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Sórdidus 2: Cuando las mujeres esperan bajo la nieve sin una novela

"Contiene la respiración para no decaer en ese éxtasis que se produjo en el interior de sus células, prolongándose en un orgasmo que jamás podrá experimentar con nadie" (Continúa Sórdidus)

Sórdidus 2: Cuando las mujeres esperan bajo la nieve sin una novela
Esculturas de Don Brown./ Elizabeth Peyton
Esculturas de Don Brown./ Elizabeth Peyton

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Ulises Novo

Ulises Novo

El autor, ULISES NOVO, colabora en MUNDIARIO y es escritor. @mundiario

Ayer fue un día raro. Papeleo y algunas visitas a apartamentos colindantes donde alguien escuchó los ruidos y luego presintió ese silencio revelador de la muerte con violencia, ese frío que hace añicos toda clase de pensamiento budista.

Hoy fue un día raro también. Más papeleo y entrevistas inútiles a posibles testigos, mientras la cabeza de la mujer sigue sin aparecer. Sandro y Alexia, finalmente, se dejan ver en el pub, acostumbrados a naufragar en esa frecuente rareza de lo cotidiano hasta que algún detalle nimio en la investigación se convierte en el hilo de Ariadna.

-¿Has descubierto quién es el que introduce las bragas en tu buzón?

-Lo sé desde el primer día, Sandro. No es nadie peligroso hasta ahora y debo confesarte que encuentro un leve placer siniestro en esa acción a la que no voy a renunciar.

-Siempre has tenido gustos raros con los hombres. Por esa razón, sigues virgen -dice él amustiando sus ojos hacia el vacío de la barra.

-Se ha convertido en una religión para mí. Y puedo confesarte también que casi me excita.

-Nunca he coincidido con una compañera que eleve el orgasmo a una depravación tan estéril como esa.

-Toda depravación es estéril y los orgasmos son un síntoma, y los síntomas son demasiado previsibles y aburridos -repone ella arrugando,de manera increíble, el mármol de sus labios.

Los vasos consumen la luz que alguien ha vertido dentro mientras la lluvia martillea el asfalto con un denodado esfuerzo de erosión. La lluvia, siempre la lluvia sucia sobre la ciudad de los jueves, lejos de ser tan ligera como las plumas de una avutarda.

No importa si es de día o de noche en la vida de los dos. Alexia también ha aprendido a no diferenciar esas franjas temporales, si quiere que el insomnio no perdure demasiado en su organismo. Lo importante es que el local esté abierto y que ellos hayan podido detener sus vidas un instante, un instante puro, que roza la eternidad, como ese misil de luz que es el amanecer constante en Londres tras la frontera de edificios de neodimio.

-¿Has visitado a tu madre como te aconsejé?

-Anoche lo hice, pero no le conté nada sobre el cadáver. No conviene que su sistema nervioso se altere con esta clase de accidentes. Los informativos siguen seduciéndola con desapariciones de niños, extinciones de insectos milenarios y con la muerte de esas modelos bulímicas, adictas a los antibióticos y a los laxantes.

-Deberían suicidarse todos los televisores -propone ella cerrando los ojos, indagando en la oscuridad que no pertenece a esas horas que arrasan los tejados con su brutal aburrimiento.

-No me lo puedo quitar de la cabeza -susurra Sandro rumiando otras palabras inconexas y difíciles de traducir.

-Se llama "turbulencia" -sentencia Alexia sin temor a desdecirse.

-¿De dónde has sacado ese nombre?

-No me lo he inventado. Tienes una turbulencia en tu cerebro. Es un mecanismo de defensa para evitar el trauma.

-No es cierto. Me he enamorado de esa imagen. Lo puedo jurar ante la Biblia y ante cualquier texto de índole presocrática.

-En esta conversación, una palabra como "enamorado" es una jodida distorsión.

Tibiamente ríen durante unos segundos. Sandro se peina sus guedejas blancas con un cepillo que saca del bolsillo de su camisa irreal y Alexia pide otro vaso de luz a nombre de su amigo. La lluvia sigue perforando la corteza terrestre y los edificios también callan con la oscuridad. Ni una sola bombilla encendida en los despachos que rodean el perímetro. Curiosamente, la radiación ocasiona importantes cortes eléctricos en la zona norte de la ciudad. Por primera vez en la historia, los desharrapados no son víctimas de los fenómenos articiales.

-Debes acudir a un psiquiatra. Conozco uno bastante eficaz -dice ella ayudándolo a alisar su abundante pelo.

-No sé si es un psiquiatra lo que necesito. Creo que más bien debo consultar a un crítico de arte.

Baja los párpados y esboza una sonrisa raquítica mientras Alexia coloca unas monedas sobre la barra que una mano entre huesuda y robótica recoge en una sola acción. 

-El psiquiatra que conozco es un experto en Bacon y en Hirst. De joven, trabajó en una compañía de teatro hasta que el director murió a causa de la mordedura de un parásito desconocido.

Se hace un silencio entre ellos y entre las estrellas que se expanden sobre las cúpulas de bronce, testigos de la memoria de los zoológicos y los prostíbulos centenarios.

-¿Por qué vas al psiquiatra? -pregunta Sandro barriendo con su mirada la pobreza de ornamentos de aquel pub; esmirriados maniquíes y  polvorientos perros de porcelana sobre las alacenas junto a las botellas de alcohol con luz y mandrágora.

-No debo exteriorizar los males. La literatura oriental me ayuda mucho en estos últimos tiempos -responde Alexia como un autómata.

-Alguien que es virgen como tú debe tener un mundo interior lleno de matices. Si ahora lees a autores japoneses, por ejemplo, será más tentador invitarte a cenar.

-No intentes ligar conmigo. La virginidad no es ningún don espiritual, ni siquiera una profesión de fe en mi caso. Hace muy poco que he comenzado a leer autores de esa ínsula, así que soy tan solo una iniciada -ironiza ella dispuesta a desvanecerse de allí.

-Hace tiempo que te miro solamente a los ojos cuando hablo -añade él con un tono de desquiciamiento bastante sutil.

-Mañana será un día largo. Hay que olfatear y mirar un poco más allá de ese cadáver. Nadie ha reclamado el cuerpo durante todo este tiempo, salvo ese lunático de John Byrne que finge ser representante de artistas.

-Un sospechoso potencial, quizá.

-Lo dudo. Demasiado listo. Perro viejo. Conoce cómo piensan los policías como nosotros. Tiene miedo a alguien. La mujer era una de sus nodrizas en "El Invernadero" -dice Alexia con voz impostada. -Por cierto, hoy estás bebiendo muy poco.

-Lo he hecho aposta. Creo que no podré ayudarte en este caso. Cada vez que evoco ese cadáver, me excito.

-.Alguien como tú, disidente de la belleza desde que ingresaste en la academia, no puede excitarse con una mujer decapitada. No te llamas Baudelaire ni nadie de tu familia quiso que lo leyeras -escupe Alexia, saliendo por la puerta inmanente y tutorial mientras Sandro se queda extático sobre el taburete, absorto en las lejanías insondables de aquella bañera en la que la joven víctima quedaba a merced de la eternidad.

-No me dices "adiós" siquiera. Con esa ausencia de modales, nadie podrá protegerme de mis visiones -argumenta para sí mismo, bajo el efecto de una elipsis temporal y del alcohol que la luz proyecta desde el fondo del vaso.

Alexia abre su coche pulsando el botón de un llavero magnético, sin color y sin ningún detalle identificativo. Después de arrancar, no se dirige a casa, sino que mantiene el coche en una dirección isomorfa, nada decadente, hacia la playa. Le gusta de vez en cuando asomarse a esa parte del mundo que la ciudad esconde más allá de sus muros de titanio con la intención de no pensar.

Se curva el mundo tras las plataformas azules que el vehículo atraviesa antes de encontrar la autopista de arena lisa, flanqueada por dunas y una hilera de breves postes de luz agónica, instalados sin ningún sentido.

Alexia respira con un ritmo eufórico al mismo tiempo que escucha la Primera Sesión del Movimiento Silencioso de Hans Förmer, el primer compositor que hab logrado extraer música de los gases nobles. La tibia orfandad de los moteles que deja atrás se confunde en su cabeza con algunas palabras de su conversación con Sandro. No puede reprimir una alegría extrema que fuerza a que su vagina palpite como el corazón de un puma.

Detiene el coche frente al faro de grafito y abre la puerta. La brisa yodada atraviesa su cuerpo de inédita sensualidad mientras se distrae con algunos reflejos que, en el firmamento, ya sin nubes grises, vibran con delicadeza.

Mira las aguas y luego las olas, y luego intenta adivinar qué oculta la profundidad de aquella masa informe que fascinó a Jaspers en su infancia. La composición de Hans Förmer acaba con una explosión callada, pero que la eleva un poco más allá de su condición mamífera. 

Alexia es una mujer virgen, en quien la sensibilidad se ha aliado con una escultura sólida y de pecho abundante. "Los policías también podemos ser una clase de poetas", repite  cada vez que sale de la consulta del psiquiatra, tras vaciarse de contenido y esperar a que las píldoras surtan su efecto relajante.

Ahora que está más sola que nunca decide volver a escrutarla como había hecho días atrás, aunque la impresión ya no sea la misma, así que, con una especie de arrojo insólito, arrastra los pies hasta el maletero. Lo abre con un simple chasqueo de dedos que un receptor de ondas verifica como auténtico e inimitable. La brisa fluye con su elocución de neutrinos y polvo con aquella acción.

Siente el vértigo del primer hallazgo y sus manos desmadejan el nudo de un atadijo. Las lágrimas comienzan a rebullir desde su garganta hasta sus ojos orientales al comprobar que, pese a los días transcurridos, el olor pútrido aún es soportable.

La cabeza de la muchacha palidece bajo ese tenue tintineo y no menos acuciante de los reflejos.

Las manos de Alexia rozan las ásperas mejillas sin rubor de la mujer. Contiene la respiración para no decaer de nuevo en ese éxtasis que se produjo otras veces en el interior de sus células, prolongándose en un orgasmo único que jamás podrá experimentar con nadie que no sea aquella imagen, sórdida para la mayor parte de sus conciudadanos. Sin embargo, para alguien como ella, virgen y frustrada con las adversidades de su propia profesión, esa cabeza es algo parecido al vértice del universo, una gota de oro líquido que intenta diluirse dentro de un cuenco de agua, la máxima expresión de una belleza tan pueril como inalcanzable.

Un fuego de litio se enciende en la torre del faro como si ardiese el grafito. Las olas se enfurecen y Alexia, tomando la cabeza sesgada entre sus brazos, se sienta en un montículo. Los pocos pasos que da para llegar a ese altar son los pasos propios de una diosa tan elemental como el aire que empuja las aguas y las engulle bajo la oscuridad que habitan las anómalas criaturas de los abisales.

Sorbe las lágrimas y sus labios húmedos brillan repentinamente con la fluidez de nuevos reflejos. La soledad se manifiesta con esos estímulos, mientras el paisaje avanza en su erosión impertinente de olas y brisa, mientras Alexia susurra en silencio una especie de mantra para no tomar conciencia de sí misma; la más sincera de las insumisiones.

Al volver a casa, encontrará, en su buzón, unas bragas azules, sin ribetes.

(Continuará...)