Solas: una sensible y relevante mirada a los personajes de la cotidianidad

Fotograma de la película "Solas", de Benito Zambrano (1999)
Fotograma de la película "Solas", de Benito Zambrano (1999). / Productora.

Vista hoy, a más de veinte años de su estreno, mantiene intacta su capacidad de conmocionar al espectador. 

Solas: una sensible y relevante mirada a los personajes de la cotidianidad

Solas (1999, Benito Zambrano) supuso una verdadera revelación, la gran ópera prima de un director que, sin embargo, después no ha logrado repetir ese tan importante éxito; y el reconocimiento de unas actrices y unos actores —especialmente las aquí sublimes Ana Fernández y María Galiana— que encontraron en sus papeles la ocasión de demostrar toda su excelencia. Vista hoy, a más de veinte años de su estreno, mantiene intacta su capacidad de conmocionar al espectador.

La principal virtud, y la más alentadora para los aspirantes a cineastas y para quienes necesitamos que el cine perdure, es la de que, con un escaso presupuesto, se lograra construir una historia sin fisuras, que rebosaba interés y sensibilidad. Y fue una sorpresa que lograra convocar a un número muy importante de espectadores. Cuenta María Galiana, en una entrevista que le hace Mara Torres, que la primera lectura del guion la cautivó y la emocionó hasta las lágrimas, pero que pensó que esa historia tan cotidiana iba a tener una aceptación muy minoritaria. ¿Por qué no fue así? Tal vez porque, si bien la película no incorpora ninguno de esos a menudo estúpidos ingredientes del cine comercial, no cae tampoco en las innecesarias torturas que imponen algunas películas pretenciosamente artísticas; a las que en verdad lo son, sí que les aceptamos su dificultad necesaria.

Uno de los casi imprescindibles elementos para armar una buena película es el de que haya al menos un número de dos o tres personajes sustanciosos y bien construidos. Aquí, los principales son los de María y su madre Rosa, con los que nos familiarizamos fácilmente, empatizando a un mismo alto nivel, pese a sus grandes diferencias de personalidad y a sus enfrentadas carencias. Pero, poco a poco, va adquiriendo un importante protagonismo el vecino, interpretado por Carlos Álvarez Novoa. Y hay otros cuatro personajes más, menos desarrollados, pero reveladores de unas tipologías que conocemos, ante las que, sin la profundización suficiente, tan solo nos quedamos en la inequívoca admiración o la denuncia. Así, por ejemplo, el padre de María, ese hombre insoportable para su familia, autoritario, podrido de egoísmo, de machismo, que Paco Osca interpreta tan perfecta como sucintamente con ese gesto que reconocemos, con la elocuente mirada de quien vive y quiere saberse enrabietado.  Y es que, aunque todos los personajes de esta historia podrían representar a algunos de los distintos prototipos caracterológicos que nos rodean, no los percibimos como acartonados paradigmas sino como seres concretos que merecen la atención de su latente singularidad.

Rosa, la madre, ha tenido que trasladarse desde su pueblo a Sevilla para acompañar a su marido, que debe someterse a una operación. Allí vive su hija, María, una joven que se aproxima a la cuarentena y aún no ha logrado encauzar bien su vida. El piso en el que vive es sórdido, oscuro. Hasta tiene una ventana condenada. Lo sabremos después, cuando su madre, sola, lo descubra, después de que su hija se haya negado a abrirla cuando se lo ha sugerido, agobiada y entristecida por respirar tanta humedad, por el mísero ámbito en el que la ve moverse. Y no sabe aún de su adicción al alcohol, de sus trabajos como asistenta, precarios y mal pagados. Pero lo que sí ha apreciado ya es la amargura con la que se esfuerza en atender la ardua exigencia que le supone la vida.

La vida de esta joven está lastrada por la pesada permanencia de la frustración y del resentimiento. Y ahora todavía más, que se ha quedado embarazada del brutal camionero que se desentiende del problema, que la insta a solucionarlo sola, pues él solo está para el irresponsable uso de su cuerpo. María se da cuenta de que ha ido a caer en alguien tan odioso como su padre. A veces, ella misma no se reconoce tan distinta de ese hombre que ha estado maltratando a su familia toda su vida, del que sus hermanas huyeron precipitadamente hacia puntos muy distantes donde no tuvieran que volverlo a tratar.  

Si, por una parte, tenemos a esos dos hombres funestos, a su padre y a su amante; por otra, están sus contrarios, dos seres benévolos de distinta condición: el ignorado vecino, al que María descubrirá después, gracias a su madre; y el médico, que con su madre derrocha una sana y natural amabilidad. En medio, está el camarero del bar que, si bien está muerto de deseo por ella, no traspasa los límites del respeto, e incluso le demuestra una compasión y una solidaridad de las que ella está tan en falta.

El título de la película alude a la palpable soledad de María, y a la que, en tan mala compañía, padece su madre; pero, en esta historia, encontramos también un hombre amable y triste que la sufre, y que solo puede mitigarla con la compañía de su perro. Es ese vecino que intentará entablar una relación con Rosa, imposible porque ella se siente secuestrada por su temible marido. La locura que siente él por ella es la del vislumbre del final del largo túnel por el que está atravesando su vida. La intimidad que se establece entre ellos es la del amable cuidado, la de la retráctil cercanía. Duele verlo en esa posición tan anhelante, como de primerizo enamorado, aunque deslustrado por la lejanía de la juventud. Y es triste verla a ella mirarlo desde el cautiverio y la obligación que se impone de socorrer a su marido.

Rosa representa la clara virtud de la serenidad, del amor, de la sencilla sabiduría que sabe desnudar las almas, pero le pesan esas otras “virtudes” tan dudosas, que la convierten en una mujer resignada y sumisa. María es distinta, es rebelde, tendente a la rabia —sí, como su padre—, pero incapaz de superar el sentimiento de saberse perdedora. Pero, más allá de eso, oculta entre sus desatinos, duerme aquello que finalmente la paciencia y el cariño de su madre hace aflorar: su fondo sensible, merecedor de una fuerza y una oportunidad que lo sostengan.

Solas se sustenta en una historia que no se sirve de grandes alardes técnicos ni busca el espectáculo sino el acercamiento intimista, pero que se alza sobre un guion perfectamente equilibrado, en el que la gran dosis de humanidad que desprende no se desborda hasta los terrenos de lo sentimentaloide. Los personajes componen un retrato de nuestro país que, desgraciadamente, veintidós años después, apenas se ha quedado anticuado; de una sociedad en la que a algunos les resulta muy difícil sobrevivir y de una convivencia en la que estallan los dominios y las frustraciones. La resolución final de la película, esa adopción recíproca entre el vecino y María, que convierte a ese hombre solitario en un feliz abuelo adoptivo, y la devuelve a ella al amparo de la afectividad, tal vez resulte inverosímil, más un sueño que una realidad, pero se lo perdonamos a esta humilde y enorme película, porque alguna vez, superando las barreras que impone la inercia, para los hombres y las mujeres doloridos y anhelantes habrá de ser posible la felicidad. @mundiario

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