Los entresijos de la alucinación en Puer delicatus, de Ángel Borreguero,
Escribe Ángel Borreguero: "El pelo color aceituna y la cara abiertamente amarilla. Un paisaje lleno de lacras, aceites".
El libro del autor extremeño es una defensa del surrealismo como material literario para la elaboración de imágenes que rompen con la ortodoxia del lenguaje común, más allá de cualquier convención establecida dentro del uso de los tropos. Pero lo hace sin sucumbir al caos o a esas crípticas metáforas visionarias en las que el lector se pierde en un sinsentido como sucede con algunos autores futuristas o ultraístas por ejemplo. Publicado por El sastre de Apollinaire, Puer delicatus rompe, es cierto, con cualquier intento de crear un verso o un aforismo que recurra a la lógica argumentativa. No es la vocación de este libro.
Sin embargo, creo que hay dos ejes que el autor combina para establecer ese tributo al onirismo del que es capaz todo lenguaje poético. Por un lado, la fragmentación para crear todo un bestiario de rostros, gestos y miradas. Por otro lado, la recurrencia a las citas literarias asumen esa función de rematar las fisonomías que Borreguero ha ido diseñando a lo largo del libro.
La fragmentación es el eje temático de una estructura versal más próxima al aforismo que a una estrofa y con la que se van pergeñando diversas versiones de un mismo perfil, reverberaciones y ecos de alguien que aparece y desaparece a lo largo de las páginas como una presencia que conmueve a quien escribe, pero no en un sentido afectuoso o llevado por la aflicción. Esa conmoción no está exenta de lo obsesivo y la turbiedad: "Es la mañana de un día claro, fantasmal de junio. Las cortinas de color rosa, perfumadas, florales, y las marcas en la cara". (pág. 41)
La hosquedad, las cicatrices, la animalización de los esbozos, los estigmas que sangran en la piel o la voluntad de herirse van redefiniendo unas facciones que son analogía de un declive inexorable para aquel que ya no puede ser lo que era, pues está predestinado a ser una criatura distinta siempre, supeditada a las mutaciones: "Un caramelo alucinógeno, una baya violeta, el niqui marrón". (pág. 44)/ "La camiseta amarilla y la gorra roja, llena de chapas. el pelo rubio claro, y pecas y cosas lindas en general".
Ese barroquismo con el que se esbozan estos rostros aproximan la escritura de Borreguero a ese oficio del poeta y pintor del manierismo en el que todo lo que vive se disfraza de engaño: "Una grieta en la piel amarilla, hecha de pasta y goma laca, los adoquines recién regados. Un tanque repleto de líquidos giratorios, de un suavísimo rosa y otros colores claros". (pág. 55).
Junto a este oficio archimboldiano, aparecen las citas de varios autores, como si esa referencialidad a otros textos sirviese para admitir que la fragmentación es también un género en sí. La cita completa los rostros, las facciones y sus heridas con la voluntad de que el lector complete el mensaje o los mensajes. La subjetivización se potencia así desde el inicio con esa interacción entre las fisonomías de Borreguero y unas citas literarias que también perfilan rostros, rasgos, muescas, gestos, un lenguaje no verbal que tiende a construir ese cuerpo que cambia de apariencia sin cesar. Lo proteico como inspiración para una escritura que ha hecho de los rostros, de sus rasgos multiformes, una reiteración que raya lo obsesivo: "Trazos maravillosos de sustancia humana" (DENNIS COOPER): la cara caliente y verde veneno" (pág. 46).
Celebro esta osadía, este atrevimiento, este juego de lenguaje por parte de Borreguero en el que la hipérbole y la ironía recuerdan a muchas imágenes quevedescas y culteranas. Hacer de la fragmentación una vocación literaria no es fácil. De eso se trata. De parcelar un rostro hasta el punto de recomponerlo una y otra vez como una nereida o como el propio Loki que, en la mitología nórdica, era capaz de cambiar de apariencia para ejecutar su ardid: "Los pulmones seguramente ajardinados: patatas, beleño, hachís". (pág. 47). Como escribe acertadamente José Antonio Llera en el prólogo: "Borreguero asedia las leves monstruosidades de la carne en una escritura fragmentaria e incesante, (...); es un tesorero de visajes, un agrimensor de cráneos y sexos". @mundiario