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MUNDIARIO

La poesía de José Manuel Ramón remite a lo ancestral como una forma de escape

La tierra y el cielo es un poemario que se mueve en los márgenes y en las márgenes del simbolismo como una manera de ser y de estar aquí.

La poesía de José Manuel Ramón remite a lo ancestral como una forma de escape
La tierra y el cielo./ M.G.
La tierra y el cielo./ M.G.

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Manuel García Pérez

Manuel García Pérez

El autor, MANUEL GARCÍA PÉREZ, es doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Murcia y licenciado en Antropología por la UNED. Premio Nacional Fin de Carrera, fue coordinador del área de Sociedad y Cultura de MUNDIARIO, donde actualmente es columnista y crítico literario. Docente, investigador y escritor de narrativa juvenil, su última obra es el poemario Luz de los escombros. @mundiario

Las palabras son su etimología y "chamán" o "shaman", proveniente de las lengues tunguses, remite a ese intermediario entre los vivos y los  muertos. El poemario de José Manuel Ramón, publicado por Ars Poetica, no se libra de ese malditismo en el que la literatura se convierte en una clase de mantra, de plegaria íntima a la vez que colectiva, en la que los ausentes parecen converger en la realidad inmediata.

" estadía inicial

del amor entregado al claroscuro

mirada o inequívoco rictus

sobre la roca" (pág. 23).

Su simbolismo,no exento de una tradición de autores clásicos y de referentes europeos como Trakl o Bonnefoy, indaga en esa obsesiva reinterpretación que tantos poetas exigen al paisaje. Bendita obsesión. Una habilidad escrutadora se percibe continuamente en cada poema donde inexorablemente el autor requiere participar de la vastedad y la devastación de un mundo que no alcanza a comprender.

"lo antes oculto

emerge calmoso y fértil

paciente diagénesis del amor

proceso natural del ser que busca

transformaciones       fuera

dentro

de sí" (pág. 39)

Como si en esa inútil búsqueda del sentido, el signo, la palabra, el segmento lingüístico, un eco, las sílabas, por ejemplo, pudiesen rozar la raíz del misterio o los misterios que fecundan la vida y la cercenan. Pero el chamán es tan solo un intermediario. La cordura es lo que le permite sostenerse en el tiempo, matizar, reescribir, corregir, conjeturar acerca de lo que espacio y tiempo consolidan ante nuestros ojos como una materia apenas asumible, en continua transformación, relevante en su podredumbre, espléndida en su floración y en su eclosión de vida.

"¿por qué se

repudia la palabra encendida

aquella que crece en comarcas

al margen del tiempo

la que unges des

agravios? " (pág. 45)

Y hay, sin embargo, un ansia de perdurabilidad en sus versos, de ansia de vivir, sencillamente, que otorga a cada texto la virtud de la evocación, del juego simbólico, con una significativa insistencia en combinar categorías complejas, como si todo formase parte de un todo mayor, como si lo mínimo, además, formase parte de una misma paradoja.

No se puede escribir lo que se desea con tanto fervor, aquello en lo que moramos, aquello que reside en la percepción de cada uno de nosotros como un lenguaje privado. Y, sin embargo, José Manuel Ramón lo intenta desesperadamente.

"unos dedos

untan fertilidad

con punciones lunares     torso

del tiempo conformándose

en las rocas" (pág. 63)

"milenario ahínco

desde simas concebidas

antes de lo humano

                                 mucho antes

que despertara la conciencia de ser

antes que la sombra

y el sueño fuesen

increados" (pág. 67)

Y, como expresa, Miguel Veyrat en su prólogo: "Clama así el poeta, invita a sentir los predios del desastre en versos inflamados. A humanizar lo deshumanizado. A recuperar lo sagrado del barro sin revestirlo de polvo dorado, (...)".

Se entrega. Definitivamente, José Manuel Ramón se entrega. Su poesía no prescinde de un tono elegiaco en el que es preferible la lucha, lo agónico, la persistencia en el inconformismo, antes que la claudicación o pasar por la vida sin más.

Hay una necesidad de dejar constancia en el poemario que la escritura se reescribe a sí misma y, con esta acción, el chamán surge ante la comunidad como un emisario, como un inspirado profeta, que reclama la atención del resto. Porque lo que se percibe es tan solo la superficie de un hecho mayor, inescrutable, del que el lector debe ser consciente y al que solo podemos enfrentarnos a través de las preguntas o las paradojas.

"hubo chamanes

salmodiando oráculos

para celebrar la fertilidad

y palimpsestos de piedra

que el viento alisara

con cadencioso

rigor oscuro" (pág. 77)

Enhorabuena, José Manuel.