Rossini, compositor y gastrónomo

Giacomo Rossini, compositor. / RR SS.
Giacomo Rossini, compositor. / RR SS.
Giacomo Rossini, genio compositor del siglo XIX, dejó un legado musical inmortal y un apetito voraz por la vida.
Rossini, compositor y gastrónomo

Giacomo Rossini nació en Pésaro el 29 de febrero de 1792, que era año bisiesto. Su padre era trompetista y su madre cantante, él comenzó a componer a los 12 años. Su primera ópera se representó en Venecia en 1810 cuando tenía 18 años. En el período 1810-1823 escribió 34 óperas para la escena italiana que se representaron en Venecia, Milán, Ferrara, Nápoles... Durante este período produjo sus óperas cómicas más populares, incluidas La italiana en Argel, La Cenicienta y El barbero de Sevilla, la más conocida, que compuso en 1816 para el Teatro Argentina de Roma. También compuso óperas serias como Otelo, Tancredi y Semiramide. Todas causaron admiración por su innovación en melodía, color armónico e instrumental y su forma dramática.

Rossini ha sido descrito por los biógrafos como hipocondríaco, colérico y depresivo, pero también como un bon vivant, amante de la buena comida y de las mujeres hermosas. Contrajo matrimonio en 1822 con la soprano española Isabel Colbran, que interpretó varias de sus primeras óperas. Se separaron en 1837 y Rossini vivió desde entonces con Olympe Pélissier, una cortesana modelo de artistas, con quien se casó en 1846, tras la muerte de Isabella en 1845.

A principio de la década de 1820 Rossini decide viajar a Viena, donde recibió una bienvenida de héroe, que sus biógrafos describen como «entusiasmo febril sin precedentes», «casi histeria» y «orgía idólatra». Allí conoció personalmente a Beethoven, quien le dejó claro que pensaba que el talento de Rossini no era para la ópera seria​ y que «sobre todo debería hacer más Barberos».

En noviembre de 1823, Rossini y Colbran partieron hacia Londres, donde se les había ofrecido un lucrativo contrato. Se detuvieron durante cuatro semanas en París, allí tuvo una recepción excepcionalmente acogedora por parte de los medios musicales y del público. Cuando asistió a una representación de El barbero en el Théâtre-italien, los músicos lo aplaudieron, lo arrastraron al escenario y lo acompañaron con una serenata. Se ofreció un banquete para él y su esposa, al que asistieron importantes compositores y artistas franceses, demostrándole el agradable clima cultural de la ciudad.

En cambio, Rossini y Reino Unido no fueron hechos el uno para el otro. El cruce del Canal le había afectado y el clima o la cocina inglesa era poco probable que le entusiasmaran.​ Aunque su estancia en Londres fue económicamente gratificante y la prensa británica informó con desaprobación que había ganado más de 30.000 libras. Pero sobre todo, Rossini celebró la firma de un contrato en la embajada francesa en Londres para regresar a París, donde se había sentido mucho más en casa.

Como resultado, en 1824 la Ópera de París convino la producción de una ópera que celebraría la coronación de Carlos X. Rossini se despachó con la ópera El viaje a Reims, en la que reutilizó dos de sus óperas italianas (Le Siège de Corinthe y Mosè in Egitto). Además, El viaje a Reims fue reutilizada más tarde para su primera ópera en francés, El conde Ory, que fue un éxito y se vio en Londres a los seis meses del estreno en París y en Nueva York en 1831.

Y es que Rossini a veces reutilizaba parte de sus óperas anteriores en las nuevas, pero no obstante estamos hablando de una fertilidad asombrosa, capaz de estrenar en un mismo año seis óperas. Así en 1812 estrena L'inganno felice, Ciro in Babilonia, La scala di seta, La pietra del paragone, L'occasione fa il ladro y Il signor Bruschino.

Para Rossini, París ofrecía continuas delicias gourmet y comenzó a aparecer su forma cada vez más oronda. Aunque también se preocupó de aprender hablar francés, familiarizándose con las formas operísticas tradicionales francesas de declamar el idioma.

En 1825 Rossini escribió su largamente esperada gran ópera francesa, Guillermo Tell, basada en la obra de Friedrich Schiller sobre la leyenda de quien encarnó los ideales de lucha por la libertad e independencia de Suiza. Tras su estreno en 1829, la ópera fue saludada diciendo que con ella «se había abierto una nueva época no sólo para la ópera francesa, sino también para toda la música dramática». Pero fue su última ópera. Dijo que no haría ninguna más y regresó a Italia. Sin motivo aparente y en plena madurez y éxito, abandonó la composición operística tras componer 39 óperas en 19 años. A los 37 años, una edad en la que lo mejor está por llegar, él puso fin a su ingenio para el bel canto. Su desconcertante decisión sigue siendo todavía hoy un enigma, algo único en la historia de la música y difícil de igualar en toda la historia del arte, porque no hay ningún artista que deliberadamente, en la flor de la vida, haya renunciado a la forma de producción artística que lo había hecho famoso en todo el mundo civilizado.

Rossini fue un personaje de inmenso talento que desde su humilde infancia alcanzó la riqueza y la fama más absoluta. Burlón, hipocondriaco, mujeriego, maníaco-depresivo, innovador cocinero y gran comilón, su apellido da nombre a numerosos platos: solomillo a la Rossini, macarrones a la Rossini, canelones a la Rossini, huevos a la Rossini, pularda a la Rossini, tallarines a la Rossini... Y un sinfín de preparaciones: salsas, consomés, lasañas, arroces, pescados y carnes.

Regresó a París en 1855, y allí vivió cómodamente el resto de su vida, haciendo internacionalmente famosos sus salones musicales de los sábados, a los que asistían regularmente músicos y círculos artísticos y de moda de París. Aunque no óperas, sí que compuso un torrente de piezas para voces, coro, piano y conjuntos de cámara, escritas para sus veladas. Además de las composiciones litúrgicas Stabat Mater y Pequeña Misa Solemne, estrenada en 1864. Ese mismo año, Napoleón III lo nombró gran oficial de la Legión de Honor.

El 13 de noviembre de 1868, con 76 años, Rossini falleció en París. A su funeral asistieron más de cuatro mil personas y en 1887 sus restos fueron trasladados a la basílica de la Santa Cruz en Florencia, mausoleo de italianos preclaros, donde están enterrados también Maquiavelo, Ghiberti, Galileo Galilei y Miguel Ángel.

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