Rehusando el mundo feliz que propone Luisgé Martín

Luisgé Martín, autor del ensayo El mundo feliz
Luisgé Martín, autor del ensayo El mundo feliz.

Sin embargo, y a pesar de todo, algunos preferimos asumir nuestras deficiencias, siempre que estas preserven la esencia más querida de nuestra humanidad.

Rehusando el mundo feliz que propone Luisgé Martín

La proposición que hace Luisgé Martín en su ensayo El mundo feliz, la de que la vida es “un sumidero de mierda y un acto ridículo”, no me sorprende y no me escandaliza, pese a que esto parezca ser la intención del autor. Esa refutación de las teóricas bondades de la natural existencia tiene una base lo suficientemente sólida para ser tenida en cuenta. Pero ello no contradice esos aislados momentos de plenitud que podemos aprender a proporcionarnos, la sensación de dignidad, a los que yo no renunciaría por una artificiosa seguridad emocional.

Nos asegura este versátil escritor madrileño que todo lo que nosotros vemos de bondadoso y sublime en la vida es, en realidad, un empeño nuestro, una creación mental, más o menos un engaño para oponernos a tanta brutal realidad. Lo que se plantea aquí es la licitud de transformarnos en otra cosa, dejar de ser desvalidos seres humanos. Se nos habla de aquellas consideradas canónicas distopías, como la de Un mundo feliz, de Huxley; o de esa ficción cinematográfica que es Matrix, con ese mundo virtual que aliena pero salva. Lo ético, lo auténtico, lo digno, en esas novelas o películas, es siempre resistirse a la deshumanización, aun a costa de sufrir los más o menos graves tormentos que nos infiere la condición humana. Luisgé apuesta por deshacernos, en cuanto podamos, de esta frágil forma de ser que pronto habríamos de convertir en antigua.

¿Sería asumible que a nuestro alrededor tuviéramos congéneres afectados por una pastilla que despertara un gran sentimiento de amor, pero que lo demostraran un tanto idiotamente, cuando además sabríamos que no han sido ellos los que se habrían auto inducido ese sentimiento sino que este estaría insuflado mediante un elemento químico exterior? Necesitamos saber —exigimos— que el otro se haya esforzado para llegar a esa actitud, que sea su mérito. Incluso ahora, hay quienes nos reprochan el “no mérito” de nuestra serenidad o nuestro optimismo o nuestra simpatía. Aducen que ello es un efecto de nuestra fortuna, una herencia benigna, un oportuno aflujo genético, un premio de la lotería natural en la que hemos jugado sin saberlo.

Dice Luisgé Martín que no le importaría ser uno de esos habitantes del mundo feliz que Huxley proponía como futuro indeseable. Eso significaría renunciar, a cambio de no sufrir, al amor —al menos como lo conocemos—, a una verdadera y singular identidad, a la posibilidad de proyectos o sentimientos supuestamente propios. Y otra de las renuncias sería a la de la Belleza, aquella excelsa, la que capta nuestro espíritu, pues esta estaría —según él— inextricablemente ligada al dolor, nacería de su oposición; teoría que me parece bastante plausible en un buen número de casos, pero no tal vez en todos. Otra de las posibilidades del futuro a la que no parece que le hace ascos el autor es la de que le fueran implantados recuerdos. Todo valdría con tal de eludir los baches emocionales, las sombras que siempre se ciernen sobre los precarios momentos de exultación.

Martín sigue zarandeando nuestras convicciones con la insistente y provocadora idea de que nos inventamos un relato demasiado optimista de nuestra vida. Se me ocurre que probablemente sea así en general, aunque también hay otros casos, en aquellos periodos claramente adversos, ya superados, en los que nos sucede, definitivamente, lo contrario. Estoy hablando de aquellos vividos con cierta fuerza, porque entonces era urgente el engaño para sobrevivirlos, pero que, salidos de esa situación difícil, y ya no necesitados de ese relato falseado, aquel periodo nefasto se nos revela en toda su malignidad. Lo que se propone aquí no es que no nos engañemos, sino que lo hagamos a fondo, totalmente, hasta no sospechar de ninguna manera que lo estemos haciendo. “No nos salvan ni la inteligencia ni la educación. No nos salvan tampoco la bondad, ni la honestidad, ni la lucidez ética. Tal vez lo único que pueda salvarnos es la mentira, es el engaño”. “La ilusión, el fingimiento, la irrealidad, y la mentira son curativos si traen la felicidad”.

El autor se reitera en ese mantra que con tantas ganas podrían corear algunos de los que están inmersos en una hegemónica infelicidad: “La vida es un sumidero de mierda, una acto ridículo o absurdo, pero nos comportamos ante ella con estricta solemnidad”. Tiene razón cuando dice: “A quien es feliz pero lúcido —u observador—, la contemplación de la desdicha del mundo le desdice de su felicidad en cada momento, sin esperar a la llegada de su propia desgracia”. Pero es natural que nos ocupemos primero de nuestra vida y, en gradual intensidad, de los seres que nos rodean, desde los que se insertan en nuestra intimidad hasta los que sabemos en los rincones más duros del mundo. Se puede compatibilizar ese grado de egoísmo no dañino con gestos hacia aquellos que están peor. Debemos sentirnos poseedores de esa “virtud que hace regalos” de la que hablaba Nietzsche.

“Lo importante no es la libertad, sino la ilusión de libertad. Cualquier hombre que se crea libre es libre”. Está claro que no somos tan libres ni tan genuinos como nos imaginamos, pero nos gusta, ya que tenemos que asumir el resultado de nuestras decisiones, pensar que las hemos tomado verdaderamente. La mayor parte de las pequeñas que nos asaltan a cada momento, podrán estar tomadas por nuestra intuición, pero las que afectan a nuestro rumbo general, a nuestra actitud ante la vida, han de ser el resultado de una voluntad que, aunque constreñida por nuestras concretas alimentaciones, se impone sobre las más arbitrarias posibilidades.

Leemos cosas tan fuertes como esta: “El heroísmo, junto a la autenticidad, es el gran trampantojo elaborado para consolar a los seres humanos”. Y Martín va más allá, en su afán nihilista: “Sin embargo, todas las vidas son reemplazables”. Y, para rematarnos, añade otras de esas afirmaciones tristes que no quisiéramos oír —ni que nadie las oyese— porque serían desmoralizadoras, pero a las que, secretamente, concedemos algo de verdad: “Ningún modelo basado en la igualdad ha triunfado nunca, tal vez porque su propia formulación supone un quebrantamiento de la vida”. Pero claro, lo que fallaría aquí es que admitiéramos la apariencia taxativa de esta aseveración. Habría que decir: no la igualdad absoluta, pero sí una decente aproximación a la equidad, una elaborada exactitud de la justicia.

Tampoco, en algunos momentos, ante ciertas contemplaciones, se podría rebatir esta frase que nos espeta: “Lo humano es inhumano”. Desde luego, las características de la humanidad son diversas y contradictorias. Quisiéramos quedarnos con esas minoritarias manifestaciones de su excelencia, pero no podemos dejar de conocer lo execrable. Para el mejoramiento de la especie —o de la postespecie—, Luisgé Martín lo tiene claro: “El cambio de paradigma deberá llegar sobre todo de la mano de los descubrimientos de la neurociencia, de la genética, de la bioquímica, de la tecnología aplicada y de la Big Data”. Y es que lo que consideramos que somos, en realidad, pinta muy poco en nuestras vidas: “Nuestra conducta está más motivada por lo situacional que por lo personal”.

Sin embargo, y a pesar de todo, algunos preferimos asumir nuestras deficiencias, siempre que estas preserven la esencia más querida de nuestra humanidad; enfocar la mirada en la belleza que, pese a todo, alberga esta vida. Pero, mientras, Luisgé Martín, dale que dale, continúa: “Yo, como Cioran, querría no haber nacido, pero, ya que lo hice, querría vivir felizmente en Matrix”. @mundiario

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