Nomadland: entrando en el alma de una mujer golpeada

La actriz Frances McDormand en un fotograma de la película Nomadland.
La actriz Frances McDormand en un fotograma de la película Nomadland. / Productora.

La profundidad poética de Nomadland requiere de espectadores sensibles, despiertos, de mirada empática y amplitud de corazón. Celebremos la existencia de esta bella, emotiva, profunda y singular obra. 

Nomadland: entrando en el alma de una mujer golpeada

Nomadland (2020), de la directora de origen chino Chloé Zhao, ha sido la última película ganadora de un Óscar. Solo por este hecho, por representar a un premio que hace de reclamo a un público más general, advenedizo ante obras más singulares y arriesgadas como esta, puedo intentar comprender las críticas demoledoras de muchos de los usuarios de la página web Filmaffinity. Lo que se espera de una película digna de ese galardón es otra cosa distinta, más convencional, que exija menos del espectador y le regale un producto prácticamente masticado. Y Nomadland no está hecha de la explicitud requerida por algunos sino de una historia abierta a las sensaciones más inaprensibles, a la compleja definición de unos sentimientos suscitados por la deriva que impone lo trágico. 

Si bien, en sus paisajes y personajes, es una película inequívocamente americana, y también un documento sobre un minoritario sector de su población, encuentro en su lenguaje una mirada muy activa y nerviosa, como la de los daneses directores del grupo Dogma 95, con aquellas tomas a pie que intentaban sorprender la vida oculta de los personajes, lo significativo en sus gestos más involuntarios. Aunque es cierto, como han apuntado algunos, que también la mirada de Zhao tiene cierto parentesco con el cine de Terence Malick, con esa posición que intenta sorprender lo trascendental, la Vida, con mayúsculas, mostrada a través del hondo y universal dramatismo acaecido en unos personajes concretos. Pero la ambición filosófica aquí se detiene en la adherencia a una protagonista muy predominante, a su muy personal inserción en el duro acontecer que le ha tocado. 

Esta historia se nos presenta, sobre todo, a través de los ojos y de los gestos de una mujer madura, Fern, que intenta resistir el acumulativo golpe de la muerte de su marido y el cierre de la empresa en la que trabajaba, así como del pueblo sustentado por esa actividad. Estamos ante una mujer mayoritariamente taciturna y solitaria. Este aspecto de su personalidad requiere de una gran calidad expresiva por parte de la actriz, y Frances McDormand cumple maravillosamente su cometido. Son innumerables, profundos, enigmáticos, los diversos registros de su rostro. Nos transmite así, sin palabras, una aproximación emocional a sus nacientes pensamientos cuyo detonante original conocemos a partir de las pocas pistas que se nos dan. Y es que el método narrativo se basa aquí en la elocuencia de lo fragmentario, en una contenida explicitud, en la sutil búsqueda del pequeño gesto o frase que pueda ser hilvanada, construyendo así un continuo de detalles relevantes, una configuración de nociones acerca del personaje principal, del revuelco que ha sufrido y la naturaleza que ausculta para no perderse. 

En cada imagen hallamos la transcripción de una pérdida, un retazo de la desolación, la huella de un abandono forzoso, la esencia de una rebeldía que arguye un escaso y desmembrado resarcimiento. El escenario es una naturaleza amplia, desierta, duramente acogedora. Y se suceden los momentos poéticos, el atesoramiento de sensaciones que la protagonista comparte con nosotros. La contemplación de los animales salvajes, los crepúsculos, las olas buscando los acantilados, las piedras desnudas o valiosas, el pacificador baño de ella desnuda en un remanso del río, cada parte del paisaje como reflejo, como transido gran recoveco de una gran y buscada soledad. 

Fern es una mujer ya desprovista de todo artificio. Su desaliño personal, la renuncia a cualquier maquillaje, le sirven para expresar aún mejor la pugna por abrirse paso hasta alcanzar una diafanidad que emule a la de los vastos panoramas en los que se zambulle. Su rostro deslustrado y su mirada extraviada aplazan cualquier definitiva incomprensión, pero arrastran el peso de su historia. Es capaz de la alegría compartida y de la solidaridad, pero, en cuanto puede, se busca sola en su vida. Unas veces, en sus incursiones por los grandes espacios; y otras, por la noche, en el refugio de su furgoneta. Es la indagación de un infinito silencio, a la espera de que, en cualquier momento, en un descuido, este le pueda hablar; o la búsqueda del escaso ámbito que la protege, que la viste contra la intemperie de una imposible familiaridad. 

 

Nomadland.

La actriz Frances McDormand en un fotograma de la película Nomadland. / Productora. 

 

Y es que, en las dos ocasiones en que es invitada a pernoctar en una acogedora y amplia casa, se siente incómoda, insomne de extrañeza, de rebelión contra esa forma de vida que nunca podrá ser suya ya. Su hogar es ese rodante espacio cerrado que la lleva donde ella quiere. Por las noches, bajo el farolillo colgado en el techo, acariciada por el sonido de una nostálgica canción, se recrea viendo antiguas fotografías familiares, y entonces su rostro logra abrirse en una extemporánea sonrisa. Siente que aún permanece una profunda y secreta conexión con los hitos de un trayecto que se truncó trágicamente y la dejó desarbolada. Se detiene en la foto de su joven marido. Su rostro mezcla el conato de gestos contradictorios que van de la sonrisa al llanto pasando por una difícil absolución.  

Nomadland, una crítica a la sociedad que no socorre a sus ciudadanos 

Fern trata de combatir el desarraigo al que ha sido lanzada. Se junta con otros nómadas que forman una comunidad, que tienen incluso un gurú, un hombre dañado por el suicidio de su hijo y que intenta fortalecer su desvalida posición en el mundo y la de los demás. Se deja querer por ese acogimiento, pero no le borra la extrañeza, no puede integrarse plenamente en esa comunión. Se entrega a la errancia, aunque quiere trabajar; porque le gusta, dice, rechazando la mísera pensión que se le ofrece. Su mirada es triste, pero receptora de los demás, de los que la quieren ayudar. Aunque sabe que apenas le pueden aportar algo más que una encomiable voluntad y un tierno afecto. Y su mirada es también incrédula, pero no derrotista. No acepta una pose paralizadora, sino que quisiera sucumbir en un tránsito explorador de mundos más bellos, sentir su cercanía, vivirlos muy adentro, eso tan difícil, la plena confluencia entre lo de afuera y el ser interior.   

La película es también una crítica a una sociedad que no socorre a sus ciudadanos en los momentos de crisis. Son los desposeídos, los apartados sin piedad, y que no han tenido más remedio que reinventarse, que huir hacia una versión menos sólida de sí mismos. Y hay diversos momentos documentales, en los que se les da voz a unos actores no profesionales que se interpretan a sí mismos. Así, el de esa mujer condenada por un cáncer, que repasa su vida, y describe las cosas buenas por las que ha merecido la pena vivir, las maravillas que ha visto (esa idea de la vida como ventana que a uno le han regalado para contemplar el mundo, el privilegio de su contemplación como sagrada acción de vida). 

El rostro de Fern es el de la mayoritaria tristeza, la de una malparada joven vejez, pero que guarda también la capacidad para el recurso de un entusiasmo infantil ante el regalo de la asombrosa naturaleza, o ante conseguidos momentos de iluminadora amistad. A través de la confidencia que le hace su hermana, sabemos que, desde pequeña, fue una persona excéntrica, pero más valiente y sincera que cualquier otra. “Tú me entendías antes que yo. Me hubiera gustado tenerte todos estos años”, le dice. “Eso es culpa mía”, le contesta Fern. Pero ha de seguir su camino, tampoco esta vez se anclará en alguien por muy amado o grato que sea. Tampoco ante ese hombre que parece estar enamorado de ella, pero que no osa pronunciarlo, pues se da cuenta de lo irreductible de su terca soledad, la que necesita para reencontrarse en ese más allá de sí misma al que ha sido condenada. 

La profundidad poética de Nomadland requiere de espectadores sensibles, despiertos, de mirada empática y amplitud de corazón. Celebremos la existencia de esta bella, emotiva, profunda y singular obra nacida de un terrible año pandémico. @mundiario 

 

 

 

 

Nomadland: entrando en el alma de una mujer golpeada
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