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En Un sol interior, asistimos a otra enorme exhibición de Juliette Binoche

Un sol interior no es precisamente una película agradable, sino claramente irritante, y no, como sucede tantas veces, por su estupidez, por su banalidad, sino por su inteligencia.

En Un sol interior, asistimos a otra enorme exhibición de Juliette Binoche
Cartel de Un sol interior
Cartel de Un sol interior

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Javier Puig

Javier Puig

Articulista de literatura y cine, colabora en MUNDIARIO. Escritor de poemas y relatos.

Un sol interior no es precisamente una película agradable, sino claramente irritante, y no, como sucede tantas veces, por su estupidez, por su banalidad, sino por su inteligencia, su implacable sensibilidad a la hora de describir, en una historia desesperanzada, la imposibilidad del amor y de una comunicación verdadera. Y lo más irritante, a la vez que lo más peculiar de esta película, son sus diálogos imposibles. Representan a la perfección esa falta de entendimiento a la que, a veces, puede abocarnos la disimulación de esas palabras que intuimos peligrosas, que pueden delatar la verdadera naturaleza inconveniente que poseemos y desbaratar una relación que pretendía eludir las profundas verdades.

Esta historia favorece el festival interpretativo de la actriz francesa, que aquí redunda en su gracia para imponer una naturalidad desbordante de matices

Es lo que les pasa a los sucesivos hombres que va conociendo Isabelle, esa mujer que tiende a atraer a amantes equivocados, que fuerza o consiente relaciones que la socorran. Con ellas pretende aplazar su insatisfacción impenitente, pero resultan ser solo lo que una mujer menos velada por la ansiedad ya habría previsto y desestimado. Son hombres que no la pueden amar, que aspiran a disfrutarla sin distorsiones existenciales, desde una prudente distancia, en un recodo apenas interconectado con el cómputo general de la vida, como una forma serena de poder no implicarse en las inalcanzables e inoportunas exigencias del amor. Pero ella tampoco los ama. Los necesita como intento desesperado de saciar un vacío absorbente.

La grandísima Juliette Binoche encuentra aquí uno de sus mejores personajes. El magnífico guion, del que la directora de la película, Claire Denis, es coautora, nos presenta unos diálogos que rozan lo absurdo, pero que son las titubeantes manifestaciones de la indefensión moral, la de quien se ve inesperadamente cuestionado en su egoísmo. Esta historia favorece el festival interpretativo de la actriz francesa, que aquí redunda en su gracia para imponer una naturalidad desbordante de matices. Lo único que falla es un doblaje que no está a su altura. Pero, a pesar de él, sobreviven sus enormes virtudes originales.

Un sol interior me ha gustado pese a haber padecido la verosímil dureza de sus propuestas. El arte no tiene por qué ser agradable

Isabelle es una mujer frágil, desnortada, perpleja, propensa a caer en las redes de lo inadecuado. En su seguimiento, nos hace sufrir con esos pasos que ignoran los recurrentes precipicios que la acompañan; que lo son, aunque no se hayan aceptado. Busca en los hombres algo que no tienen, pero, resignada, acaba aceptándolos en un primer momento, incluso provocándolos, como obtención de un espejismo en forma de logro de seducción convulsamente excitante. Pero el día después, como en una resaca monstruosa, duele la luz que destella desde el ya remoto pasado. El amor no existe o no sabe cómo acceder a él. Y ella busca sucedáneos en el sexo, pero, en pleno acto, a veces aparece su neurosis esgrimiendo sus dislocaciones contumaces; o en las conversaciones con esos hombres que no saben salir del aprieto a que los somete esa mujer que se niega a obviar sus íntimas e intocables contradicciones. Cuando por fin consigue llevarse al indeciso actor a su cama, ella respira aliviada porque ya no son necesarias las irresolutas, laberínticas, falsificadoras palabras.

Un sol interior me ha gustado pese a haber padecido la verosímil dureza de sus propuestas. El arte no tiene por qué ser agradable. No obstante, la directora se apiada del espectador y afloja mínimamente la severidad de su discurso, la dolorosa empatía a la que nos somete. A mí me alivió la espléndida música de jazz, alguna sonrisa anteponiéndose a la persistencia del dolor y la confusión, y, sobre todo, la constante presencia de ese prodigio de sutil femineidad que es Juliette Binoche. @mundiario