La serenidad del duelo en Despedidas, de Julian Barnes

Despedidas./ El Mundo

Muchos lectores del autor británico esperaban una novela épica para el que parece ser el último trabajo literario al que se enfrenta Julian Barnes. Pero la novela Despedidas (Anagrama) no ha defraudado a aquellos que hemos aprendido tanto del oficio de la escritura a través de un narrador tan versátil como indómito; un rasgo común que también define a todos los escritores de su generación, de los que habla en algunas líneas con un tono fatalista y demoledor ante su desaparición.

Las muertes de Amis y Hitchens ocupan algunos párrafos en los que Barnes, casi al final de Despedidas, valora enormemente el don de la resignación a sus colegas, cuando eran conscientes de la letalidad de sus cánceres. Durante mucho tiempo, para el propio Barnes, el hecho de ser conocedor de la inexorabilidad de la muerte fue escandalosamente corrosivo, hasta el punto de causarle graves crisis de ansiedad.

Despedidas es un legado sobre la memoria. Porque la memoria es un agente creativo tan poderoso que, nutriéndose de su mímesis con el mundo, es capaz, sin embargo, de transformar la realidad que pretende evocar con máxima fidelidad. Barnes es consciente de que la mímesis es impracticable y contraproducente. La memoria de cualquier narrador es la memoria de Proust que, a partir de un estímulo, genera un crisol de experiencias que basculan entre la atractiva y polisémica persuasión de la mentira y un estadio que pretende parecerse a una realidad objetiva. Un carácter tan poco entusiasta como el de Barnes forzará que lo descriptivo sea sencillamente una fábula. Desde el principio de Despedidas, el autor de El ruido del tiempo indaga en el alcance de la memoria como don genesiaco de una escritura, con la que ha ido contribuyendo a su imaginario, sin excluir que el olvido constituye el envés de ese proceso selectivo donde la emoción premia la recuperación de momentos que la literatura salvará con sus bestiarios y retórica.

La primera despedida es la despedida a Proust, a su madalena, porque, en realidad, Barnes se está despidiendo de la técnica narrativa con la que ha podido rendir a lo largo de trabajos tan relevantes como El loro de Flaubert. La segunda despedida le toca a los amigos, a los amigos ausentes, a aquellos que creyeron siempre en las segundas oportunidades. Una longevidad resistente y duradera los condujo a experimentar que la felicidad a los ochenta es hostil. Las segundas oportunidades, los enamoramientos de ida y vuelta, así como los reencuentros no son más que la antesala de un agotamiento de la existencia. La felicidad octogenaria es una patraña y la sombra de la madurez es tan alargada que ya no permite el sentimentalismo de los novatos ni la euforia de los quinceañeros, que tienen toda una vida por delante para tropezar con la misma piedra todas las veces que los dioses (quienes tejen desdichas para los hombres) quieran.

Del mismo modo, al final de la novela, Barnes se despide de los lectores, de la traición que representa la propia ficción en la que quien se asoma a las novelas del escritor no descubre el proceso de autoengaño. La memoria y la verosimilitud no están libres de su inclinación congénita a perderse en toda clase de vericuetos intransitables y a perpetuar la creencia de que lo que se ha escrito alguna vez fue o será cierto. Que nadie espere una novela de redención en Despedidas, ni un tratado moral de redescubrimiento de confidencias que hasta ahora parecían insobornables para Barnes y que no se había atrevido a confesar.

Despedidas está escrito desde la serenidad de un duelo adelantado. Lo que se narra está ligado a la cronificación de un cáncer que Barnes está arrostrando con quimio en pastillas y a una sensación de abandono en la que se ha acostumbrado a vivir con ausencias fundamentales en su biografía. En realidad, nadie se acostumbra a la pérdida. Quizá, por esa razón, el narrador no ha pensado en escribir una novela sobre actores inventados. Ha preferido hablar de sí mismo, por miedo a olvidar que la escritura le ha dado tanto que puede permitirse este retiro silencioso.

Fiel a su estilo, en ocasiones visceral e híbrido, lo ensayístico se mezcla con lo anecdótico. Considero que Despedidas podía haberlo escrito el propio Martin Amis. La ironía se funde con agrias reflexiones donde lo vivido hace años se esfuma por culpa de esa indiferencia emocional por la que deambula el autor, forzado a subsistir con una medicación diaria y revisiones periódicas. Sigue siendo ejemplar en su manejo de la prosa. No puede defraudarse a sí mismo, por lo que su estilo literario persiste en esa prosa aparentemente caótica que no sabe adónde va, pero que, al final, cierra capítulos con convicción y sentido, como si lo fragmentario, lo azaroso y lo imprevisible fuesen aliados de una escritura que imita la vida más de lo que parece, a pesar de que la memoria no deje de ser una especie de retablo de las maravillas en cualquier proceso creativo. @ mundiario