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MUNDIARIO

La Portentosa Feria de Portobelo

Año de nuestro Señor de 1580. En aquella feria de Portobelo se podían ver cosas maravillosas. De “La Flor antigua” (Ed. Pigmalión).

La Portentosa Feria de Portobelo
El mercado de Portobelo. / arauco.org
El mercado de Portobelo. / arauco.org

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Arturo Franco Taboada

Arturo Franco Taboada

El autor, ARTURO FRANCO TABOADA, es escritor, profesor de arquitectura, dibujante y colaborador de MUNDIARIO, donde publica relatos literarios. @mundiario

El viejo y temprano sueño de descubrir un paso hacia el oeste que comunicase los dos mares, buscado desde el principio por Magallanes y Elcano en 1520 a instancias del Emperador Carlos, y durante el viaje de circunvalación de Drake en 1576, vuelve a ponerse sobre la mesa.

Dentro de las políticas de la recuperación edilicia histórica de Panamá y del canal interoceánico se encuentran las fortificaciones de Portobelo y San Lorenzo del Chagre.

Portada de La flor antigua. / Pigmalión

Portada de La flor antigua. / Pigmalión

Por el camino de Cruces hasta la bocana del rio Chagres, corría el oro y las especias del viejo al nuevo mundo en una historia interminable que duró ciento cincuenta años. Una reata de doscientas mulas cargadas con barras de plata y oro, cruzaban del Pacífico al Atlántico y arrastraban todos los tesoros del Reino del Perú, que aguardaban para embarcarse, en la feria de Portobelo.

Le diré, amigo mío, como lo recuerdo...

Aquel Foro vecino de Nombre de Dios, bien parecía una sucursal del zoco de Toledo y de las huertas de Luján en Madrid, en asuntos que se refieren a las habilidades de la picaresca.

Toda una barahúnda de oportunistas, descuideros y facinerosos de toda especie y ralea, quería hacer su negocio y había que andar esquivando la retahíla de vil condición, apretando la bolsa con la mano y haciendo oídos sordos de falsos bachilleres y escribanos, de clérigos avarientos que piden para sí y de las malas artes de racioneros y monjas exclaustradas ó mujeres huidas de sus maridos.

Y que aunque allí, en aquellas provincias de indios, esas desviaciones civiles dicen ser cosa de gente cuarterona o tercerona muy mezclada de razas, la verdad es que no se ha inspirado precisamente en esas plazas y mercados el fraile de galante ingenio que se llama Juan de Ortega, y que siendo mancebo estudiantón de Salamanca ha recogido mejor que nadie los avatares y circunflejos recursos de la vida cicatera de España. Y como el ilustre frade ha escrito un auténtico manual en asuntos de pícaros que en este momento lleva ya unas cuantas ediciones, a buen seguro que el tal libraco sería lectura de cabecera para mucho truhán de los que andan por allí, si es que leer supieran. Porque también hay que añadir que, a lo mejor, muchas gentes han pasado a esas tierras, que es España, pensando que se ataban los perros con longanizas y los ríos y los volcanes eran pozos llenos de oro que no había más que cogerlo solo con alargar la mano. Es natural que como la realidad es muy otra, muchos prefieran el trapicheo y la holganza al esfuerzo honrado del trabajo en una tierra, por otra parte muy agradecida.

Porque debo decirle, que al viajero que se acercaba a la feria, le saludaban los de las tablas de tocino y los vendedores de aceite, le ofrecían canela y planta escorzonera los del gremio de especiería, piedras bezoar para espantar las enfermedades malignas los curanderos, y medicina del vino los destiladores, que portaban sus raros licores en ánforas sujetas a la cabeza con correas entrecruzadas. Y si no llevaba mucha prisa, observaría la abundancia de pescados, las tablas de carniceros, los torneros, las zapaterías de viejo, los sastres, los peluqueros y otros gremios, que desde el Medievo habían saltado al nuevo mundo, vendiendo la modernidad.

Luego pasaría por el repeso y saludaría al ejecutor, por el gremio de mercerías, sedas, lienzos y otros géneros y después cruzaría la plaza atiborrada de galpones y alpendres donde los indígenas vendían las frutas mezcladas con las baratijas.

Y si le moviese la curiosidad sobre cómo era la vida de aquellas gentes, no tenía mas que detenerse a pulir las botas con el negro que se colocaba cerca de los zapateros y escucharía de su boca parlanchina la más triste de las historias, por si le conmoviese para aflojar mas la bolsa... Entonces el negro barcino de ojos achinados, hijo de una india taina, le contaría como me contó a mí...

Que las cosas no le habían ido muy bien de encomienda en encomienda, que había huido de su mujer, que le había cargado de hijos que no eran suyos, y cómo durante unos años habría ejercido de mozo de cuerda y acemilero de algún caballero cargador de la Carrera de Indias. Después, esportillero, trainel, correveidile y, luego, criado de uno de esos moriscos ambulantes que curan a las bestias.

¿Qué triste historia, Dios todopoderoso!, pues aquel pobre hombre cayó más tarde como tantos, pude enterarme algo después, en manos de un malnacido encomendero de Soria, que había perdido la cabeza por abusar de unas setillas venenosas que los indios llamaban Carne de Dios.

Porque en aquella feria de Portobelo se podían ver cosas maravillosas.

La plaza era una fiesta, de las ventanas y balcones de la Aduana colgaban banderolas y pabellones de holandillas color carmesí. Todo estaba prácticamente revestido de impresionantes pendones de damasco rojo.

Una tarde yo mismo Señor mío, aguardaba frente al Palacio de la moneda y oculto bajo los soportales entretenía la espera escuchando distraído las transacciones que aún se celebraban retrasadas entre algunos parroquianos visitantes del mercado.

Y pude observar atónito como un criollo pardo oscuro con aire de mayoral, machete al cinto y cuero apretado entre los dedos, intentaba negociar con otro la venta de un esclavo negro, tal vez congoleño de nación, barbilampiño y de buen cuerpo, y de edad de unos veinticinco años, que tenía engrilletado de ambos pies y del que llamaba la atención una fea herida junto a la ceja que le había dejado el ojo medio glauco, quizás de algún cuerazo cabrón.

– Que se lo vendo asegurado de todas tachas –porfiaba el negrero–. Que no es ladrón ni fugitivo ni borracho, ni está casado con esclava de ninguna otra encomienda, ni es enamorado ni querendón, porque ya sabe vuesa Merced, que cuando le toca a uno en suerte un negro de esos resbalosos como la guabina, andan todo el día encelaos como perros y no piensan en otra cosa.

Además no tiene mal de corazón ni gota. Todo este hombre entero, se lo vendo por mil reales de moneda de vellón. Y si vuestra Excelencia acepta, hacemos ahora mismo ante el escribano la carta de venta In Dei nomine amén.

Y qué decirle de las mujeres querido amigo. Punto y aparte he de dedicarles para terminar, unos párrafos.

Cofres de sueños y oros son las damas con sus adornos: cuellos, dedos, muñecas, cinturas, con sus racimos de perlas y rosarios de diamantes. Tan magníficas criaturas, que solo una de ellas con sus tesoros, pagaría rescate de fiero pirata.

Y luego como son ellas, con la vivacidad y el señorío en sus ojos que enamoran al poderoso y rinden en pleitesía al humilde, sentando sus reales de princesas y señoras del nuevo mundo, reinas de su voluntad y generosas de complacencia con sus elegidos, certeras en sus acciones y obsequiosas con los forasteros. Ingeniosas, perspicaces, risueñas, gloria del mundo y la vida.

Porque allí lo que maravilla es la alquimia, el prodigio que allí se está produciendo.

He visto en Venecia y mas al oriente, en Persia, en Siria, algunas pieles de cobre y ébano, pero nunca mezcladas con tan exquisitos matices. La generosidad que surge aquí en variedad, la miel y la canela que nace del indio, el negro misterio de los ojos como oro escondido en la profundidad de la selva.

¿Cómo puede haber nación que no sienta la tentación de extender la mano y disfrutar del abanico de hermosas criaturas y así resarcirse de la estrechez carnal, tan tacaña del viejo mundo? Como puede haber Europa que no envidie este monopolio sobre el oro y las especias. Pero cuidado Señores... este vergel ardiente de tentaciones en el que estamos, a la sombra de los volcanes, en el que brillan rutilantes las perlas de Panamá y las esmeraldas de las Colombias, sostiene la vida y la muerte en difícil equilibrio. Brillan aquí también –y yo lo he visto– los aceros alemanes o de Toledo y por nada se matan entre ellos a reojo de las bellas, que las lenguas y las consejas de viejo, cuentan perlas sobre celos y cuitas. @mundiario