Sobre la poética prosa de Juan Gil-Albert

Juan Gil-Albert en su juventud.
Juan Gil-Albert en su juventud.

Del hombre eminentemente poético que es Juan Gil-Albert trasciende una sencilla aristocracia del espíritu, una honesta y legítima defensa frente al burdo mundo.

Sobre la poética prosa de Juan Gil-Albert

La prosa del poeta alcoyano Juan Gil-Albert está, sin duda, entre las mejores que ha dado nunca España. Contiene una belleza no exenta de profundidad verdadera. Memorabilia, Drama patrio, Los días están contados, son libros imprescindibles. Son textos introspectivos que atienden los reflejos atesorados en la memoria. De entre sus páginas, mis favoritas son aquellas en las que el autor más se desmarca de los típicos memorialistas que incorporan toda su retahíla de nombres, de lugares, de hechos, de recuerdos superficiales, considerados de valor transferible. En su precioso relato, Concierto en mi menor. Homenaje a Marcel Proust, el autor esquiva la construcción meramente descriptiva de las vicisitudes y nos ofrece la novedad de una evocación más íntima, referida en una expresión de prolongada sutileza. Este relato se reviste de la luminosa sinuosidad que es el acontecimiento acaecido en el interior del hombre, más allá del avatar visible: “No intento, ni por asomo, un croquis biográfico que para nada me sirve; mi intención es otra, como ya apunté: ayudarme a mí mismo, y a los que me sigan, en la función del conocimiento del vivir”.

Gil-Albert se muestra como un hombre de formación sensorial y de vocación humanista. Su prosa contiene más poesía que muchos versos rimbombantes. Lo que busca no es una plausible explicación sino la descripción de sus potentes indagaciones. Estas no le conducen a la médula de los secretos, sino que los iluminan, nos dejan en los albores de un conocimiento que permanece encriptado bajo la piel de la naturaleza. La vida es eso. Es el sentir, es la intuición de que la hermosura está más acá de un saber excesivo, de unas averiguaciones minuciosas, convertidas en signos deslavazados, en traducciones incomprensibles, explicaciones fatuas, convenidas para la satisfacción de la improcedente avidez. Y es que uno está en el mundo, confuso, apremiado por fuerzas apenas revelables. “Somos lo que vamos siendo”, dice, en una de sus poéticas meditaciones filosóficas.

En Concierto en mi menor nos relata una parte de su mundo concerniente, concretamente el primero, el de la infancia. Ese ámbito natal, el de Alcoy, el de su casa en El Salt. “Llegar, para mí, al campo, ha sido siempre centrarme, sentirme criatura solidaria de esta paz: de este hermetismo, de este silencio”. Su mirada se enciende en el contacto con la naturaleza, con esa amistosa impregnación en su retina. Con ella se emociona, pues la siente tan viva, que grita un mensaje perturbador. Esa luz que alberga una secreta existencia elevadísima. “La naturaleza es para el contemplativo un velo tenue que nos oculta algo tan palpitante como la divinidad”.

Su mirada no es poesía encerrada en sí misma, atenta a la pose, referida a la forma. No es una mera evocación autobiográfica, ni siquiera una confesión. Y mucho menos, una exhibición de ego. Gil-Albert escribe desde la humildad de quien se siente capaz de hilar en la finura de lo sensible. Se mira a sí mismo, pero no se detiene en su ser mundano, en su aparente devenir, sino que se interna en el recuerdo de sus sensaciones, en su más desnuda relación con la vida:   “El sentimiento penetrante, y melancólicamente efusivo, de estar viviendo”. Porque ahora sabe que, lo que le está ocurriendo, es la bellamente atendible pervivencia del ser.

Para él llega el momento de explicarse la vida, pero, como él dice, no su novela, la acción, que no considera que la haya tenido, sino el estatismo, el ejercicio estético que nace del espíritu. Para ello, lo que desarrolla es una perspicacia sutil, que se emplaza en la incorporeidad de las sensoriales evidencias, en el seguimiento de su más inexplicable sentir, en esa certeza pura de estar en el mundo, de contemplarlo, de vivirlo. De lo que nos habla es de ese primer mundo que se encuentra, en el que afloran “los primeros balbuceos del ser que han recibido su impronta irremediable… una resonancia viviente que me impide ser totalmente distinto…”. Incide en la naturaleza de la inmersión en la vida, especialmente en esos insistidos años de la infancia, en “la tierna espontaneidad de nuestro ahínco”. Es el mundo originario y permanente sobre el que “más tarde no haremos sino ir colocando capas superpuestas de experiencias, de vitalidad…”

No hay posibilidad de encontrar una prosa suya en la que no esté él tan brillante, tan inesperado, tan bellamente inalcanzable en su particularísima y genuina forma de saber. Gil-Albert afronta lo que ha de decir partiendo de una raíz distinta a la rutinaria, de un plano superior y, sin embargo, nunca desconectado, jamás envuelto en una niebla que lo proteja de una posible temeridad creativa. Atiende la incursión que se promete, la fisura que abre en el espesor de lo inaudito, por la que penetra generando variantes bien encaminadas, despertando sonidos diversos, frescos de un atisbo disperso entre la concentración decisiva. “Lo inefable es lo único que cuenta, es decir, el hecho escueto de vivir”.

Nos habla de la niñez como de un permanente espectáculo en el que a uno se le obliga a manifestarse: “Yo no quería ser nadie, ni llegar a ser lo que eran los demás”. Pero el tiempo continúa, define las capacitaciones distintas. Unas palabras de un profesor, valorando su forma de recitar, definiéndolo como artista, le llevan a “una intuición de ser distinto”. Lo que no le perturbaba o afligía le daba la “seguridad de haber escapado a esa especie de promiscuidad que revestía el mundo”. No, no era como los demás, ni quería serlo. Pero llega la pubertad, el momento en “que ingreso en la historia”. “Entonces el mundo anterior se me cuarteó. Me sonó a falso”. Y sintió: “La impresión de una congoja extraña al percibir que todo lo allí vivido ya no estaba”. Pero ahora es cuando adquiere su voz, ingresa en la historia, sí, aunque  pagando el precio de dejar la envoltura paradisíaca. Abandona la fe en un mundo, ese tiempo en que: “Nada necesita ser explicado porque todo era verdad”. Al fin hay que obrar “convirtiéndome de viviente, en vividor”. Al mismo tiempo que se le revela: “El espectro de lo vertiginoso, de lo inalcanzable y lo proteico: la verdadera faz del mundo: su invisibilidad”.

Los momentos de pérdida, de abandono, de tránsito, resultan angustiosos. En ellos escucha su propia voz: “No desesperes, no te ofusques, no te contradigas: nada ocurre inútilmente, nada cesó entre nosotros: yo soy tú”. Entonces se aplica una esperanza: “Que no consiste en esperar, pero en aceptar. En aceptar, ¿el qué? Lo que se tiene, lo que se siente que se tiene”. “Y el hermanaje de la caridad que no consiste tanto en dar como en compartir; compartir lo que se tiene: irradiarlo”. Y hay un cambio: “Ya no estaba con el mundo en una relación parasitaria sino simbiótica, como de igual a igual”.

Del hombre eminentemente poético que es Juan Gil-Albert trasciende una sencilla aristocracia del espíritu, una honesta y legítima defensa frente al burdo mundo que lo pudiera desautorizar como ser extremadamente sensible. Su experiencia de vivir la expresa desde esa suma atención que capta lo más prístino, que se maravilla de ese continente y contenido del ser que es la propia vida insertada en el mundo. Con palabras como las suyas se construye el debido homenaje a la pródiga existencia, de la que se ha sabido apreciar, aquilatar, su luz inconmensurable. Aunque, hay que separar la vida del hombre. En un pasaje de sus memorias, dice: “El mundo me hechizó ciertamente. La belleza del mundo, diríamos. Pero, lo que no me ha dejado salir de mi asombro, no ha sido la belleza del mundo, sino su maldad… el espectáculo de las relaciones humanas, de su proceder ominoso”. Es la vida amada y su divergente posibilidad. @mundiario

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