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Ordesa o escribir sobre la destrucción y la belleza del color amarillo

"Todo mi pasado se hundió cuando mi madre hizo lo mismo que mi padre: morirse", escribe Manuel Vilas.

Ordesa o escribir sobre la destrucción y la belleza del color amarillo
Ordesa, de Manuel Vilas./ prhgespeakers.com
Ordesa, de Manuel Vilas./ prhgespeakers.com

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Manuel García Pérez

Manuel García Pérez

El autor, MANUEL GARCÍA PÉREZ, es doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Murcia y licenciado en Antropología por la UNED. Premio Nacional Fin de Carrera, fue coordinador del área de Sociedad y Cultura de MUNDIARIO, donde actualmente es columnista y crítico literario. Docente, investigador y escritor de narrativa juvenil, su última obra es el poemario Luz de los escombros. @mundiario

Soy docente, como lo fue Manuel Vilas, y mi padre murió a los 56 de la misma enfermedad que el padre del autor. Tengo unas breves memorias sobre lo que ha significado la tutela paterna en mi vida, que seguramente nunca vean la luz.

La identificación con la obra de Vilas estaba servida y he de reconocer que Ordesa tiene esas virtudes y defectos que hacen que un texto literario se alabe y se odie al mismo tiempo.

Desde la publicación del nuevo trabajo de Vilas, la crítica fue unánime, flores a María; como si hubiese miedo a herir a Vilas, a meterse con Vilas, a meterse con un maldito.

Pero Vilas no es un maldito. Le publica Alfaguara, joder.

Lo grande de este autor es que juega a ser maldito y algo así es adictivo e hipnótico para cualquier lector avezado.

Hay momentos sublimes en Ordesa, frases de una contundencia salmódica que estremecen, que te aniquilan, que te ponen los pies en la tierra. La enfermedad de los otros, lo sé, peca de esa bendita y desgraciada poesía.

Lo que más me ha gustado de este trabajo es que no se ceba con la morbosidad del cáncer, de su castigo, de su amarillo, sino que la destrucción del padre es la destrucción del hijo, la exégesis de la vida del propio autor. Vilas logra que las derrotas personales se conviertan en heroicidades, que la ruina personal y la ruina colectiva sean un triunfo a largo plazo, una necesidad estética para comprender mejor los tiempos apocalípticos en los que vivimos, al amparo de la indiferencia hacia el otro, de la adicción al PRIMARK y de una agnosia ideológica que nos ha vuelto rebaño de merinas.

El retrato costumbrista de la Transición a través de los bares, excursiones de domingo y marcas de coche es deliciosa. Además, ese carácter anárquico y caótico de los capítulos es un rasgo que el lector agradece y que el mismo Vilas justifica; una estructura similar a los recuerdos que uno deforma y modela según sus intereses y sus fracasos.

Hay mucho de España en este libro, es un libro nacional, un libro que reivindica la dignidad y la nobleza de los hombres que trabajaron de verdad, no como nosotros, más pijos, más frustrados, más televisivos y con ínfulas de influencer.

Ordesa habla de una España que se niega, de una España que vivió tal y como le ordenó el Opus, Franco y los socialistas de cazadora y franela.

Ordesa habla de una España que no quiere ver Podemos ni los independentistas, la España obrera que votaba a Suárez, la España de los ensanches, la España de las fábricas donde las mujeres trabajaban en negro, la España de La gran familia, la España neorrealista, la España del Ducados y el Gitanes, la España de Módulos y Juan Pardo, la España de Espinete, la España que, con el catolicismo como estigma, fue la más socialista que se recuerde.

Vilas tiene el don de convertir en proeza la anécdota. Fascinante capítulo el que dedica al supermercado DIA. El lenguaje de Ordesa, como en anteriores obras que he reseñado del mismo autor, es automático, está interiorizado, y algo así no es fácil.

Pero Vilas tiene un problema en Ordesa y en otras de sus novelas, y es que ese lenguaje Umbral y Cela ya lo inventaron.

Pero no hay que tomárselo a mal, sino todo lo contrario. Vilas es discípulo de esa generación de autores que hicieron del lenguaje una manifestación iconoclasta del mundo y de ellos mismos.

Y Ordesa lo consigue, aunque llega un momento en que el ritmo de la crónica se para.

Hay un empeño irracional en estos últimos años de alargar las obras innecesariamente. Se me escapan los motivos. (A partir de la página 236).

Y, en Ordesa, el rubor, el entusiasmo y la ansiedad expectante con la que yo devoraba cada capítulo se tornó de repente en estancamiento, como si las estructuras, las anécdotas y el propio lenguaje se repitieran una y otra vez.

Y dejé el libro varios días.

Luego lo retomé, pero ya no fue Ordesa. Eché de menos la España de la Transición y al padre. Los poemas finales, algunos hermanados con los de El hundimiento, no me supieron a coda, ni a desenlace fatal.

Ahora bien, Ordesa es una obra que se acerca de manera visceral a esa pedagogía del dolor y de la enfermedad que tantas veces es necesaria para saber la jodida suerte que tenemos. Es una obra con huella, con intención de quebrarnos por dentro. Y lo consigue en más de una ocasión. Ordesa es esa manera de contemplar la vida con la sensación de no haber perdido 18 euros al comprar una novela.

Menos mal. Goodnight, ladies.