La quietud del errante en la película "A salto de mata", de Carlos Escolano
Devastación.
Soledad. Lo confuso de pararse ante las charcas y escribir.
Lavar los pies de una mujer en una acequia.
Dormir sobre un túmulo. Escuchar la melodía de un clarinete en mitad de la laguna salada de Torrevieja. Rozar el crepúsculo. Habitarlo. Caminar por calles vacías. Describir senderos. Perderse en el interior de un tren. Desaparecer por completo sin que tu presencia lo haga en un vagón al lado de tu doble. Prolongarse en la vegetación de los marjales, en la escasa vegetación de los marjales.
Estos escenarios son algunas de las poderosas metáforas que el director de cine Carlos Escolano utilizó para resignificar el mundo poético de José Luis Zerón. Partiendo de sus diarios publicados en Frutos del tiempo, A salto de mata, la película, con el mismo título, reabre las heridas necesarias que se involucran en todo proceso de composición. Por ejemplo: la apertura del lenguaje siempre inclinado a medirse con la realidad, con una realidad, la de los poemas de José Luis, que describe la filosofía que albergan los espacios hostiles, lo desértico, su aridez, también aquellos en los que ralea la vegetación arbustiva. Metáforas de una distopía que hiere profundamente porque su mensaje se detiene en la incertidumbre de ser en el mundo. Para qué somos. Por qué la muerte nos define tanto. Por qué la extinción inspira tanto a los poemas. Porque la literatura se inviste de esplendor para declarar que todo ha de ser caduco.
La trascendencia no existe más allá, sino en el ahora. Y esto último queda claro en una película donde los planos generales sobre todo se suceden con un guion improvisado y donde Escolano intenta que entre todo en el encuadre: el aire, los montículos, las voces, vibraciones del viento, las antenas, las aguas, el poeta errante en unos caminos inescrutables al fin y al cabo, ausentes de concreción, paisajes lunares, aunque las localizaciones de la filmación pertenezcan a La Vega Baja (Alicante).
Las ruinas y el abandono de edificios que no han llegado a erigirse en su totalidad son barridos por una luz continua, crepuscular, que se va diluyendo cuando la noche alcanza la ciudad y el poeta busca el asilo en la oquedad, en la nada, en lo vetusto, en la decadencia de un pasado que se resiste a ser pasado: procesiones y templos que se fosilizan ante la mirada atenta del escritor. Y un final abierto, frente al mar, frente a la claridad emponzoñada de un cielo que no asume la plenitud como horizonte, sino como otra manera de empezar a mirar, a escribir, sin compensación de nada, sin brújula, a la espera de que la quietud siga sucediendo, con su lastre de significados. Enhorabuena a Carlos Escolano por este tributo a la poética de José Luis Zerón.@mundiario