Pena de muerte, una denuncia conmovedoramente magistral

Fotograma de una de las secuencias finales de la película Pena de muerte
Fotograma de una de las secuencias finales de la película Pena de muerte.

Tim Robbins intenta forzar su mirada hacia una objetividad que incluya perspectivas diferentes, y no caer en la omisión de los rasgos más abyectos del ajusticiado.

Pena de muerte, una denuncia conmovedoramente magistral

Pena de muerte (1995, Tim Robbins) es un excelente planteamiento cinematográfico de una de esas cuestiones morales importantes que atañen a nuestro ordenamiento social. Cuando una película toca un tema tan controvertible, como es el de la pena de muerte, se expone a ser juzgada por criterios más ideológicos que artísticos. Y, en efecto, aquí Tim Robbins nunca podrá escapar de ambos juicios, y es muy consciente de ello. Si bien su posición en este asunto es clara, sabe que no puede ni debe expresar ese mensaje de un modo maniqueísta e inequívoco. Por eso intenta forzar su mirada hacia una objetividad que incluya perspectivas diferentes, y no caer en la omisión de los rasgos más abyectos del ajusticiado.

En lo que se refiere al juicio artístico, se sirve de una serie de elementos con los que sale muy bien parado. Para empezar, las excepcionales interpretaciones de Susan Sarandon y Sean Penn. Como siempre, me quedo más impresionado con la de la actriz, que en este caso rebosa una conmocionada humanidad que no requiere siquiera de una ostensible gesticulación para que nos sintamos penetrados por ella, aunque sí de un maquillaje propicio. Se da el caso de que ese año ganó el Óscar, quiero pensar que en reñida pugna con la maravillosa Meryl Streep de Los puentes de Madison. Otro de los valores de la película es esa magnífica forma de rodar las distintas escenas, especialmente las de los intensísimos encuentros entre la monja y el reo, casi siempre en un solo plano que los incluye de distintas maneras, a través de reflejos en el cristal, o en la borrosidad de las desenfocadas rejas o celosías.

Elementos emotivos

En cuanto al planteamiento de la historia, no podría decir si resulta del todo fiel al relato en el que se basa, el de la monja protagonista de la historia, Helen Prejean, activista contra la pena de muerte, que narró, en un libro de igual título al de la película —el Dead man walking original—, su experiencia de apoyo espiritual a distintos condenados en el corredor de la muerte. Es de suponer que la película aunara y explotara al máximo los elementos emotivos, porque es eso con lo que nos encontramos en ella: en todo momento, un tono de encendida conmoción.

Matthew Poncelet, el personaje interpretado muy convincentemente por Sean Penn, no es precisamente una víctima inocente, aunque una víctima culpable sí tal vez lo sea, en el sentido de que el precio que va a pagar por su salvajismo rebasa las atribuciones humanas. Esto último es lo que denuncia en sus últimas palabras: la visceral o fría supresión de otra vida, que siempre es condenable, ya sea propiciada por un ciudadano particular o por el cobarde anonimato del estado.

Helen Prejean es una mujer, de buena familia, que desde pequeña sintió inclinaciones solidarias finalmente conducidas por la vía religiosa. Es una monja católica que no viste hábito, que dedica su día a día a darles, a los desasistidos niños negros de su comunidad, educación, sostenimiento, afectividad. Es una labor gratificante e incuestionada, que, desde su discreción, apenas choca con la sociedad americana de los años noventa. Pero, ponerse a apoyar a un condenado por hechos tan terribles, la pone en el punto de mira mediático, ante la incomprensión de muchos que se reafirman cuando ven como, además, ese hombre no reconoce su crimen, sino que añade a su odiosa personalidad declaraciones a favor del terrorismo y de los nazis.

Enfermos de rencor

Desde diferentes ámbitos, Helen percibe el claro reproche a ese soporte moral en el que se ha empeñado. No lo ve bien su madre, aunque lo acepta. Le choca al capellán de la prisión, que prefiere evitar implicarse en esos problemáticos dramas. Pero, por supuesto, quienes menos lo comprenden son los padres de esos adolescentes asesinados, que le censuran esa atención a un monstruoso asesino y el olvido de las víctimas verdaderas, que son ellos. Ella intenta reparar ese desequilibrio, pero no es fácil. Esos padres destrozados por la ausencia de sus hijos, pero también enfermos de rencor, arrasados por la sed de venganza, no la admiten si no demuestra que está plenamente de su lado y, consiguientemente, en absoluto de la otra parte. Pero ella no está dispuesta a admitir esa empobrecedora parcialidad. Todos merecen ser salvados de su propio odio.

El caso de los padres del chico es distinto. El matrimonio se rompe por el lado de la madre, que abandona el domicilio familiar. Es otra de las secuelas de la pérdida de un hijo, parte del interminable daño infligido por unos hombres que, en una noche, en un bosque, demostraron no ser tales, sino una concentración de cobarde maldad que les indujo a apoderarse del cuerpo de una joven, y luego de su vida y de la de su pareja. Pero ese padre doblemente dolorido, por la pérdida de su hija y el alejamiento de su mujer, con dificultad, con mucha resistencia, finalmente comprenderá que la única forma de salvarse es intentando superar el odio que lo corroe, y para ello se dejará ayudar por esa monja a la que, más tarde, tras una primera reacción visceral, aceptará su apasionada postura, la propuesta de un amor total, sin discriminaciones, sin desesperanzas, un amor sanador del alma, de esa parte esencial del ser que muchas veces hay que encontrar escarbando en la inmundicia de las actitudes y los hechos.

La cotidianidad de una prisión

Una de las virtudes de la película es su eficacia a la hora de introducirnos en la cotidianidad de una prisión, de un mundo en el que se tramitan problemáticas apartadas del trasiego general, en el que, como en un hospital, las horas se someten a un ritmo distinto, pero que, a diferencia de allí, aquí no hay una prisa por curar, sino resolución de mortal venganza. Está muy bien reflejado ese entorno de policías, de funcionarios indiferentes a la inminencia de un evitable y abrupto término de una vida. Helen mira alrededor y se siente extremadamente sola. O, en algún momento, terriblemente angustiada, como cuando no aguanta más el espectáculo de la cruel indiferencia, y corre hacia los aseos para poder alzar su voz: “¡Oh Dios, ayúdame! ¡Este lugar es aterrador! ¡Ayúdale a ser fuerte, ayúdame a mí!” Y entonces, sin que ella la note, vemos detrás a la enfermera, a la mujer que luego implantará la vía en la vena del reo, el conducto de la sustancia letal. La mira y no dice nada. Quiere pasar desapercibida, seguir, sin que se despierten sus dudas, inmersa en su disculpado cumplimiento criminal. 

Otra de las escenas que, por su extrema verosimilitud, me impresionan, es aquella situada en la tarde previa a la ejecución, en la que se le concede a Matt la visita de su familia. Ahí están, distanciados por el reglamento, vigilados por numerosos policías, su madre y sus hermanos; y Helen, que ahora adopta un papel silencioso, una tierna y dolorosa contemplación sin injerencia. Es una situación difícil. Es una despedida para siempre. ¿Qué se puede decir entonces? Sin intimidad, no es posible la confesión, no es factible una abierta efusividad. Se intenta ser agradable, dejar un poso de amable presencia en ese momento que se sabe resultará indeleble para la familia, definitivo para Matthew, que no está enfermo, que no va a ingresar en un quirófano para una operación a vida o muerte, sino que va a ser sometido a una aplicación médica testada para no fallar, para provocar el fin de su existencia; eso sí, con esa tétrica conmiseración, la de evitarle un último e insolente dolor.

Son minutos definitivos. Matt tiene una última oportunidad, una llamada telefónica a su familia.  Entonces, habla con sus hermanos, con su madre, o llora con ellos. “Me he dejado llevar, le he dicho a mi madre que la quería”, le dirá a Helen. No puede verla sufrir, a ella, que siempre ha adivinado lo que le pasó, a su buen hijo, que se dejó arrastrar por su compinche de fechorías. En esos últimos momentos, Helen, sin forzarla, con su sigiloso amor, trata de extraer de Matt una confesión, el arrepentimiento, una definitiva reconciliación consigo mismo y con el mundo. No es fácil. Empieza por gritar el odio que siente por los padres de sus víctimas, y acaba culpando de su mal a todo lo que lo ha conducido hasta allí. Pero acaba reconociendo que había seguido a Vitello. Finalmente, se hace paso en él la confesión: mató al chico, violó a la chica. Pero su cómplice, el asesino de la joven, tuvo acceso a un mejor abogado, y por eso no morirá tan prematuramente como él, en el terrorífico minuto insalvable.   

Lo que Helen estaba esperando

“Cuando apagaron las luces anoche, me arrodillé y recé por esos chicos”. Es lo que Helen estaba esperando. Lo escucha, le habla, con una caricia en las palabras, que no se admite, pero que el reglamento no ha previsto impedir. Con una mezcla de dureza y levedad con la que calmar su dolor, le dice: “Hiciste algo horrible, pero ahora tienes dignidad. Eso no te lo quitará nadie”. “Eres un hijo de Dios”. Tal vez esté pensando en ese incomprensible Dios que, a pesar de todo, lo sigue, a pesar de que permita la crueldad, de que se abstenga de intervenir en lo terriblemente errado. “Solo espero que mi muerte alivie un poco a esos padres”. “Sabe, yo nunca he sentido amor de verdad”. “Gracias por quererme”. Son las palabras en las que aflora un ser posible, ya malogrado. Y ahora, en ese irremisible tránsito final, su llanto desbordándose, el que antes había bloqueado con su recalcitrante rabia.

“Oye, quiero que lo último que veas en este mundo sea el rostro del amor. Así que mírame cuando te hagan eso”, le dice Hellen. Y él no se olvida de hacerlo cuando, maniatado en la camilla, faltan segundos para que pierda definitivamente la conciencia. Allí están los padres de las víctimas. Sus últimas palabras han sido para ellos. “Sr. Delacroix, no quiero marcharme de este mundo con odio en el corazón. Le pido perdón”. Y a los padres de la chica (¡Qué aborrecible resulta el odio de los demás, por muy justificado que parezca! El de ese hombre que, antes de que se dirija a él, no puede dejar de morder sus palabras, de decir: “Y a nosotros, ¿qué?”): “Espero que mi muerte alivie su dolor”, tiene que oír, tal vez contrariado en su vesania. La labor de Helen ha resultado en buena parte eficaz. Al menos, en el reo, al que ha ayudado a deshacerse del lastre de la mentira, y lo ha conducido hasta el alivio de la ecuanimidad. Y al padre del chico, al que lentamente se le podrá recuperar para la paz.

El espectáculo entra en su recta definitiva. Los padres han querido estar ahí, creyendo que vivir ese momento, nutrirse de la nítida comprobación del dolor de ese hombre, reparará en algo el que sienten por la pérdida de sus hijos. Helen también ocupa una silla en esa macabra platea, pero para emitir un último gesto de amor, de solidaridad, un brazo alzado que intenta, al menos, la salvación espiritual, la única permitida, porque nadie cree en ella. Se pone en marcha la asepsia del asesino mecanismo. Se acaba con una vida más, que se añade a la de las víctimas. Se superponen las terribles imágenes, las de aquel crimen absolutamente aberrante y el que ahora, bajo la apariencia del orden y de la licitud moral, impunemente se está cometiendo. @mundiario

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