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Sórdidus 3: Alexia o ese poder de las palabras que callamos

"La extensión quedó a merced de otras conciencias, porque la de Alexandra no era ni siquiera suya, sino propiedad de esa figura que se proyectaba en el vacío". (Continúa Sórdidus)

Sórdidus 3: Alexia o ese poder de las palabras que callamos
Estatua de Don Brown./ LaMono Magazine
Estatua de Don Brown./ LaMono Magazine

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Ulises Novo

Ulises Novo

El autor, ULISES NOVO, colabora en MUNDIARIO y es escritor. @mundiario

Habría sido feliz con un hombre tan curtido como ella en saber administrar los silencios. Quizá habría tenido una hija a la que habría llamado Camila, como la protagonista de su serie de dibujos animados favorita.  

Alexia entierra la cabeza de la muchacha en una loma que, con suerte, tardará mucho tiempo en desnudar la propia erosión o el avance de otras dunas. A su espalda, el mar muere en el mar, tan imprevisible como un destello. No es la primera vez que lo lee y lo escucha; la Tierra gira y los mapas se alteran bajo el influjo de las mareas como consecuencia de esos gravitones indetectables. Corrimientos de arena bajo sus pies cuando excava con sus propias manos el cuévano donde alojará la causa de una seducción tan desconocida como indómita.

Es ella quien ha cortado la cabeza a esa joven de la bañera. Es ella quien mira a la oscuridad del paisaje, convencida de que tiene los ojos llenos de lágrimas después de muchos años.

Empatiza con las palabras de Sandro. Es posible que su compañero haya sido cautivado por una belleza que aspira a algo más que al placer de las formas o de la tersura. 

Cuando Alexia la descubrió el el Salón Vertical, no pudo dejar de presentir que el presente y el futuro eran un bucle cierto, una espiral de imágenes indescifrables, una subida de adrenalina que la arrastró hacia una luz imaginaria, allí mismo, al lado de otras muchachas a las que las cicatrices bajo sus redondos senos habían estigmatizado para siempre. (Hay clientes que pagan por tocar la superficie rugosa de esas marcas).

Al asilo de una claridad ámbar, mientras algunos ojos se fijaban en su silueta de gacela en celo, Alexia percibió que la muchacha no era un mero cuerpo en el que la materia reside por una imposición azarosa, sino que había un significado oculto, mucho más grave, detrás de aquellos perfiles. Un blazer blanco cubría sus estrechos hombros, escondiendo por unos segundos lo que más tarde Alexia valoraría como una piel tersa, producto quizá de una alta dosis de estrógenos.

Al ponerse de rodillas, delante de sus ojos, rozó el aura de la muchacha, el rastro luminoso que dejaba cada una de sus acciones sobre la tarima, bajo el enfermo alumbramiento de neones obsoletos y caducos.

Alexia se reprimió como no lo había hecho nunca antes, cruzando las piernas con el potencial cinético que su musculatura le permitía. Las demás mujeres carcajeaban, picoteaban en sus ensaladeras y bebían toda clase de luces aromáticas, como si todavía residiesen en este planeta y no se hubiesen percatado de la amplitud de aquello que ella estaba experimentando, más allá de esa orgásmica vibración que su lengua producía, advirtiéndole de que, si tocaba a aquella muchacha, la lluvia dejaría de caer sobre calles solitarias.

Al desprenderse del blazer blanco, apreció el tatuaje en la espalda de la stripper y que una de sus ramificaciones concluía en un punto imaginario de la nuca, como uno de esos chacras con los que alucinan las madres depresivas y homeopáticas.

El silencio no era el silencio. La extensión del Salón Vertical quedó a merced de otras conciencias, porque la de Alexandra no era ni siquiera suya, sino propiedad de esa figura que se proyectaba en el vacío, elevándose sobre la alfombra de billetes arrugados y lechosos, de lencería rosácea y opalina.

"He de matarla", masculló mientras algunas mujeres se acercaban a ella con la intención de invitarla a una ración de leche radial. "He de matarla para evitar confusiones", repitió en su cabeza, volviendo a la extensión real, cerrando los ojos para conservar un poco más las diapositivas místicas que su cerebro retenía tras el espectáculo.

"Una mujer vulgar no puede enseñarme a conocer", argumentó antes de que la mulata de dieciocho años la besara en sus labios como otras veces.

Faltaban pocos segundos para que la tarima fuese poblada por los leopardos y la domadora astral.

(Continuará...)