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Sórdidus I: Cambridge Analytica desconoce la belleza de un cadáver

"El cadáver bañado en su propia sangre podía pasar por una de esas esculturas que se exhiben en pabellones anodinos por algún artista de apellido búlgaro." (Comienza Sórdidus)

Sórdidus I: Cambridge Analytica desconoce la belleza de un cadáver
Yoko, de Don Brown./emptykingdom.com
Yoko, de Don Brown./emptykingdom.com

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Ulises Novo

Ulises Novo

El autor, ULISES NOVO, colabora en MUNDIARIO y es escritor. @mundiario

"Morir es la única acción de la que no puedes arrepentirte", susurra entre sus labios crepusculares.

La luz lo acaricia y no parece una figura sólida, sino una aparición. No es la primera vez que le pasa, pero, a diferencia de otras ocasiones, hoy tiene la sensación de haber cruzado un umbral; quizá, ahora es más consciente de su transcendencia.

Nunca se ha declarado ateo. Su madre era una católica disciplinada, más que su padre, incluso. Recuerda con facilidad y eficacia sus rostros, ajados durante sus últimos años de existencia por una demencia senil que los desplazó progresivamente del mundo que juzgaban pecaminoso y escaso de sensatez.

No importa ahora su nombre, un étimo griego, Sandro. Los nombres propios no tienen cabida en ese instante, en el que contempla lo que queda del otro cuerpo, desmadejado en el interior de la bañera. Alguien se ha entretenido en seccionarle la cabeza a esa muchacha que llevan buscando durante dos semanas.

No es una tarea fácil sesgar la cabeza de alguien. Requiere, además de técnica y tiempo, un arma afilada y, por esta zona de la ciudad, sabe que, desde hace muchos años, ya no quedan maestros que trabajen el acero como si fuesen orfebres.

Pero está tan rebasado por la inédita belleza de ese cadáver que no sabe si su corazón es lo suficientemente fiable para esa clase de revelaciones. Es el cuerpo de una mujer, raquítico, pero ese contraste cromático entre el color quemado de su carne y la cerámica blanca de la bañera, impoluta, casi transparente, lo ha devuelto al útero materno, a una serenidad que va más allá de la lasitud o de la relajación muscular.

Es una serenidad elocuente, inmensamente elocuente. Sandro puede acariciar la luz, en ese lugar, en ese punto exacto donde se encuentra desde hace unos minutos, tras subir las escaleras de cinco pisos. Es un cadáver perfecto, el cadáver ansiado, diferente a esos otros que ha tenido que reconocer, que olfatear y hasta tocar en ocasiones para comprobar la edad y la época de su asesinato.

Sandro permanece estático. Antes de llegar a esa sublime conclusión, que nadie es capaz de entender, salvo él mismo, ha telefoneado a su compañera. No tardará en venir, porque, si algo define a esa muchacha, es su facilidad para conducir cualquier vehículo, herencia de algún talento paterno en el pasado, de algún gen que quedó a la espera de ser activado en un nieto, o en una sobrina, o en una hija.

Alexia tiene el pelo corto, pecho abundante y piernas largas. Esa descripción física es la que importa ahora, porque será lo que los ojos de Sandro adviertan cuando ella abra la puerta y evoque su nombre, porque, al igual que otros compañeros, él no es capaz de ver más allá de la joven policía hasta que no pasan unos cuantos segundos y se fija en otros aspectos nada materiales que comprenden el cuerpo de Alexia, la materia que la constituye; su habilidad para las matemáticas, su prodigiosa memoria, su conocimiento de toda clase de lenguas asiáticas, el orgullo de ser virgen todavía a sus veintiocho años y que declara abiertamente, cuando se ha bebido más de tres luces y está a punto de dormirse en la barra retando a su insomnio feroz.

Sandro se ha olvidado de ella mientras el tiempo avanzaba y él seguía con los ojos fijos en el cadáver de una mujer que no ha cumplido aún los cincuenta. Tiene por costumbre clasificar a los cuerpos en aquellos que tienen una edad prematura y en aquellos que han entrado en una edad rara. Ese cadáver pertenece a una mujer de edad rara.

Mueve su índice derecho y la luz vuelve a posarse sobre su falange como un grano de polen, tan ancestral como el Big Bang. Sigue deleitándose con la atrocidad que, para Sandro, no es tal, sino la expresión máxima de un dios que quiere comunicarle algo. Está a punto de conseguirlo. Su falange abandona la luz para alcanzar ese mensaje ultraterrenal con la yema de sus dedos, amarillentos debido a una subida inesperada de bilirrubina.

No es consciente de la realidad que lo circunda, ese frontal de azulejos grises, descascarillados, quebrados en su mayoría por la erosión del tiempo y su mezquindad. No tiene la certeza de que los segundos pasan y sus células se deterioran, y que Alexia va a entrar en cualquier momento a ese cuarto de baño, encañonando un arma por temor a que desconocidos o conocidos terroristas le hayan tendido una trampa. 

Sandro ya tiene la respuesta de ese dios. Calcula que las dimensiones del mensaje son abismales, pero puede comprender su contenido y ejecutar la orden que se indica, si alguien lo ayuda. Ahora, sin dejar de venerar la belleza del cadáver, regresa a este mundo. Ya no toca la luz, pues es la luz la que regresa también a sus labios, este martes. Casi está amaneciendo. Y, por primera vez, escucha los pasos angustiosos de su compañera.

Nunca ha reparado en detalles como en los que repara ahora, libre de una carga que, durante años, le ha resultado insoportable. No es humano. Sandro cree que no es humano después de admirar ese cuerpo, al que un escueto mar de sangre ha sepultado hasta la cintura dentro de esa bañera ultramoderna, de diseño alemán.

Alexia se adentra en el cerco de luz. Podría también tocar esa claridad, si guardase su arma y deslizase sus dedos en el vacío que queda entre el lavabo y el toallero. Observa la mirada cristalizada de Sandro, que no deja de explorar cada minúsculo rasgo de aquel cadáver, cuya cabeza estará escondida probablemente en algún rincón del apartamento. Una mirada que se detiene en otra, que también mira hacia el objetivo.

-Mierda -dice Alexia bajando el arma.

-Puedes llamar a mi madre -susurra Sandro.

-¿No comerás en casa, verdad? -pregunta ella de forma autómata.

-Exacto. No voy a comer en casa. Mañana será otro día para visitar a una anciana que alguna vez me quiso como a una mascota -añade él sin parpadear.

-Hoy va a hacer un día precioso.

-Lo sé. Lo noto en mi piel. Arde cada vez más. Desde el interior hacia fuera.

Alexia husmea un poco y comprueba que el corte ha sido limpio. Vuelve a la posición inicial y le conmueve el gesto diáfano y melancólico de Sandro.

-Tenemos que hacer las cosas bien. Voy a llamar a comisaría. Las autopsias son muy agradecidas en este tipo de crímenes.

-Hazlo y que le digan a Bryan que no podré ir a la ópera esta noche -añade Sandro, arrastrando las palabras.

-Vaya una mierda de día entonces. No comes con tu madre, ni vas a la ópera.

-No ha sido una mierda de día. Ahora lo veo todo más claro, Alexia.

Después de la última frase, el policía enmudeció por unos segundos mientras su compañera se miraba en el espejo. Ojos felinos. Una breve cicatriz bajo la boca. Un cuello firme. Un aura de gel invisible sobre su piel invernal.

-No me obligues a preguntarte -masculla Alexia tras un soplido de insatisfacción.

-Veo claro que quiero morir así y cuanto antes. Quiero que alguien me corte la cabeza como a ella y coloque mi cuerpo dentro de una bañera sin estrenar -dijo Sandro, elevando el mentón con  dignidad de devoto.

-No digas más tonterías. Te he dicho mil veces que dejes la oxicodona.

-Esta espalda me mata. Por esa razón, la tomo. Pero, en esta ocasión, es distinto, Alexia -las palabras de Sandro se enterraron en un silencio viscoso.

-No vas a morir así. Presiento que aún te quedan muchos años. Has nacido para aparentar juventud siendo un anciano -ironiza ella mientras marca un número con su móvil.

-No he dicho que vaya a morir así. He dicho que QUIERO morir así. Solo el hecho de decirlo me fascina. Solo el hecho de decirlo me convierte en la mosca de una telaraña.

-Una metáfora fallida. Nadie quiere morir ni apropiarse del fin del mundo.

-Promete que lo harás. Promete que alguien acabará asesinándome de la misma forma. Podrías hacerlo tú. Tienes manos de leñador y tus extremidades son ágiles.

-Alguien como yo, que sigue virgen con este cuerpo, no va a mover un dedo por cumplir sueños estúpidos.

-Todos los sueños son estúpidos. Tu virginidad también lo es, si tienes esas tetas y ese culo. Pero entiendo que no quieras que un papiloma llegue a colonizarte.

-A veces puedes llegar una criatura tan cruel como un oso polar desesperado por la inanición.

-Me gusta esa metáfora, pese a su mala posición en la frase.

La luz, ahora más intensa, los barrió. El cadáver bañado en su propia sangre podía pasar por una de esas esculturas que se exhiben en pabellones anodinos por algún artista de apellido búlgaro. Mientras Alexia habla con la comisaría e informaba del hallazgo del cuerpo, Sandro se da la vuelta y regresa al breve pasillo que vertebra el apartamento.

Se fija en una litografía de un imitador de Freud y esboza una de sus conocidas sonrisas. Alguna vez lo han confundido con ese actor de televisión con nombre de champú. Y él se ha dejado seducir, pero ahora es un hombre distinto, aunque a Alexia no le haya impresionado nada de lo que ha manifestado con total nitidez. Pero, ¿quién es ella para saber nada de los dioses?

Alexia toma notas en su libreta después de colgar. Las sirenas de las fábricas muelen el aire y ella, un poco confusa, no piensa en otra cosa que en las horas de vida ociosa que esos cuerpos masculinos desperdician colocando piezas sobre planchas de metal a modo de puzle. A continuación, rastrea los pasos de Sandro y se detiene a su lado a contemplar esa burda copia de Freud para luego herirle los oídos con una pregunta aparentemente interesante.

-¿No te has enterado de lo que acaba de decir uno de los jefezuelos de Cambridge Analytica?

-Siempre se me dieron mal los ordenadores. De hecho, suspendí Informática en el instituto más de una vez.

-No eres un hombre perfecto -sentencia Alexia sin sonreír.

-Me gustaría que hicieras alguna foto a ese cuarto de baño. Quiero guardar en mi memoria esa composición.

-Estás loco -vuelve a sentenciar ella.

-No sabes lo que me ha pasado ahí hace un momento, así que evita esa clase de comentarios.

-Deberías hablar con tu madre con más frecuencia.

-Me gustaría hacerlo con la tuya, siempre que confirmes que tiene tus mismas tetas -dice Sandro sin mirarla a los ojos.

-Mi madre no existe. Murió hace dos años. Me acompañaste al cementerio. No era un día lluvioso. Era el inicio de una de las peores olas de calor en Londres.

-Lo recuerdo. La primera ola de calor después de dos siglos. Tu madre debió ser una mujer increíble -comenta Sandro, frunciendo sus labios crepusculares.

-Como todas las madres de los policías -concluye ella respirando hondo y amuecando el rostro.

Le aprietan las bragas que un admirador secreto le dejó en el buzón.

(Continuará...)