¿Por qué me gusta Motomami, de Rosalía?
Ya me jodió pagar dieciocho euros por un disco de media hora como fue El mal querer. Sí, ya lo sé; el arte no tiene precio. Pero el arte no tiene dos hijos adolescentes como yo, que vacían la nevera hasta los viernes de Cuaresma. Mi mujer me regaló Motomami y ni fú ni fá después de escucharlo decenas de veces ¿Por qué? Porque Rosalía, que nunca lo ha negado, aspira a ser Björk, y eso, que me fascina y me pone, es un muy jodido handicap. Yo fui de los que esperaba tres meses a que me llegase el último trabajo de la cantante islandesa a la tienda de discos de mi barrio y de los que viajó por Europa para ver sus conciertos. Por eso, Motomami, ni fú ni fá.
Amo y alabo a Björk como Rosalía también la ama y la alaba. Sí, ya lo sabemos, la virtud de Motomami es la transgresión como dogma, la dignificación de géneros musicales que pertenecen a ecosistemas patriarcales y un ansia por buscar sonidos nuevos dentro de esa heterogeneidad tribal. Pero, claro está, ahora mismo la artista y su equipo están muy lejos de la genialidad de Radiohead o Massive Attack.
Si yo no hubiese escuchado a Björk, diría que el disco de Rosalía es una apuesta valiente y, además, generosa con las vanguardias. Pero el trabajo me sabe a poco, porque yo amo a Björk sobre todas las cosas. Aun así, hay que escuchar Motomami, porque, después de mucho tiempo, una artista en español, da un golpe en la mesa para certificar que Picasso o Poeta en Nueva York no fueron un accidente.
Harto yo de los moldes monoteístas tan nocivos que han sido para el pop en nuestra lengua grupos como Mecano o La oreja de Van Gogh (¡Dios, qué pesadilla!), Rosalía sabe que la experimentación conduce a un crisol de posibilidades expresivas que no tienen por qué estar reñidas con la democratización de la cultura.
Motomami, de Rosalía / YouTube
Después de mucho tiempo, una artista en español, da un golpe en la mesa para certificar que Picasso o Poeta en Nueva York no fueron un accidente.
Ahora bien, el gran problema de Motomami y Rosalía empieza a ser lo mediático. ¡Oh, my God! La artista no cesa de explicar las entrañas del disco, no cesa de justificarse, no cesa de analizar su propia producción en redes y plataformas, como si quisiera pedir perdón por algo en lo que cree y la emociona. Hay tiktokers como @soyalexknowles que han hecho un análisis semiótico envidiable, tan envidiable por obsesivo y minucioso, de los temas de Rosalía, por no olvidar los vídeos de Jaime Altozano en colaboración con la propia artista para explicar letras, producción, melodías. Parece que Motomami fuese Ser y tiempo o una novela de Pynchon. En breve, habrá tesis doctorales sobre canciones de Motomami. No hay necesidad de todo esto. Y eso me preocupa. Porque, finalmente, va cuajando en mí la terrible idea de que es más interesante la filosofía de la composición de Motomami que el propio resultado.
Lo mismo le sucedió a Artaud y a Grotowski con su teatro. Era más sabroso el método que la ejecución. Supongo que Rosalía sabe que la innovación nunca es una finalidad en sí misma. Quintiliano y Lope de Vega lo tenían muy claro: la innovación es un medio para llegar a espacios inéditos que se hacen propios, a no ser que te llames Björk o David Bowie y vayas más allá de los géneros, convirtiendo el arte en un fenómeno sensorial que escapa a cualquier verbalización. @mundiario