre todo, sea denunciar situaciones muy mejorables, tenga quien tenga la culpa o la responsabilidad de que se estén produciendo. De todos modos, la construcción de los personajes tiene entidad suficiente para presentarnos las formas de una problemática bastante común, y nos aproximamos a ellos sintiendo la verdad de sus reacciones.

El tramo final de la película ahonda en el drama a partir de una serie de circunstancias abrumadoras. Por una parte, el conflicto con el hijo adolescente, del que se deriva un enfrentamiento entre los padres. Están las reacciones más viscerales, hasta violentas, de él; y, por otro lado, la actitud de ella, más conciliadora, por la que reprime sus inmediatas palabras en la esperanza de que, no rebasando los límites de la confrontación, obtendrá el resultado del reingreso del hijo en la afectiva vida familiar. Él llega a arrepentirse de sus reacciones, ella las achaca a la tremenda tensión que vive en el trabajo, a la sensación de estar vaciándose en un esfuerzo aniquilador para luego tener que gastar mucho dinero por las malas acciones de su hijo.

Pero a este problema, se añade otro más. Ricky es atracado en su furgoneta y fuertes lesiones del enfrentamiento. En el hospital, magullado de la cara a la cintura, espera junto a su mujer el resultado de unas pruebas. Entonces recibe una llamada de su jefe, Maloney. Tras un breve y presuroso interés protocolario por su estado, empieza a preguntarle por su reincorporación, le dice que habrá de pagar dos pasaportes robados que no cubre el seguro, así como el aparato que ha resultado dañado. Son 2.000 libras en total. Ella toma el teléfono y le canta las cuarenta a ese hombre que cumple a la perfección con el papel despiadado que le exige la empresa.  Y le dice que no, que ellos no pueden irse de rositas; que él no es autónomo, no; si no que está más atado a esa empresa que lo estaría cualquier empleado.

Son los humillados y ofendidos, los que necesitan recuperar una dignidad que, por las severas circunstancias, ha de quedar relegada. Así lo vemos en la última escena. La heroicidad en la que se empecina Rocky es la de quien solo aspira a una ligera disminución de la derrota. @mundiario

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