Rosalía se multiplica en ‘Lux’: del éxtasis religioso al delirio electrónico
La gira mundial de Rosalía, titulada Lux, comenzó este lunes en Lyon con una puesta en escena monumental que dejó claro por qué la cantante catalana es una de las artistas más transgresoras del momento. En un espectáculo cargado de contrastes y elementos teatrales, Rosalía ofreció una experiencia que va más allá del concierto, abriendo un espacio donde su universo artístico se despliega en una variedad de encarnaciones que nos invitan a conocer su visión más ambiciosa y compleja. En el escenario, la artista no fue solo cantante, sino una especie de camaleón, moviéndose con naturalidad entre lo espiritual, lo sensual y lo subversivo.
El espectáculo se desarrolló en la LDLC Arena de Lyon, un espacio que sirvió como campo de pruebas para lo que será una gira de dimensiones mucho mayores. El formato de la escenografía, más teatral que nunca, evocó a una ópera pop, donde la diva española no solo cantaba, sino que representaba múltiples figuras: desde una beata inmaculada hasta una musa de cabaret, pasando por una raver desbocada. Su aparición inicial, emergiendo de una caja que la transformaba en una figura estática y etérea, fue un guiño a la teatralidad y la creación artística misma, simbolizando el nacimiento de una nueva Rosalía.
El encuentro entre lo sagrado y lo profano
Una de las características más sorprendentes del concierto fue la fusión de elementos sacros y profanos. La cantante jugó con iconografía religiosa, incluyendo santos, símbolos de devoción y atuendos conventuales, pero lo hizo con ligereza, sin caer en la solemnidad. Rosalía administró esta simbología con una destreza que no solo apeló a lo visual, sino que también reforzó su conexión con el público. Esta mezcla de lo sagrado con lo profano refleja el carácter dual de Lux, un álbum que navega entre géneros y emociones, pero también cuestiona las normas establecidas.
El repertorio de la noche fue un recorrido profundo por Lux, con canciones como Sexo, violencia y llantas y Divinize que destilan toda la energía maximalista del disco. Sin embargo, no faltaron momentos para recordar su legado: su anterior éxito Motomami se hizo presente con temas como Saoko y La fama, fusionando lo nuevo con lo viejo en una danza de estilos y sonidos. En este sentido, Lux no es solo un disco, es un puente entre épocas de su carrera, una forma de demostrar que su evolución no significa renegar de sus raíces, sino integrarlas de manera sublime.
El arte como vehículo de cercanía
El concierto también estuvo marcado por la interacción directa de Rosalía con su público. A diferencia de los grandes escenarios impersonalizados, la puesta en escena de Lux facilitó un contacto más cercano con los asistentes. En un momento memorable, Rosalía avanzó entre la multitud, como si fuera una procesión laica, recogiendo relicarios y firmando autógrafos. Esta cercanía subrayó el contraste entre la magnitud de su espectáculo y la humanidad que todavía mantiene la artista.
La noche culminó con una sensación agridulce, entre la fiesta y la reflexión. Temas como Bizcochito y Despechá cerraron el espectáculo con el mismo poder que Rosalía tiene sobre el reguetón y la música popular. Sin embargo, lo que realmente dejó huella fue la capacidad de la cantante para trascender su propia imagen, combinar lo clásico con lo urbano, y mostrar que las distintas Rosalías ya no se suceden, sino que ahora conviven, creando una experiencia artística total. @mundiario