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Sánchez Dragó: "Hay motivos para la autocensura ajenos al miedo"

Si tenemos a un famoso joven octogenario en España ese es el escritor Fernando Sánchez Dragó quien estrena nuevo libro, Galgo Corredor. Los años guerreros. Lo entrevistamos en MUNDIARIO.

Sánchez Dragó: "Hay motivos para la autocensura ajenos al miedo"
Fernando Sánchez Dragó. / sanchezdrago.com
Fernando Sánchez Dragó. / sanchezdrago.com

Elitista y elegante, siempre a caballo entre oriente y occidente, Fernando Sánchez Dragó es un joven octogenario que fundó un periódico hace más de setenta años y ahora ha tenido la osadía de volver a hacerlo. Inmortalizado por la literatura al obtener el Premio Nacional de Ensayo en 1979 por su erudita e infinita Gárgoris y Habidis incentivó a muchos a viajar al sudeste asiático con su libro El camino del corazón y trasladar una gran lección de Popol Vuh: "cuando tengas que elegir entre dos caminos, pregúntate cuál tiene corazón. Quien elige el camino del corazón no se equivoca nunca".

No es de extrañar que esa novela fuese considerada como una de las cien mejores en castellano del último siglo. Con El sendero de la mano izquierda nos acercó en su día a los sabios orientales para enseñarnos que en la vida "nada importa nada"  y recordarnos la frase que campeaba en el dintel del falansterio de Cargantúa y rezaba "haz lo que quieras" y que han servido como lemas vitales para quien firma esta entrevista. Ahora, tras muchos intentos –Fernando Sánchez Dragó tiene un carácter japonés y es más esquivo que sus propios gatos–, tengo el placer de entrevistarle para MUNDIARIO con motivo de la inminente publicación del segundo volumen de sus memorias que llevan por título "Galgo Corredor. Los años guerreros" (Planeta).

— Ahora que con los años tiene usted una amplia perspectiva de su trayectoria profesional, ¿considera que ha hecho más por la cultura en España con sus programas en TV o con sus libros? Personalmente, como escritor joven, he llegado a muchos intelectuales interesantes gracias a sus programas de TV, muchos de los cuales están ahora en YouTube.

— Depende de lo que entendamos por cultura. Si ésta, como creo, es creación, con mis libros, sin duda alguna. Si nos referimos a lo que Juan Benet llamaba cultura de la cultura, a lo segundo, que es cualitativo y categórico, fruto de la vocación y no de la profesión. Lo primero es cuantitativo y anecdótico. Tiene más importancia para los demás que para mí.

— Desde mi punto de vista uno de sus fuertes como escritor, además del bagaje cultural, es la calidad y riqueza de la prosa. Otro de los grandes prosistas, que estudió en la misma facultad que yo unos años antes, es Juan Manuel de Prada. Sin embargo no he encontrado ninguna entrevista en Negro sobre Blanco u otros programas con usted. ¿Está de acuerdo conmigo en que es admirable su variedad de recursos y su abundancia léxica? ¿Si es verdad que nunca le llevó a qué se debió?

— La prosa es la herramienta del escritor, incluyendo a los poetas. Elogiarla es como elogiar a un carpintero que maneja bien la sierra y el martillo. Se equivoca en lo de Juan Manuel de Prada. Lo llevé a Negro sobre blanco y quizá también a El Faro de Alejandría y Las Noches blancas. Aprecio su prosa y su dedicación a la literatura, pero no soy buen lector de novelas, con alguna que otra excepción. Y De Prada es, sobre todo, novelista, aunque también excelente articulista.

— Las revistas en las que empecé a publicar ya no existen. Aunque les diese voz, ¿consideraba usted que La bolsa de pipas o La Fiera Literaria eran baja literatura?

— Me gustaban y, de hecho, me hice eco, siempre positivo, de su presencia y de su aportación. No eran la Revista de Occidente, claro, ni lo pretendían, pero animaban el cotarro y fomentaban la curiosidad lectora.

— ¿Le ha dolido más la muerte de Racionero o la de Aute?  O, mejor dicho, ¿con quién tenía una relación más estrecha?

— Con los dos, muy, muy estrecha. Casi fraternal. Y a los dos los conocí casi al mismo tiempo. Sus muertes me han dolido mucho.

— Hace un tiempo me ofrecí a ejercer de redactor en su nuevo diario digital La Retaguardia, me acusó legítimamente de plagio (ya me aclaró después que no fue así exactamente). El caso es que no fui yo exactamente sino el alter ego de mi segunda novela quien utilizó la frase "escribir es un oficio de samuráis" porque se lo había escuchado a usted en una entrevista que le hizo Jesús Quintero. ¿Somos responsables los escritores de lo que hacen o dicen nuestros personajes? Y, si es así, ¿hasta qué punto?

— Cierto, lo dije y lo he repetido en muchas ocasiones. Mishima es uno de mis modelos. En Tokio, allá por los años sesenta, me llamaban el Mishima español. Los escritores somos responsables de todo lo que aparece en nuestros libros, pero solo en el sentido que quisimos darle. Cosa bien distinta es que los lectores saquen de contexto nuestros pasajes y les den un significado diferente. Es lo que hicieron con Nietzsche, por ejemplo. A mí no me importa que me citen incluso sin mencionar mi nombre. Hemingway decía que un texto es completa propiedad del autor cuando lo escribe, pero luego, al darlo por terminado, pasa a poder del lector. Escribir es citar, generalizar y exagerar.

Portada de Galgo Corredor, de Fernando Sánchez Dragó.

Portada de Galgo Corredor, de Fernando Sánchez Dragó.

— Uno de los motivos por los que creo que soy libre es que siempre carezco de tapujos y  digo educadamente lo que me da la gana. ¿Cree que hay que autocensurarse a la hora de escribir?

— No, a no ser por causa de miedo paralizante. María Zambrano dijo que hay cosas que no pueden decirse, pero que tales cosas son precisamente las que tiene que escribir el escritor. Esa cita figura al frente de mi último libro, Galgo Corredor (los años guerreros), editado por Planeta. Pero hay motivos para la autocensura ajenos al miedo: el respeto, el decoro, la estructura, el estilo... Fernando Ortiz dijo que "sin cesura y sin censura no hay buena literatura". O al revés.

— ¿Qué opinión tiene de la obra de César Vidal y de la de Antonio García Trevijano?

Trevijano, buen amigo, escribía muy bien y era un hombre extraordinariamente inteligente y culto, pero los temas de sus libros no me interesaban. César Vidal está vivo, afortunadamente, y yo solo opino, por lo general, sobre escritores que ya no lo estén o que sean extranjeros. César, por cierto, también vino en más de una ocasión a mis programas. Desde que se fue a Estados Unidos lo he perdido de vista.

— ¿Qué le aporta a un octogenario una novia de 27 años?

– Amor, sexo, energía, ternura, frescura, emoción, diversión, peligro, aventura, literatura... Lo mismo que Beatriz habría aportado a Dante si al encontrarse en el Puente Viejo del Arno se hubieran cogido de la mano.

— Hay una pregunta que quería hacerle tanto a usted como a Julio Iglesias. ¿Qué le ha resultado más divertido a lo largo de su vida: moverse entre reinas o entre putas? En el primer volumen de sus memorias dice haber tenido la suerte de tratar tanto a las unas como a las otras.

— Es verdad. Pero hay putas divertidas y aburridas, y reinas que pueden ser lo uno o lo otro, especialmente en la intimidad, cuando se desnudan de protocolos, las segundas, y de venalidad, las primeras. @mundiario