Quedar en las palabras, el testamento poético de Juan Ramón Torregrosa
Con Quedar en las palabras (Alhulia, 2024), Juan Ramón Torregrosa ha querido ensayar su testamento literario. Esa voluntad ya se explicita en el epígrafe inicial, con estos versos de Unamuno: “¡Cuando yo ya no sea, / serás tú, canto mío! / Tú, voz atada a tinta, aire encarnado en tierra…!” Parece que el poeta guardamarenco le ha cogido el gusto a componer libros heterogéneos después de aquel Loción de lengua. Aquí podemos encontrar una unidad esencial, pero también una muy bien ordenada diversidad en los formatos. Así, sus cuatros secciones se inician con un “Motivo” formado por textos más o menos breves, pequeñas reflexiones que, en algunos casos, podrían calificarse de aforismos, a los que siguen unos poemas que mayoritariamente están compuestos por versos, casi siempre rigurosamente medidos, pero también hay algunos en prosa. De aquella Loción de lengua también quedan aquí, aunque en menor medida, el espíritu lúdico, el placer que se intuye o se explicita en el uso de las palabras, así como esparcidas dosis de ironía.
La primera parte, “Palabras habitadas”, cuyo subtítulo, “Obertura”, es musical, como en el resto de las secciones, integra en su “Motivo” textos que cantan el valor de las palabras, que exploran su vicisitud, su ambivalencia: “Palabras que nos viven y dan sentido a nuestras acciones, que hieren y curan y confortan y a veces son alas y a veces plomo…”. De algún modo, estas primeras reflexiones tienen algo de poética, de observación del arte de escribir: “Y, sin embargo, qué difícil ponerlas por escrito, darles realidad física, sentido y forma”.
En el Motivo de “Al hilo de las horas. Andante”, Torregrosa prosigue construyendo sus profundas a la vez que asequibles meditaciones. La primera se centra en la ironía que él mismo emplea, y en la segunda desautoriza a los optimistas: “Confían tanto en sí mismos, lo ven todo tan fácil, tan al alcance de la mano, que no son capaces de predecir las catástrofes, los fracasos. Nadie más vulnerable que un optimista”. Hay que decir que los aforismos, por su carácter asertivo, son susceptibles de ser discutidos, total o parcialmente, y es bueno que así sea. Pero, en cualquier caso, a estas afirmaciones no se les puede negar una agudeza que no excluye lo paradójico: “No hacer nada exige más esfuerzo que hacer mucho, tal es el grado de asimilación del modelo productivo capitalista por nuestro cerebro. Hay personas a quienes el descanso les cansa”. Y es que su visión es a menudo introspectiva, pero también recurre a la crítica social o cuestiona la moralidad de ciertas situaciones. En el poema “Extrañeza” surge otra vez la cuestión de la escritura, el asombro por saber que en ella a veces se expresa “aquello que uno mismo / no sabe que sabía / hasta que lo ve escrito”. Es el poder revelador de la palabra.
Pero los temas que afronta Torregrosa son muy variados. En “Vísperas jubilares” habla de la libertad que confiere la jubilación y de sus riesgos. Empieza diciendo: “Levantarse sabiendo / que nada nos espera / sin demora posible…”, pero termina con estos versos: “Y la inquietud, la duda / de si tanta promesa / no será nuevamente / otro sueño incumplido”. Otro de los temas es el de la memoria. En un poema fragmentario, “Paseos y devaneos”, escribe: “¿Qué mecanismo oscuro los recuerdos / dispone de tal modo, qué colmena / que sí se buscan con ahínco huyen / y si los rechazamos asedian?” Y es que, como vemos, hay en esta poesía bastante contenido filosófico. En “Luz antigua” acude a la infancia: “El niño que alguna vez fui / habita un paraíso que no existe”. Y al final de esta sección, el breve poema “Plenitud” me recuerda a aquellos tan despojados de Consonante materia: “Por un oasis / de gozo −plenitud / muda, saciada−, / cuánto desierto”.
En la tercera parte, “Del vivir. Allegro ma non troppo”, en uno de sus aforismos confluyen la ironía y la crítica al ser humano: “Se me ocurre que si los perros hablasen habría menos amantes de los perros”. Y, en otro, al estilo de Baltasar Gracián: “Son más los que dicen ser desgraciados, sin serlo, que quienes realmente lo son y no dicen nada”. Y este que sigue me gusta especialmente: “Somos también lo no vivido, lo imaginado”.
En el poema “Dignidad”, nos reencontramos con la mirada crítica: “Egocéntricos y ridículos / presumen de bondad, de amor canino, / se creen generosos y no saben / qué por debajo se hallan / de la muy noble dignidad perruna”. En lo que se insiste en “Locura”: “Locos quienes aceptan la cordura / cotidiana, el vacío en que vivimos; / locos son de remate y peligrosos”. Se lanzan dardos contra la hipocresía, pero también sobre costumbres nuevas, como la codicia de los turistas que ven la realidad, a la que finalmente han arribado, a través de sus cámaras: “Una imagen vale más que mil imágenes”, advierte. Tampoco queda fuera una punzante mirada a la adoración de mitos nuevos insustanciales.
Hay poemas encantadores como “Maigret en Vichy”, y otros más serios, en los que el autor contempla el vínculo entre padres e hijos: “Su mundo es otro y otros sus anhelos”; como también en el que medita sobre la relación con los alumnos: “Ahí los tienes, míralos / inquietos, revoltosos sin malicia, / tan distintos a ti cuando su edad tenías”.
La última parte, “Siete poemas lapidarios. Adagio lamentoso”, se compone, como indica el doble título, de un recorrido por la historia que acaba recabando en el hecho de la muerte. Uno de sus textos se centra en la experiencia de perder un hijo, la que está descrita en la literatura, y la que padecieron escritores como Lope de Vega, Rosalía de Castro, Unamuno y Miguel Hernández. Los poemas que siguen a estas reflexiones se centran en César Vallejo, en Manuel Azaña, en el médico de este, en Juan Ramón Jiménez, y otra vez aparece el poeta oriolano, al que le reconoce su heroísmo: “Pudiste evitar tu muerte negándote en vida. Liberar de la cárcel tus huesos, encarcelando tus ideas, enmudeciendo”. Los dos últimos versos del libro, correspondientes a su poema “Epitafio”, definen muy bien el sentido de esta obra serena, lúcida, muy bien estructurada: “Buscadme en mis poemas / no en mis cenizas”. @mundiario