Lo que une la guerra: Sonia Delaunay, Ucrania y el Museo Ramón Gaya de Murcia

La cultura de Ucrania estará en el Museo Ramón Gaya de Murcia hasta el mes de septiembre. / Cartela Exposición.
La cultura de Ucrania estará en el Museo Ramón Gaya de Murcia hasta el mes de septiembre. / Cartela Exposición.
Los diseños de Sonia fueron siempre curiosamente optimistas. Lúdicos, alegres, naïf, nos recuerdan los versos valientes de una antigua poetisa ucraniana que quería subir en barca hasta el sol por el camino que traza el astro sobre las aguas.
Lo que une la guerra: Sonia Delaunay, Ucrania y el Museo Ramón Gaya de Murcia

Los diseños de Sonia Delaunay (1885-1979) son inconfundibles. Forman parte del acervo visual del diseño del siglo XX y son parte ya de nuestra memoria colectiva sobre lo que es ser Moderno. Hoy son “pieza invitada” del exquisito Museo Ramón Gaya en la luminosa ciudad de Murcia, gracias a una iniciativa del ICOM (Consejo Internacional de Museos) y su representante Rosa María Hervás. Y con Sonia Delaunay entra en el museo la cultura viva de los refugiados ucranianos en España.

La pieza exhibida es un cartón monocromo, firmado y fechado de 1948, época en que la artista, tras haber huido de París durante la Segunda Guerra Mundial y fallecido su esposo, se refugia en casa de unos amigos al sur de Francia y logra mantener una actividad que le permita la subsistencia. Fue gracias a uno de sus más constantes protectores y mecenas de los años parisinos, el industrial textil Robert Perrier y su esposa Madeleine, cuyo hogar en Montmartre había decorado años antes, tras ser reformado en minimalismo decó por Le Corbusier, imitando a los grandes transatlánticos. Aquel grupo de amigos habían sido los modernos de París, una juventud a la moda. Defendían todo lo que era joven, bello y humano. En los primeros locos años 20 revistas como Alfar en La Coruña o L’Effort moderne en París reproducían los vestidos e interiores de Sonia junto a poemas de Huidobro, greguerías de Ramón Gómez de la Serna, cuadros de Picasso, Metzinger, Léger o Gris, considerándolas "una adaptación original del cubismo a la moda".

La pieza exhibida en el Museo Ramón Gaya pertenece a un coleccionista particular.
La pieza exhibida en el Museo Ramón Gaya pertenece a un coleccionista particular.

Se trata de un dulce dibujo con flores blancas en las esquinas, rítmicamente intercalado de grandes comas, pequeños puntos y algún tridente. Nos muestra como los artistas más puros de la vanguardia europea no estaban dispuestos a hacer concesiones estéticas, ni a dejarse ensombrecer por la Guerra. Se mantienen inocentes, intactos, ingenuos. La pieza, dentro de la disciplina de la abstracción, anuncia al raccord (escalado) o patrón de repetición que permite después producir un estampado textil contínuo. Podría también ser tan solo el despiece serigráfico de una composición más compleja o la base de color para un diseño cromático. 1948 es, además, el año en que aquella pareja de viejos amigos de la guardia bohemia había celebrado veinticinco años de matrimonio, con parabienes pictóricos de Sonia en forma de dibujos de margaritas abrazadas.

Este periodo en la obra de Sonia (1948-1950) es sumamente controvertido y ha sido poco estudiado. A partir de 1972 Sonia Delaunay, al ver que su antiguo mecenas Perrier sacaba a subasta dibujos suyos, aseguró que solo sus obras “firmadas” de la postguerra podían considerarse salidas de su mano. Esta lo está. Desde 1946 también dibujaban, con ella y para ella, su propio hijo Charles Delaunay y otros artistas y estudiantes de atelier, concentrados en hacer calcos y variantes de color para las fábricas que producían sus telas, pero no dibujos originales.

Las quejas poco creíbles de Delaunay, quien había vendido los dibujos a Perrier como si fueran todos de su mano, contribuyeron a que se cotizaran más algunas piezas que otras tras la autentificación adicional a la que obligaba la artista a partir de 1975. La liquidación gradual de los fondos de las fábricas Bradford & Perrier y Tissus Robert Perrier en los años 70 desembocó en que muchas piezas excelentes estén hoy en manos de coleccionistas privados, como es el caso de la que se expone en Murcia. Se sabe que en 1942 por cada diseño para Perrier la pintora cobraba unos 200 francos y lo que Sonia pagaba entonces por unas sandalias eran 110, según cuenta la curadora Waleria Dogorova en uno de los más recientes catálogos y exposiciones que se han dedicado a la obra textil de la artista.

La pintora retratada en su casa de París en 1979, el año de su muerte, por la fotoperiodista Janine Niepce. / Foto conservada en la © Bibliothèque Marguerite Durand, París.
La pintora retratada en su casa de París en 1979, el año de su muerte, por la fotoperiodista Janine Niepce. / Foto conservada en la ©Bibliothèque Marguerite Durand, París.

Los diseños de Sonia fueron siempre curiosamente optimistas, incluso tras el cierre de su maison española en 1921 o de su fábrica francesa en 1933, tras la muerte de su marido en 1941 o en el periodo de la posguerra. Lúdicos, alegres, naïf, nos recuerdan los versos valientes de una antigua poetisa ucraniana que quería subir en barca hasta el sol por el camino que traza el astro sobre las aguas. Esta imagen se repite en las memorias de Sonia Delaunay, publicadas en 1978, un año antes de su muerte y ahora recién rescatadas por una editorial universitaria española. De Sonia dijo el español Guillermo de Torre que con ella “el color estaba en libertad”, como una bandada de pájaros.

Un marinero veo en su barca,

que alza despacio suave los remos

Gotas de oro caen al agua,

o acaso engañan al mar y el cielo.

 

Como un anhelo dentro del pecho

me empuja, dice, corre a la barca,

y lejos, luego, por el sendero

de oro y de luces, sobre las aguas.

           

 navegaría hacia oriente

por el camino que el sol ha hecho.

Navegaría hacia el poniente,

sobre las aguas, junto a los vientos.

 

Navegaría siempre sin miedo

a los escollos, a las tormentas,

sobre las aguas, junto a los vientos,

por un camino de luz eterno.

Lesia Ukrayinka, «Mar en calma», 1890.

Y así parecen querer existir sus compatriotas en España, un país donde los Delaunay vivieron refugiados e hicieron grandes amigos en los años de otra gran guerra, entre 1914 y 1920, cuando fundaron en Madrid la primera Casa Sonia. A la inauguración de la exposición del Museo Ramón Gaya, además de autoridades nacionales e internacionales, acudió la joven pintora de flores Irina Nosok (@ira_nosok en Instagram), con su hija adolescente y su marido informático. Hoy pinta flores distintas de las que ya empastaba en Ucrania, sorprendida por lo que dice son "los colores muy fuertes y la fuerte luz de España".

En la entrada del museo se expone estos días el traje tradicional ucraniano, con sus famosas camisas bordadas. Esta vez en su versión de luto para las esposas y no de boda, sin los espectaculares tocados de flores de los más conocidos trajes de novia.

Otra artista ucraniana refugiada en Murcia, la fotógrafa Tetiana Sykovon (@your_portrait_ en Instagram), nos cuenta que, aunque toda su familia salió del país y está bien, la abuela sigue allí, cuidando sola de la granja familiar donde Tetiana trabajaba desde niña ocupándose de los animales y a la que piensa volver en un futuro próximo. Tetiana reinventa su vida en Murcia como camarera y además tiene un novio argentino que la ha ayudado a hablar muy bien en muy poco tiempo el español.

La pintora de flores Irina Nosok y su familia.
La pintora de flores Irina Nosok y su familia.

«Reir llorando acaso, alegremente / vivir, en la esperanza, sin haberla. / Cantar en la desgracia mis canciones. / Vivir entre la pena sin tristeza», así fraseaba el espíritu de las mujeres de Ucrania Lesia Ukrayinka (pseudónimo de Larisa Kósach-Kvitka, 1871-1913), extraordinaria poeta antologada en un libro reeditado este año a fondo perdido para recaudar ayuda para el pueblo ucraniano. Un puñado de tierra. Poesía y pintura de Ukrania (Reino de Cordelia), ilustrado con cuadros del NAMU (Museo Nacional de Arte de Ucrania), fue presentado en el Ramón Gaya, museo literario donde los haya, en esta palatal lengua extranjera con mirada azul y sonrisa infinita por Sergii Chaika, Consejero Cultural del Parlamento de Ucrania y presidente de la ONG Foro Ucrania-España.

"Aunque todo lo que recaudamos es para enviar ayuda a Ucrania, nos hemos dado cuenta de que también tenemos que dedicar esfuerzo a dar a conocer en España nuestra cultura, el arte, la lengua, la literatura… aquello que expresa lo intangible de Ucrania, porque es lo que nos define como pueblo y lo único con que los rusos nunca van a poder acabar", remacha en sonoro español Larysa Ponomarenko, 30 años en nuestro país y hoy presidenta de la federación de asociaciones ucranianas en España.  

El Museo Ramón Gaya crea nuevos contextos discursivos para las obras.
El Museo Ramón Gaya crea nuevos contextos discursivos para las obras.

Otra de las iniciativas impulsadas por la comunidad ha sido traducir los contenidos del museo a su idioma –una lengua que se escribe en cirílico– para que los exiliados que ahora viven en Murcia puedan acudir y tomar refugio en este extraordinario espacio de arte y sentirlo como suyo. Lo quieren hacer con todos los museos de España.

El Museo Ramon Gaya es un museo para estar. Para fomentar ahora la inclusión y la acogida. Para recibir el don de una belleza salvífica y ordenadora ante los cuadros del pintor amado. Copas cristalinas asomando flores, los palmerales entre la huerta, las aguas y brumas de Venecia, un cuadro dentro del cuadro, la pintura que habla de la vida y de la pintura, los amigos y amores serenísimos retratados, los grandes maestros pintados en bodegones como rincones de la vida del pintor.

No parece casual entonces que las mujeres de Ucrania borden, pinten o lleven flores en la cabeza. Las flores aladas, con sus pétalos de vivos colores, son símbolo de la esperanza de Ucrania, como la propia animada bandera del país. Expresan, mejor que ninguna otra figuración, la resistencia y resiliencia espiritual de un pueblo que se siente distinto a los rusos y ha vivido, desde los zares y el estalinismo hasta hoy, bajo la sombra de la prohibición, la persecución o el exterminio. "Miedo no tenemos porque siempre ocurrió así y sobrevivimos", asegura Laryssa. Cuando Sonia Delaunay conoció a su marido Robert en París en 1907, escribe que se le abrió un mundo de flores y pájaros.

Durante la inauguración, una preciosa caja lacada con flores pintadas por fuera y recubierta de otras bordadas en el interior se mantuvo abierta sobre un pedestal, como una gran boca picassiana que gritara la voz del ferviente pueblo ucraniano, mientras autoridades del ayuntamiento, la universidad, el consulado o el ICOM daban sus parlamentos. Muchos de los que quisieron estar de la embajada o ICOM enviaron videomensajes pero no pudieron hacerlo, debido a la reciente destrucción de la presa ucraniana de Kajovka con devastadoras consecuencias en las zonas de Jersón.

La ucraniana Larysa Ponomarenko, Diego Avilés, consejero de cultura, José Luján, rector de la Universidad de Murcia, interviniendo, y el director del museo Rafael Fuster junto al alcalde de Murcia, José Ballester, quien ta
La ucraniana Larysa Ponomarenko, Diego Avilés, consejero de cultura, José Luján, rector de la Universidad de Murcia, interviniendo, y el director del museo Rafael Fuster junto al alcalde de Murcia, José Ballester, quien también ofreció unas cálidas palabras.

El extraordinario film Herencia de nación de Oleksandr Tkachuk, que se proyectará hasta septiembre en las salas del Ramón Gaya, documenta todas las variantes de camisas bordadas de las distintas regiones y etnias de Ucrania (Poltava, Kosmach, Kosiv y los Hutsul, Boikivshchina y los Boikos…). Es una prenda de vestuario festivo cuya posesión es hoy motivo suficiente para ser fusilado, cacheado, interrogado o ser sospechoso de actividad terrorista. Los soldados ucranianos las visten bajo el uniforme de camuflaje porque creen que les protege. "Mientras haya mujeres que borden nuestras camisas, somos héroes y somos invencibles". No hay peor enemigo que el psicológico. "Con la camisa bordada me siento una reina", dicen ellas.

Traje tradicional de Ucrania. / © Tetiana Sykovon.
Traje tradicional de Ucrania. / © Tetiana Sykovon.

Cada región de Ucrania cultivó tradicionalmente el bordado con motivos distintivos de cada familia, grupo étnico o comarca para acompañar la vida y los ritos de paso de una sociedad esencialmente campesina. Se bordaban habitualmente puños, pechera, mangas o cuello, las partes de la camisa que asomaban del vestuario. Cuanto más apretadamente o mayor la extensión, más la ostentación. Hilos de oro intercalados con los de colores; bordados negros, con hilo de lana de oveja, los más valiosos porque no desteñían de color.  Cada camisa se repetía y se copiaba exactamente para pasar de generación y los diseños de cruz se conservaron y coleccionan en las familias como lo más valioso de un hogar. Durante las forzadas hambrunas estalinistas, las mujeres tuvieron que cambiar sus camisas bordadas para obtener clandestinamente grano con el que sembrar. "Si tienes algo tan y tan bonito y debes entregarlo es porque tienes hambre".

Abrigo para Gloria Swanson de 1924 y apatos de fiesta de 1925.
Abrigo para Gloria Swanson de 1924 y apatos de fiesta de 1925.

Sonia Delaunay llegó a emplear este tipo de densos bordados en algunos de sus clutch, en el calzado o en el remate de sus prendas. La riqueza artesanal transmite ostentación textil. La densidad del bordado da cuerpo, peso y forma a las telas. Lo hacía formando tupidas diagonales geométricas texturadas de colores simultáneos, inspirada posiblemente por las ideas de estructuración textil del couturier Jacques Heim, con quien colaboró antes de Perrier. Como si por los bordados de la bonita camisa ucraniana bordada hubiera pasado una gran lente de aumento.

Si prestamos atención a sus orígenes ucranianos, la obra de Sonia no está para nada alejada del arte popular. Llevando la alegre sensibilidad campesina al diseño cotidiano de la vida moderna, Sonia Delaunay conectaba rítmicamente luz, color, forma y movimiento para acompañar el ritmo febril de la existencia moderna. Uno de los objetos que mejor representan su sentido de la vanguardia auténtica es la mítica edición artesanal, en un larguísimo biombo, que hizo en 1917 del “poema del transiberiano” de Blaise Cendrars. Una copia de este libro subastada en Christie ’s alcanzó los 240.000 € hace cinco años.

Obra. / ©Christie’s
Obra. / ©Christie’s

El Consejo Internacional de Museos (ICOM) es una organización amparada por las Naciones Unidas que se dedica a fomentar la cooperación internacional a través de los museos y sus redes humanas, a la vez que protege las obras y a los responsables de patrimonio de los países devastados. Hace menos de un año, el 24 de agosto de 2022, en su asamblea extraordinaria, el ICOM cambió su definición de Museo para que los repensemos al servicio de las colectividades. Museos con Ucrania se había celebrado antes en nuestros grandes titanes, el Prado y la Thyssen, pero en el Ramón Gaya el programa de actividades se ha teñido de una emoción e implicación inusual, ya que en Murcia se encuentra una de las comunidades ucranianas más numerosas, antiguas y asentadas –no solo de refugiados– de todo el territorio español.

La acción del ICOM no es únicamente importante para el pueblo ucraniano que vive en España y que hoy puede visitar como propias las salas de uno de nuestros mejores museos. También llega para nutrir la autoestima murciana, "una comunidad cuyo sentido privativo de la identidad es no ser diferentes", según manifestó durante los actos el recién proclamado alcalde de Murcia. Las ciudades pequeñas y periferias necesitan acceder a la gran cultura y a las grandes infraestructuras y recursos, si no queremos una España de privilegios, negados a los demás fuera de las grandes urbes. La Red Itiner de la Comunidad de Madrid exhibe este año hasta el mes de diciembre por distintas pequeñas ciudades y pueblos a Delaunay, junto a Françoise Gilot y Marie Laurecin, en la exposición No solo musas.

En la última década la obra de Sonia Delaunay ha gozado de una entusiasta acogida por parte del público europeo y ha podido ser disfrutada de nuevas maneras gracias a varias exposiciones que reivindicaron no solo su carrera como pintora, al lado de su también famoso marido Robert, sino su papel pionero en el mundo de la moda y el diseño. Muestras notables como El Folklore y la Vanguardia: La recepción de las tradiciones populares en la Modernidad (2019) en el Museo del Kaiser Guillermo de Krefeld (Alemania), o Arte, diseño y moda (2017), celebrada en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza en Madrid, ensalzaron este aspecto. La iniciativa ahora del pequeño museo murciano y su joven director Rafael Fuster nos señala que la obra de Delaunay puede aún ser reinterpretada bajo nuevos marcos discursivos, como el de las Guerras.

Pintura de vestidos simultáneos, 1925, conservada en el Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid, y fotografía de Sonia y dos amigas posando en el estudio de Robert Delaunay en 1924. / Conservada en la ©Bibliothèque Nationale de Francia, París.
Pintura de vestidos simultáneos, 1925, conservada en el Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid, y fotografía de Sonia y dos amigas posando en el estudio de Robert Delaunay en 1924. / Conservada en la ©Bibliothèque Nationale de Francia, París.

Tal lectura se perfila gracias al fino oído de los albaceas culturales de Ramón Gaya, en cuyo delicado museo la conciencia de la Guerra Civil española está siempre muy presente. El pintor murciano padeció la contienda y el exilio de maneras terribles, pero con una sobrecogedora dignidad y capacidad de reconstrucción personal. Ramón Gaya entendió como nadie cuál es el hambre de los vencidos. En sus cuadros nunca olvida el arte de la gente a través de los objetos cotidianos. Coge una jarra típica y popular, un objeto sin pretensiones, y la coloca con una flor o frente a la reproducción de un gran maestro para crear un bodegón, como si pudiera recordar las puras miradas asombradas de los niños de sus Misiones Pedagógicas ante las copias de las obras maestras y únicas del Prado. Esto permite contar algún tipo de Verdad acerca de la Belleza.

Con su renovadora programación este pequeño gran museo contribuye de manera continuada a dotar esta ciudad de propuestas estéticas estimulantes y extraordinarias. Es uno de los museos de España con mejor presencia en redes sociales. Despliega una museología dinámica, reflexiva, dialógica, en la que algunos temas se repiten periódicamente, mientras otros nacen fruto del propio trabajo de puesta en valor de la colección. Siempre el mismo y siempre distinto, lo hace jugando a un constante despiece y remontaje de lo que se muestra: yuxtaponiendo piezas de Gaya con las de otros artistas, invitando colecciones relacionadas con sus fondos o sacando de depósito piezas de Gaya nunca vistas. Esto permite refrescar una y otra vez los contenidos y lecturas posibles de la obra plástica con nuevas conexiones e itinerarios visuales dentro de una misión central. Comprender el Museo y la obra del gran Gaya como un fenómeno vivo, en este caso, de conexión vital con la vanguardia, las Guerras y el arte del pueblo y para la gente. Sonia Delaunay, como Ramón Gaya, fue también copista del Prado. ¿Qué nuevas conexiones nos descubrirá el museo murciano?

«Visiones regionales” es el mural que Delaunay pintó en 1937 para el Pabellón de los Ferrocarriles de la Exposition internationale des Arts et techniques de 1937. La fotografía de Thérèse Bonney se conserva hoy en la Bancr
«Visiones regionales” es el mural que Delaunay pintó en 1937 para el Pabellón de los Ferrocarriles de la Exposition internationale des Arts et techniques de 1937. / La fotografía de Thérèse Bonney se conserva hoy en la Bancroft Library de ©UCBerkeley.

Como escribió el poeta Jorge Riechman en un manifiesto irrenunciable, el derrotado duerme en un campo de batalla. Pero el poeta o artista que busca un arte “útil” para las personas puede tenderse junto a los vencidos. Testimonio de este modo frágil de existir es uno de los más famosos cuadros perdidos del pintor murciano, del que tan solo se conserva una fotografía. El cuadro fue empleado para taparse en un campo de concentración al final de la Guerra Civil: de lienzo para mirar pasó a ser manta protectora. Los sujetos que han perdido –no una batalla, sino Guerras enteras– existen sobre un campo en ruinas sobre el que la cultura se erige como verdadero modo de supervivencia.

Para saber más:

Sarah Ilínichna Stern, luego Sonia Stern, luego Sonia Delaunay, eligió ser una niña judía nacida en Gradizhsk (hoy) Hradyz’k, la región Poltava de Ucrania, para nunca olvidar a su padre. Como los refugiados que vienen a España, cambió su nombre varias veces y tuvo que atravesar cambiantes naciones y geografías, para cultivar el arte o huyendo de la guerra. Dejó que las telas y el color la envolvieran. Solo un arte portátil y ligero como el color y el textil, como la pintura que nos llena la mirada, puede acompañar donde haga falta a los exiliados de la Guerra. @mundiario

Obra. / ©Tetiana Sykovon.
Obra. / ©Tetiana Sykovon.

 

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