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MUNDIARIO

La primera vez que vi a Mario Vargas Llosa

Además yo sólo era un adolescente investido por tentativas algo caprichosas y no le temía a ningún mamut del boom, del post-boom o cualquier otra explosión. 

La primera vez que vi a Mario Vargas Llosa
Mario Vargas Llosa. / RR SS.
Mario Vargas Llosa. / RR SS.

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Jesús María Flores

Jesús María Flores

El autor, JESÚS MARÍA FLORES, es colaborador de MUNDIARIO. Entre sus obras destacan los libros Potro con Alas y El arder de los pasos. @mundiario

La primera vez que vi a Vargas Llosa fue en una inauguración de la FIL Guadalajara. Había unas mil personas, la ceremonia había empezado, y el único lugar que quedaba sin ocupar al frente, en la mesa de invitados especiales, era el suyo: habían dicho (sin que nadie preguntara) que venía en camino, del aeropuerto. Yo volteaba hacía atrás de vez en cuando; sería ahí, o tal vez no sería. Por fin, después de unos veinte minutos, se detuvo el que comandaba la inauguración en ese momento: había llegado el premio nobel. Caminaba recto, firme, traje negro, camisa blanca sin corbata, enfilado hacia la mesa. Los aplausos comenzaron, las cámaras voltearon, una a una. Parecía irritado, molesto, como si acabara de pasar un mal momento; algo en el camino, las prisas, quizá, pensé. Sin embargo ahí estaba, no dejaría la oportunidad ahora. Además yo sólo era un adolescente investido por tentativas algo caprichosas y no le temía a ningún mamut del boom, del post-boom o cualquier otra explosión. Me levanté de mi silla unos pasos antes de que pasara a mi lado y lo detuve: “Mario, qué tal, ¿me podrías recibir esto?”, le acerqué a su vigorosa mano la carpeta beige. “¿Qué es?”, preguntó. “Un ensayo sobre tu obra”, mentí; en realidad el ensayo iba sobre la creación literaria y la academia, algo en que yo creía entonces, él podía interesarse. “No, no”, dijo, como regañando. “Ahora eso no”.

Siguió su camino al frente. Yo me hundí en mi silla, la sangre quería reventar de vergüenza, de pena, de una nostalgia en público: el rostro de una clase de humillación. Lo odié, me dije que no lo volvería a leer, y otras tonterías lloronas semejantes. Sobre todo rogué que los noticieros no pusieran atención en la escena, que la pasaran de largo, sin importancia: era suficiente la humillación ante mil personas. Me quedé ahí hasta el final, como hombrecito, soportando la presencia, a mi izquierda, de la editora de Planeta y a mi derecha la de Nubia, anterior directora de la feria: pobre muchacho, pensarían.

 Al día siguiente mi admiración por Mario estaba intacta. Vendría cansando, agobiado, lo disculpé. Al término de una presentación pude verlo. Me tendió su mano, sonriente, “cómo estás”, dijo. Me firmó una edición de aniversario de La ciudad y los perros. Yo ya no tenía el ensayo. Finalmente le di un libro mío. “Potro con alas, eh”, mostró los dientes. “¿Son cuentos?”. “Es un poemario”, le dije. “Lo leeré”, dijo, dándole una breve ojeada. Y estrechamos las manos de nuevo. Por aquel entonces él aún parecía enamorado de Patricia “la prima de naricita respingada”. Yo creía ilusamente que era relevante conocer a uno que otro mamut. Y nadie, ni en broma, ni en sueños, habría imaginado que en el futuro cercano habitaría la casa blanca un idiota muy particular. @mundiario