El sentido de la festividad de Halloween ayer y hoy
Halloween puede parecer una fiesta de puro jolgorio — disfraces, dulces, fiestas y sustos — pero, si rascamos un poco bajo la superficie, hay capas de significado que la hacen mucho más interesante.
Halloween tiene raíces en el antiguo festival celta de Samhain, celebrado el 31 de octubre. Los celtas creían que esa noche el velo entre el mundo de los vivos y los muertos se volvía más delgado, permitiendo que los espíritus cruzaran. Para protegerse, encendían hogueras y se disfrazaban para confundir a los espíritus errantes.
Con el tiempo, el cristianismo incorporó esta fecha como la víspera de Todos los Santos (All Hallows’ Eve), de ahí el nombre “Halloween”. Así que sí, tiene un trasfondo espiritual y ritual bastante serio.
Hoy en día, Halloween puede tener varios significados según cómo lo vivas.
-Catarsis colectiva: enfrentar el miedo de forma lúdica. Nos disfrazamos de monstruos para reírnos de ellos.
-Celebración de la creatividad: desde disfraces hasta decoraciones, es una explosión de imaginación.
-Conexión comunitaria: aunque sea comercial, fomenta la interacción entre vecinos y amigos.
-Reflexión simbólica: para algunos, sigue siendo un momento para recordar a los que ya no están.
Hay jolgorio, y mucho. Pero como muchas fiestas, el jolgorio no excluye el significado. Más bien lo disfraza. Halloween es como una máscara: divertida por fuera, pero con historia y simbolismo por dentro.
Halloween es como un espejo: refleja lo que cada persona quiere ver. Para algunos, es un ritual moderno — una forma de conectar con lo ancestral, con lo misterioso, con lo que no entendemos del todo. Para otros, es una fiesta desatada, con disfraces, luces, música y un toque de locura. Y para muchos (¡muchísimos!), es simplemente una excusa deliciosa para comer chocolate sin remordimientos. Porque si no lo hacemos en Halloween, ¿cuándo?
Lo curioso es que estas tres dimensiones pueden coexistir. Puedes encender una vela por tus seres queridos, ir a una fiesta con capa de vampiro y luego devorar una bolsa de mini Snickers. Todo en la misma noche.
Para quienes lo viven desde lo social, Halloween es una excusa perfecta para romper la rutina y reconectar con los demás. Es una noche en la que se suspenden las normas cotidianas: los adultos se disfrazan, los niños se adueñan de las calles, y hasta los más tímidos se animan a tocar puertas o bailar con una peluca fosforescente.
Algunas razones por las que Halloween brilla como evento social son las siguientes.
-Conexión comunitaria: desde el “truco o trato” hasta las fiestas de disfraces, es una oportunidad para interactuar con vecinos, amigos y desconocidos en un ambiente relajado y divertido.
-Juego colectivo: todos participamos en una especie de teatro improvisado. Nadie es quien parece ser, y eso crea una complicidad única.
-Espacio para la nostalgia: muchos adultos reviven su infancia, y los más jóvenes crean recuerdos que durarán toda la vida.
-Inclusividad creativa: no importa tu edad, estilo o personalidad: siempre hay un disfraz, una historia o una calabaza para ti.
Y lo mejor es que, aunque sea una fiesta con tintes oscuros, en el fondo es una celebración de la vida compartida. Porque reírnos juntos de lo que nos asusta… une más de lo que parece. El origen da las calabazas proviene de una antigua leyenda irlandesa sobre Stingy Jack, un hombre que engañó al diablo y fue condenado a vagar eternamente con un tizón dentro de un nabo como linterna. En el festival celta de Samhain, se tallaban nabos y remolachas con caras amenazantes para ahuyentar espíritus.
Reírnos juntos de lo que nos asusta es una forma de desactivar el miedo. Cuando compartimos el susto y lo transformamos en risa, lo que antes era amenaza se convierte en juego. Y ese juego crea vínculos. Nos volvemos cómplices en una especie de pacto emocional: “Sí, esto da miedo… pero estamos juntos en esto.”
Halloween, en ese sentido, es casi terapéutico. Nos permite jugar con lo oscuro sin quedarnos atrapados en él. Y hacerlo en grupo… es como decir: “No estás solo. Yo también me asusto. Y también me río.”
La percepción de que la Iglesia “se apodera de casi todo” puede surgir de cómo ha influido —y a veces dominado— distintos aspectos de la vida pública y privada a lo largo de los siglos. Pero hay matices importantes que vale la pena explorar.
Durante siglos, especialmente en Europa, la Iglesia (en particular la católica) fue una de las instituciones más poderosas:
-Educación: las primeras universidades europeas nacieron bajo su tutela.
-Arte y arquitectura: grandes obras fueron financiadas por la Iglesia, desde la Capilla Sixtina hasta catedrales góticas.
-Política: reyes y papas negociaban poder constantemente. En algunos casos, la Iglesia legitimaba el poder real.
-Calendario y festividades: muchas celebraciones populares tienen raíces religiosas, incluso si hoy se viven de forma secular.
Este proceder puede parecer agobiante por estas tres razones.
-Presencia constante: desde símbolos en espacios públicos hasta rituales en momentos clave (nacimiento, matrimonio, muerte).
-Normas morales: en algunos contextos, la Iglesia ha impuesto códigos de conducta que pueden sentirse restrictivos.
-Apropiación cultural: ha absorbido o reinterpretado tradiciones paganas, como ocurrió con Samhain y Halloween.
En sociedades más laicas, la Iglesia ha perdido parte de su influencia directa, pero sigue teniendo peso simbólico y cultural. La clave está en cómo cada persona decide relacionarse con esa presencia: como guía, como tradición, como crítica… o como algo que simplemente observa desde fuera. Lo interesante es que ambas posturas pueden convivir en una sociedad plural. @mundiario