El primer hombre, de Albert Camus, la forja de un ser comprometido

El novelista, dramaturgo y ensayista francés Albert Camus
El novelista, dramaturgo y ensayista francés Albert Camus

Lo que subyace en esta historia es la fuerza interior de ese novato ser humano que vive sensorialmente su desfavorable pero estimulante vida.

El primer hombre, de Albert Camus, la forja de un ser comprometido

Lo que subyace en esta historia es la fuerza interior de ese novato ser humano que vive sensorialmente su desfavorable pero estimulante vida.

Cuando Albert Camus murió, tenía 46 años. Un accidente de tráfico —no conducía él— parecía dar la razón a su pensamiento acerca del absurdo que domina de la vida. En su maleta, se encontró el manuscrito de una novela en marcha.

Eso fue en 1960, en 1994 se publicó, a partir de aquellos textos escritos apresuradamente, sin apenas puntuación, con numerosas notas al margen, esa novela inacabada. El resultado es una obra a la que, a veces, se le ven las costuras, que no está perfectamente estructurada, que contiene capítulos inconexos y una abrupta conclusión, pero en la que todo eso apenas importa, pues alberga muchas páginas de una calidad literaria que están a la altura de las mejores que nos diera el pasado siglo.  

Poco antes de morir, le había dicho a un periodista: “Mi obra aún no ha empezado”. Y es esta afirmación algo que se comprende cuando se lee esta novela. Nos hallamos ante un punto de inflexión. Tras El extranjero y La peste, que eran dos buenas novelas, pero en las que estaban contenidas la brillantez y la emoción, encontramos en El primer hombre un estilo bien distinto, mucho más intenso.

Si Camus hubiera vivido más años, muy probablemente se habría triplicado la extensión de esta novela. Y es que lo que nos cuenta aquí es la infancia y la primera parte de la adolescencia de un tal Jacques que, obviamente, es su alter ego. Es pues una novela autobiográfica y la prueba es que, en algunas ocasiones, es ese manuscrito provisional, Camus se equivoca, y coloca el nombre del personaje real en lugar del mínimamente inventado.

A través de esta historia se nos invita a acercarnos a los mecanismos por los cuales un niño pobre “en medio de una familia inválida e ignorante, con su sangre joven y fragorosa”, que vive en la Argelia francesa de su tiempo, consigue hacerse paso en la vida, crecer intelectualmente y acabar siendo reconocido con el Premio Nobel.

Entre esas pistas que nos da, para alcanzar a averiguar el secreto, está la de su querido profesor de Primaria, al que reconoce un poder decisivo por su actitud, algo que se lo agradecerá personalmente por carta cuando, aún tan joven, sea condecorado con la máxima distinción literaria. El último momento que pasa en aquella clase nos lo narra Camus con la habitual belleza que impregna este libro: “Después se precipitó a la ventana, mirando a su maestro, que lo saludaba por última vez y que lo dejaba solo, y en lugar de la alegría del éxito, una inmensa pena de niño le estremeció el corazón, como si supiera de antemano que con ese éxito acababa de ser arrancado del mundo inocente y cálido de los pobres, mundo cerrado en sí mismo como una isla en la sociedad… y en adelante tendría que aprender, comprender sin ayuda, convertirse en hombre sin el auxilio del único hombre que lo había ayudado, a crecer y a educarse solo, al precio más alto”.

Como tantas otras, su familia había llegado a aquella Argelia francesa “huyendo de la miseria o la persecución para encontrar el dolor o la piedra”. Porque las condiciones con que se encontraban eran duras: “Y por la noche las mujeres lloraban de fatiga, de miedo y desengaño”. Ese Jacques o Albert pertenecía ya a una segunda o tercera generación: “Y los hijos y los nietos de aquellos en esa tierra como se encontraba él, sin pasado, sin moral, sin lección, sin religión, pero contento de estar y de estar en la luz, angustiados frente a la noche y la muerte”.

La búsqueda de la memoria del padre es el punto de partida de este relato. Jacques quiere saber quién fue aquel hombre que había fallecido cuando él solo tenía unos meses, durante la Primera Guerra Mundial: “¡Sí, qué muertos estaban! ¡Cómo seguían muriendo! Silenciosos y apartados de todo, como muriera su padre en una incomprensible tragedia, lejos de su patria carnal, después de una vida enteramente involuntaria”. Jacques no dejará de sentirse huérfano toda su vida: “En la que cada uno es el primer hombre, donde él mismo había tenido que criarse solo, sin padre, sin haber conocido esos momentos en los que el padre llama al hijo cuando este ha llegado a la edad de escuchar, para confiarle el secreto de la familia, o una antigua pena, o la experiencia de su vida”.

En esta narración abunda lo íntimamente documental, lo sensorial, siempre en un tono cercano a lo lírico. Es la emoción del recuerdo y una especie de sobrevenida gratitud con los momentos tan duros que tuvo que vivir, pues en ellos estaba en él muy presente una fuerza interior que no le negaba la percepción de la candente belleza. Retrospectivamente, llega a la conclusión: “Abandonado a la esperanza ciega de que esa fuerza oscura que durante tantos años lo había alzado por encima de los días — alimentándolo sin medida, igual que las circunstancias más duras—, le diese también, y con la misma generosidad infatigable con que le diera sus razones para vivir, razones para envejecer y morir sin rebeldía”.

No tuvo padre pero sí una madre a la que quería pero que ocupaba un papel secundario en su casa. Se mataba a trabajar fuera y dentro de ella. Era medio sorda, y su vocabulario era aún más limitado que el de su abuela. No recordaba haberla visto gozar de verdaderas diversiones en su vida: “Hojeaba las revistas ilustradas y volvía a mirar por esa ventana el movimiento de la misma calle que contemplaría durante la mitad de su vida”.

La que mandaba era su abuela, una mujer de procedencia mahonesa, de mente cerrada, adaptada a las más duras condiciones. Era capaz de prodigarle a Jacques / Albert puntuales castigos corporales. Cuando este ingresó en el liceo, en verano tenía tres meses de vacaciones y la abuela no podía concebirlo, pues jamás en su vida había tenido un día de descanso. “Este año trabajarás para traer un poco de dinero a casa. No puedes quedarte así, sin hacer nada”. Pero, para ese adolescente, no hacer nada era precisamente trabajar: “en realidad, Jacques pensaba que tenía mucho que hacer, entre los baños en el mar, el vagabundeo por las calles de Belcourt y las lecturas de revistas ilustradas, de las novelas populares”.  Pero, pese a esas limitaciones que padecía, Jacques quería a su abuela. Cuando iban al cine, él le leía los rótulos de la película muda. Ella apenas los entendía, tan parca en vocabulario era. Y el niño le tenía que gritar. Los otros espectadores se quejaban. Así que una vez se calló: “todavía conservaba el recuerdo de una de esas sesiones en que la abuela, fuera de sí, terminó por salir, mientras él la seguía llorando, descompuesto ante la idea de que había arruinado uno de los pocos placeres de la desdichada y malgastado el pobre dinero que tenían”.

En la novela, hay diversos momentos en que se manifiesta el aprendizaje de la vida. A raíz de un castigo injusto, de la bofetada de un cura: “y durante toda su vida solo la bondad y el amor lo hicieron llorar, nunca el mal o la persecución, que fortalecían, por el contrario, su alma y su decisión”.  O cuando habla de su tío Ernest, un hombre totalmente sordo, muy limitado en su expresión, aunque sutil y astuto: “la abuela siempre había tenido por él una extraña debilidad, que Jacques, en cuanto tuvo algunas lecturas, atribuyó al hecho de que Ernest era inválido (cuando hay tantos ejemplos de padres que, contrariando este prejuicio, se apartan del hijo disminuido)”.

En definitiva, lo que subyace en esta historia es la fuerza interior de ese novato ser humano que vive sensorialmente su desfavorable pero estimulante vida, adaptándose a las circunstancias sin traicionar su incipiente ética, su cuidadosa sensibilidad: “aquella noche en él, sí, aquellas raíces oscuras y enmarañadas que lo ataban a esa tierra espléndida y aterradora, a sus días ardientes y a sus noches rápidas que embargaban el alma, y que había sido como una segunda vida, más verdadera quizá bajo las apariencias cotidianas que la primera y cuya historia estaba hecha de una serie de deseos oscuros y de sensaciones poderosas e indescriptibles, el olor de las escuela”. Y esa ansia de vivir, la valentía ante lo misterioso: “un apetito de vida devorador, una inteligencia arisca y ávida, y siempre un delirio jubiloso cortado por las bruscas frenadas que le infligía un mundo desconocido, dejándolo desconcertado pero rápidamente repuesto, tratando de comprender, de saber, de asimilar ese mundo que conocía… reparándose (y preparado también por la desnudez de su infancia) a encontrar su lugar en todas partes, porque no deseaba ningún lugar, sino solo la alegría, los seres libres, y todo lo que de bueno, de misterioso, tiene la vida, y que no se compra ni se comprará jamás”.

Sí, es una pena que la novela no continúe, que no sepamos cómo transcurre y crece la vida de ese joven tan apasionado. Del autor, aunque no tanto en su propia descripción literaria, sí conocemos los signos de sus años posteriores. Al final de la edición, se transcriben los apuntes de algunas de las direcciones por las que habría podido ensancharse y alargarse esta novela. Quedémonos interrumpidos, como él, gozados en este homenaje a la vida dura, auténtica, que se erige sobre la cautivadora posibilidad de la desesperación; una vida, cuyo firme propósito convive, sin arredrarse, con el peso de lo absurdo. @mundiario

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