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MUNDIARIO

La poesía de Martínez Serra nos advierte del lastre de los recuerdos

"En la escritura nada debe vaciarse completamente. Nada debe rebañarse con ansia (...) Tampoco el hambre", escribe Martínez Serra en su libro El lento aprendizaje de la paciencia.
La poesía de Martínez Serra nos advierte del lastre de los recuerdos
El lento aprendizaje de la paciencia./ Bartleby Editores
El lento aprendizaje de la paciencia./ Bartleby Editores

Manuel García Pérez

Escritor y filólogo.

El tiempo como materia que consumen los recuerdos forma parte del nuevo poemario de Esteban Martínez Serra, El lento aprendizaje de la paciencia.

El nuevo libro de Esteban Martínez Serra, publicado en Bartleby Editores, presenta un tono existencialista que nos remite inexorablemente a otros de sus anteriores trabajos como Carencias. Ese tono es el lastre de los recuerdos, el síntoma más tangible de haber vivido con severidad, casi de forma disidente, con la búsqueda del equilibrio.

En este nuevo poemario, sin embargo, se añade un carácter de rebeldía contra la realidad presente, pues el costumbrismo, lo anecdótico y la ironía sutil nos inducen al desengaño ante una vida entendida solamente como una experiencia armónica y dichosa. Esa intención barroca seduce desde el primer momento: "No te importarán tantos halagos/ porque habrás aprendido/ que.tienes que sostener un fruto/ que, en el mejor de los casos,/ trae en su secreta semilla del éxodo" (pág. 55)

Y ese tono tan propio de autores como Cernuda tiende a convertirse en una reflexión sobre el tiempo. Ante ese desengaño, inherente al hecho de estar en el mundo, solo queda vivir para la muerte. Lo que se ama ya no tiene un sentido unívoco para el poeta, sino que nos involucra en el concepto de tiempo como un tiempo del existir, no del paso de los años o de las horas. Los recuerdos fluyen, emergen y renacen como una épica y elegíaca experiencia del propio presente: "Y suena la música de Dinah Washington/ en la cubierta.Y estamos solos./ Y el mar se va haciendo negro/ mientras nuestros resuellos van abriendo el agua". (pág. 75).

Los instantes del ahora, cada uno de esos recuerdos interiores, las promesas no cumplidas, el hambre, la nostalgia y un futuro, que el poeta no verá, forman parte de la propia existencia del sujeto. Nada escapa al propio recuerdo, porque ese recuerdo está formado por la materia de lo que se vivió y por otro que se ha de vivir, quizá sin luz ya: "Hay que morirse un poco antes/ aunque sepamos que estar muerto/ es algo que nos vino por herencia de sangre/ a la que no se puede renunciar, aunque lo hagamos" (pág. 90).

Un poso amargo se desprende de los versos, como si esa tendencia que encontramos en otros autores como Margarit, se diese también en este poemario de Martínez Serra; una tendencia a referir la nostalgia como un objeto tangible y animado: "Que en los callejones ansiados/ solo nuestro delito se recuerde" (pág. 68).

Para el poeta, el hecho de vivir es el hecho de relatar el tiempo, y el tiempo es, en este caso, el silencio, la escritura, sus entresijos, los pensamientos sobre qué escribir y sobre el acto mismo de testificar cada uno de esos pensamientos, pensamientos que diseñan un destino tan indeterminado, ambiguo e inconcluso que se torna, en ocasiones, desesperante.

El tiempo es materia, contenido, una fusión entre lo que existió y lo que se añora, entre lo que existió y lo que sucede ahora mismo: "Cuando te hayas ido/ me sobrará tanta realidad .../ ¿Y qué sentido tendrá/ seguir cargando con ella/ en un tiempo cuyos mimbres/ no han sabido contener el agua?" (pág. 99)

Y, más allá de eso, no hay nada. Pero el hecho de saber eso, ser consciente de algo así, significa todo para el poeta: "y yo no encuentro las palabras que necesitas" (pág. 80)