Los puentes de Madison: del amor que es misterio, belleza y sufrimiento

Fotograma de Los puentes de Madison
Fotograma de Los puentes de Madison

Ya son ellos dos un hombre y una mujer recíprocamente entregados a una sentimentalidad intensamente sensorial. Pero ese tiempo es finito.

Los puentes de Madison: del amor que es misterio, belleza y sufrimiento

Los puentes de Madison (1995, Clint Eastwood) es una película profundamente emotiva, una reflexión sobre el destino que a algunos les oprime o les limita, malogrando el desarrollo de otra vida, imaginada como más feliz o más propia. La música original subraya magníficamente los momentos más intensos. La que cantan Dinah Washington o Johnny Hartman es absolutamente envolvente, cálida y deliciosa. Meryl Streep está descomunal. Hay momentos en que parece que logra descomponer su rostro en finos fragmentos que traslucen los más sutiles sentimientos. Eastwood está más que correcto. El guion brilla en sus muchos pasajes memorables.

Francesca, una mujer casada, con dos hijos adolescentes, vive apaciblemente en una casa, a las afueras de un pequeño pueblo de Iowa, en los Estados Unidos. Sus hijos y su marido deciden ir a una feria de ganado, para participar en un concurso, lo que les supondrá estar fuera cuatro días. Ella rehúsa acompañarlos. ¿Por qué? ¿Tal vez es una oportunidad para encontrarse consigo misma estando al fin sola? Quizá piensa que esa experiencia le va a resultar más gratificante que seguir atendiendo —con un amor triste, un tanto forzado—, el rumbo que impone su familia. Pero lo que no puede imaginar es que esa decisión le va a resultar tan emocionante, tan decisiva. Su vida va a cambiar cuando, al poco tiempo de estar sola, llegue Robert, un fotógrafo de National Geographic que quiere hacer un reportaje sobre los característicos puentes de ese condado.

Cuando ese hombre, ya sexagenario, le pregunta a Francesca cómo es su marido, esta le contesta: “Limpio”. Es una respuesta ridícula que requiere una explicación. Se da cuenta y añade una retahíla de virtudes que definirían al perfecto marido: “Buen padre, atento, tierno…”. No obstante, esa primera respuesta espontánea la ha delatado. Todo lo que es capaz de ver en él es la corrección, pero echa a faltar una presencia más estimulante. Es lo mismo que le pasa al describir el lugar en el que vive, esa Iowa, tierra aparentemente idílica, poblada por buenas personas que solidariamente se socorren, ámbito de paz y de seguridad (aunque también —cuando se infringe lo convencional— de crueles habladurías y desprecios). Pero ese supuesto paraíso no es el que se corresponde con su sueño.

Es un lastre difícil de sobrellevar tener la sensación de que no se ha vivido lo suficiente, de que no se ha cumplido con un intuido mandato vital. Lo mejor es tratar de experimentar todo eso —que a menudo son espejismos— lo más pronto posible, para saber, sin pérdida de tiempo, sin asignaturas pendientes, si eso es lo mejor o la iluminadora decepción. Cuando ella le cuenta a Robert ese sentimiento, este le habla de una idea que había apuntado: “Los sueños que tuvimos fueron bellos aunque no los cumplimos”. Cuando Francesca le dice que vive en ninguna parte, la contradice: aquello que la envuelve es nada más y nada menos que un verdadero hogar.

Hay quien tiene sueños de cumplimiento ineludible y hay quien los tiene como mera distracción mientras acata la realidad. Robert representa para Francesca lo que ni de lejos ha osado alcanzar: la vida aventurera, los viajes, una desconocida libertad. La fotografía le da la plenitud, lo obsesiona, aunque luego reconozca que no es un artista, que National Geographic tiene alergia a los “encuadres demasiados personales”. No hay quien alcance en su vida la exactitud de la teórica concepción que se tiene de ella.

La precaria solidez de esa ama de casa se resquebraja en la primera oportunidad en que se vencen las distancias. Ese forastero representa para ella la personificación de una contradicción latente. Es la concreción de todo lo que perseguiría pero que no se atreve a querer del todo, pues esa elección podría destrozar el pálido equilibrio familiar del que se siente ética y sentimentalmente responsable.

Francesca quiere estar segura de ser para él un inopinado e indiscutible anclaje en el mundo. Antes, continuamente le ha reprochado una libertad que considera cobarde desprendimiento, una egoísta manera de gozar a través del uso de sus congéneres. A lo que ha llegado él es a la superación del apego, a esa tenue y diversa forma de amar que preserva del severo dolor de la pérdida, al mismo tiempo que obliga a la asunción de cierta definitiva soledad. Las desperdigadas mujeres a las que acude, supuestamente, no serían víctimas porque no tendrían una necesidad de pertenencia. Eso es algo en lo que ella no cree. Dolorosamente —porque ya se está viendo a sí misma como una de ellas—, lo considera  una entelequia o una frivolidad que ella nunca aceptaría. Lo que le atrae de Robert no es solo el atractivo de un hombre maduro, su dudosamente envidiable aureola de libertad, sino también la posibilidad de extraerla de ese mundo donde cumple un desvaído papel que la está asfixiando con poco disimulada insistencia.

Robert es una especie de hippie superviviente: “Necesitaba un hogar, pero lo encontraba, más que en mi casa, en cualquier otro lugar”. Y ella le espeta: “¿No te asusta estar solo?”. Y él, convencido, le responde: “Creo que no. Así tengo la impresión de abrazar el misterio”. Y añade “No todos estamos hechos para tener una familia”. Son los preámbulos. Es difícil saber en qué momento ella, aún secretamente, se entrega desde su irresistible enamoramiento. Tal vez, desde antes de que sea consciente de ello, y, aún más, antes de que él sepa que esa mujer luchará contra sus reticencias, al debatirse entre un complejo de inferioridad sobrevenido y un orgullo endeble. Robert le dice: “Siento rechazo hacia esa ética de la familia norteamericana que tiene hechizado a todo el país”. Y Francesca, herida en su humildad, le contesta: “Debo ser demasiado simple para comprender”. Pero él, que sobrevuela su ofuscamiento, que empieza a quererla, le asegura: “No se engañe Francesca. Es todo, menos una mujer simple”.

Robert se va y ella, en el porche, abre su bata, exponiendo su cuerpo, ahora resucitado de sensualidad, a la brisa. Y luego, en el espejo, repasa las atractivas sinuosidades de su figura. En un arranque desesperado, que denota un irreductible deseo, coge el coche en la noche para dejar una nota en el puente al que mañana él acudirá. Es el principio de la locura. El amor tirando al alma de su apagamiento hacia su exaltación.

En las siguientes horas, se trasponen las barreras. Ya son ellos dos un hombre y una mujer recíprocamente entregados a una sentimentalidad intensamente sensorial. Pero ese tiempo es finito. Quedan solo dos días para la vuelta de la familia a esa casa que, por unas horas, se ha transformado en un lugar de amenazada devoción. Y a ella le asaltan las dudas. Amanece hostil. No puede dejar de pensar en que será una más, otra banderita en el mapa de un hombre que las degusta sin afincarse en ellas. Le reprocha: “Tú necesitas a todo el mundo pero a nadie en particular. No necesitas a nadie”. Robert se revuelve frente a lo que ella dice pero no ante ya su sagrado ser: “Yo no voy a disculparme por ser como soy”. Pero ella insiste: “No es humano no sentirse solo y no es humano no sentir miedo”.

Él, que ya la sabe imborrable de su vida, le dice: “No quiero necesitarte”. No tiene duda de que la ama, más allá de lo efímero: “Cuando pienso en por qué hago fotos, la única razón que se me ocurre es que he estado viajando hasta ti”. O, luego: “Esta clase de certeza solo se presenta una vez en la vida”. Pero ella no puede abandonar a su familia, la culpa mancharía su relación. Cuando esta regresa, en una escena antológica, presidida por la lluvia, vemos a Francesca en el coche, con su marido. Robert va en el suyo, inmediatamente delante. Detenido en el semáforo, cuando se pone verde, no arranca. La espera. Francesca agarra la manivela de la puerta, debatiéndose entre su deseo y su responsabilidad. Es la encrucijada más fuerte de su existencia. Su marido ignora sus sentimientos de ese momento, pero tal vez también todo el mundo interior de una esposa a la que no se ha atrevido a explorar. Robert gira a la izquierda, se va para siempre. Ella llora, ahogándose sin posibilidad de explicación.

Más tarde, vemos una escena hogareña. Resulta tan tierna como insulsa: el televisor, la risa rutinaria, la distante, pero fiel y protectora compañía. Ella, secreta, lo recuerda todo, lo revive, en esas libretas que lega a sus hijos; al principio, asombrados, o él enfurecido; al final, comprensivos. Allí escribe: “Esa noche me di cuenta que el amor no obedece a nuestras esperanzas. Su misterio es puro y absoluto”. Y luego, se pregunta: “¿Cómo habría cambiado mi vida si hubiera seguido mi impulso? ¿Podría alguien más haber visto toda esa belleza?”. @mundiario

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