El pueblo de Albarracín, uno de los más bonitos de la Península Ibérica

ALBARRACIN
Albarracín. / RR SS

Un pueblo es como una enorme escultura-instalación-pintura-teatro que se va haciendo-deshaciendo a lo largo de los siglos. Es un espacio-tiempo que se va enguyendo-creando-evolucionando-progresando-cristalizando-materializando a lo largo de generaciones de seres humanos. 

El pueblo de Albarracín, uno de los más bonitos de la Península Ibérica

Un pueblo es junto a los seres humanos que lo van habitando y todas las circunstancias de su sociedad-Estado-cultura-Naturaleza-naturaleza una especie de semiorganismo vivo, una especie de sujeto en evolución. Todo pueblo es una enorme creación humana-natural en la Naturaleza-Sociedad-Historia-Cultura. 

Albarracín, con sus mil habitantes, situado en la provincia de Teruel, es considerado como uno de los pueblos más bonitos-bellos de España, categoría oficial, y posiblemente obtenga ser considerado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Un pueblo como gran monumento, es lo que lo ha hecho la historia-Historia, lo que han hecho sus vecinos, lo que lo hacen-transforman de alguna manera los que lo visitan esporádicamente.

Casas colgadas como un gigante andando que se ha quedado dormido un rato de siglos. Cuerdas ondulantes que recorren entre piedras que se levantan como antiguos rascacielos, espacios que se retuercen en sus estómagos formando rincones dónde el tiempo-espacio se detiene un Einstein poético. Laberinto de trozos de piedra horizontales para ser pisados, verticales con huecos ventanas para ser habitados, dónde como en cualquier cueva-choza-casa-rascacielos los seres humanos viven-existen el misterio ilimitado de su vivencia-existencia.

Somos en cierto modo lo que habitamos y cómo lo habitamos. Donde existimos y como existimos. Una localidad es como un laberinto de corazones que se han ido trasplantando de un siglo a otro, siendo atravesado como flecha o bala de arcabuz por carnes-cerebros-mentes-almas y por la historia-sociedades-culturas-ideologías-tiempos, unos, nacidos del volcán de su comarca, otros, otros derivados de más allá, de las tierras colindantes cercanas o lejanas.

Guadalaviar-Turia que atraviesa los cimientos de esta tierra como poesía hecha prosa, como prosa cristalizada en poema. Agua que es la vida del mundo, al menos del mundo de este planeta y de los humanos y de los no humanos. Que de ella con el conyugue tierra-aire hace nacer la vida, la vida que anda, la vida que está sujeta al suelo como planta.

Desde Lobetum, de los lobetanos han pasado muchos siglos. Y siempre los humanos desean la paz-felicidad, vivir-sobrevivir, ser-estar-existir. Cambian los trajes por fuera, cambian las costumbres por dentro-fuera, pero existe un mínimo común en todas las generaciones, aunque las culturas y las formas de pensar-rezar-sentir-desear, cambien en mucho o en poco. Los humanos están heridos por el presente y temerosos del futuro y esperando el Futuro después de este vivir-sinvivir viviendo-amar-no amar.

Murallas como montañas de unos metros de ancha y unos metros de alta, que rompe los aires y rompe la mirada y rompe el tiempo. Somos en última instancia mirada, mirada de mirada sobre nosotros mismos, mirada de otros sobre nosotros mismos y sobre todos, mirada de la historia-cultura-sociedad-ideología-religión de nosotros mismos a nosotros mismos. Somos en un panal de percepciones-conceptos-ideas-recuerdos adobados en el eterno magma de pasiones-pulsiones-libidos-emociones. Siempre la eterna fórmula de lo racional más lo irracional, de lo irracional más lo racional, no solo individual sino también colectivo-social-cultural. De ese helado formado-transformado por lo consciente-semiconsciente-inconsciente.

Meterse en la ballena del museo diocesano, antiguo palacio episcopal, es como entrar en el palacio, suponemos del rey Minos, multitud de habitaciones, mirando fuera y dentro de uno mismo, de sí mismas, percibiendo el paisaje exterior-interior de los que durante siglos la habitaron. Tendrán las paredes mil historias y mil pasiones, que habrán ido cambiando miles de relatos que se han perdido, desde lo sublime hasta lo miserable, como en cualquier lugar se habrá ido combinando y entremezclando formando el tapiz-cuadro-escultura-instalación-teatro de la vida.

Los dos vecinos por y de unas horas, antes denominados viajeros-turistas entraron por calles y vericuetos de piedra y aire, nadaron en los huecos-espacios-silencios-ruidos del Museo Municipal intentando entender-comprender, no solo ya este lugar-tiempo, sino a sí mismos, porque lo otro, los otros, personas o lugares, son como un enorme espejo-cristal-ventana, que calientan el alma-mente-carne, y uno, va comprendiendo-entendiendo un poco mejor el silencio-sinfonía de la que estamos hechos toda carne-cerebro-alma humana. Entendemos al visitar un lugar-pueblo-aldea-ciudad, que quizás no volvamos jamás a visitar con los ojos-manos-piernas, pero que en el recuerdo, lo revisitemos con la mente-memoria-imaginación-entendimiento durante años-décadas hasta que dejemos de tener el último aliento en este valle de alegrías-penas del mundo. 

El pueblo de Albarracín, uno de los más bonitos de la Península Ibérica
Comentarios