Buscar

MUNDIARIO

Pepo Paz busca en el recuerdo el asilo de la soledad más fructífera

Las demás muertes es un trabajo narrativo que nos involucra en la virtud vivificadora de la nostalgia como memoria autobiográfica.

Pepo Paz busca en el recuerdo el asilo de la soledad más fructífera
Las demás muertes./ Pepo Paz
Las demás muertes./ Pepo Paz

Manuel García Pérez

Escritor y filólogo.

Publicado por Demipage, Las demás muertes es un viaje a la memoria como testimonio de un tiempo inspirado en la tristeza de las ausencias y en esa novedosa e inexorable manera de querer reparar lo que alguna vez sucedió y nos dejó indefensos.

"Me gusta abrir la ventana del dormitorio muy temprano. El aire me cuenta cosas, es un hervidero de sonidos. Yo los escucho en silencio, muy atento, y luego respiro hondo, como si los depositara dentro de mí. mientras, la claridad del día va perfilando la mañana y el cielo se ilumina como un cristal empañado que fuera desvelando lo que se oculta al otro lado" (pág. 11)

Pepo Paz Saz se adentra en la génesis de un relato, híbrido entre el cuento y la novela. Las diferentes historias que construyen Las demás muertes podrían formar perfectamente parte de un solo corpus literario por varias razones en la que coinciden todos los cuentos: a)  la aprehensión sensorial que otorga la infancia como una forma de ir construyendo nuestra propia personalidad; b) la nostalgia como un punto de encuentro entre los vivos y los desaparecidos; c) las atmósferas de claroscuros que el autor va elaborando en los diferentes relatos, desde lo decadente hasta lo dichoso; d) la necesidad de decir que algo de todo aquello que viven los personajes mereció la pena en un presente que, para el autor, resulta caduco, insulso, deleble en ocasiones.

Leemos, por ejemplo, en "¿De qué color son las montañas?":

"La abuela no era mi abuela, sino la de mi madre. Pero nuestras relaciones de parentesco se regían a través de un peculiar mimetismo familiar  por el que también los primos de los padres se convertían en mis primos, y sus tíos en los míos. Un jeroglífico que aún hoy perdura en mí" (pág. 46).

Sobre este último punto quería referirme para abordar Las demás muertes, no como un crisol de relatos en prosa, sino que, voluntariamente, Pepo Paz nos introduce en ese debate tan relevante, al menos para mí, de lo real frente a lo verosímil. Hay una intencionalidad por parte del autor de hacerse visible en cada una de las páginas, de querer mostrarse, si bien usa las máscaras de unos actores que miran a la vida con un lirismo, en ocasiones lleno de aflicción, en otras mucho más ilusionante, como si, en este trabajo literario, existiese la necesidad de rescatar privadamente momentos, encuentros y despedidas que marcaron la propia biografía personal. Este hecho nos conduce a entender Las demás muertes como un testimonio personal porque lo autobiográfico es tangible, pese al juego de la ficción.

Se observa, por ejemplo, en "Aquel verano":

"Noches de reunirse bajo la luz mortecina de una farola y transitar junto al exiguo cauce que separa esta vida del enigmático mundo del más allá. Veladas de relatos de noches de Todos los Santos, de montes de ánimas, de lamentos de náufrago y ramas alborotadas por el ventarrón,  de sombras que cobran vida" (pág. 114).

Y, si no es autobiográfico, lo parece, así que ese juego de ficción gana más en esa falta de discernimiento entre lo que de verdad se vivió y aquello que Pepo Paz va introduciendo con matices significativamente compungidos o dichosos. Aforismos, fragmentos de prosa poética, una delicada manera de contemplar las cosas desde dentro hacia fuera, el intercambio continuo de primera y tercera persona nos reconducen a esa clase de biografía novelada, como se comprueba en "Transeúnte":

"Yo era joven entonces. Al menos esa era mi más íntima convicción,seguro de que el mundo y la ciudad cambiaban a mí alrededor,aunque de una forma tan imperceptible que de haber podido enunciar una teoría acerca de lo permanente, habría comenzado por mí mismo" (pág. 75)

Otra de las virtudes de Las demás muertes es el tratamiento del tiempo. Sabemos que Pepo Paz se refiere al pasado; las anécdotas rezuman vivencias pretéritas que quedaron a merced de la interpretación futura de la memoria.

Sin embargo, las atmósferas descritas le otorgan un carácter ucrónico, casi intemporal, que permite la identificación inmediata de lector con contexto y tiempo narrado. Hay universalidad en ese costumbrismo tibio que refleja Pepo Paz, como si temiese que el exceso de datos biográficos en los personajes o la descripción de objetos delatasen una prosa objetivista o intrascendente, lejos de esa apertura que provoca lo poético, la sencillez de lo poético, que es donde arraiga la sutilidad, su venerable polisemia.

Así se lee en "Mira la luz sobre el ángel":

"El cristal me devuelve, como la pantalla extinta de un televisor, la imagen doble de la vela en la habitación, desfalleciendo y volviendo a crecer; es mi recuerdo y la incertidumbre del mismo, los vértices de este rompecabezas sobre el que ir reconstruyendo el hueco de la escalera en penumbra, los escalones perfilando el hueso  de la torre como una espiral inacabable, los gritos de esa excursión de escolares que comienzan la ascensión, el chistar rotundo y femenino de la maestra, el eco del repentino silencio que se cuela hasta donde estoy y que parece suspender la vida por un instante". (págs. 59-60).

No he podido dejar de recordar durante su lectura a autores como Martín Gaite o el propio Aldecoa. Sin embargo, no hay una intención por parte de Pepo Paz de tomar referentes realistas en estos relatos, sino más bien tomar lo poético como espoleta de lo narrativo, quedando la obra a expensas de la interpretación enriquecedora de un lector que busca en la nostalgia una forma de auto-conocimiento.

Enhorabuena, Pepo.