Ningún verso ha detenido un asesinato

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Representación del purgatorio. / RR SS

Ninguna sociedad anterior se había visto reflejada en streaming en la palma de su mano. Es un horror observarnos a nosotros mismos y ver de qué hemos sido capaces. Con justa razón nos merecíamos vivir en este purgatorio.

Ningún verso ha detenido un asesinato

Se cumplen dos años desde que el Estado Islámico destruyera la ciudad del impero Parto de Harta, este fue uno más de los símbolos que en recientes años hemos observado caer en manos de fanáticos religiosos en zonas de conflicto, de esa misma manera hemos visto cómo los símbolos de las sociedades de nuestros antepasados se han tambaleado con la llegada del nuevo siglo; para Zygmunt Bauman hoy somos sociedades líquidas: la globalización, los medios de comunicación y el neoliberalismo son solo algunas de las variables que definen el siglo de la tecnología, privilegio y castigo de esta generación que ha sido testigo de la transición de dos centurias.

A mediados del siglo XX nadie podía creer que en la Europa civilizada pudieran existir los campos de exterminio; en estos días, con solo prender nuestro ordenador podemos ver las imágenes de encapuchados cortando lentamente la garganta de un hombre. Ninguna sociedad anterior se había visto reflejada en streaming en la palma de su mano. Es un horror observarnos a nosotros mismos y ver de qué hemos sido capaces. Con justa razón nos merecíamos vivir en este purgatorio.

Es un hecho irrefutable que somos la generación más informada  desde el invento de la imprenta, pero también la más ignorante, miles de imágenes nos atropellan a través de nuestro móvil desde que suena nuestra alarma hasta que volvemos al hogar, es tal la vorágine de información que ni siquiera podemos digerirla, eso origina que muchas veces nos informemos con datos falsos o carentes de sustento.

Ante esta nueva realidad es importante observar nuestro entorno y tratar de reflexionar cómo podemos reordenar nuestras sociedades, y para ello creo que no hay ningún hilo negro, en mi opinión, simplemente debemos buscar y enfocarnos en lo que nos constituye como seres humanos dentro de una sociedad; poner todas nuestras energías en incentivar la identidad del hombre y cómo esperamos que éste se comporte e interactúe con el otro dentro de veinte, cuarenta o sesenta años, para ello debemos enfocarnos sobre la cultura y su patrimonio: aquello que define y reconoce a los seres humanos dentro de su hábitat.

Dice Amartya Sen, en su ensayo titulado ¿Cómo importa la cultura?, que los sociólogos, antropólogos e historiadores han hecho reiterados comentarios sobre la tendencia de los economistas a no prestar suficiente atención a la cultura cuando investigan el funcionamiento de las sociedades en general y el proceso de desarrollo en particular, olvidan la importancia de incentivar la cultura como bien intangible en el mundo desbocado que nos encontramos, se enfocan en datos y olvidan que los datos tienen rostros y nombre; solo con voltear atrás podemos ver la cantidad de gobiernos que se han olvidado del desarrollo y se han enfocado en el crecimiento de las sociedades, todo esto pasaba al tiempo que las brechas salariales aumentaban, la pobreza se acrecentaba y las libertades se coartaban. El cauce de los  errores de  la economía  y política  a nivel mundial nos han llevado a vivir en un estado de inseguridad e incertidumbre. Nos encontramos en medio de un interminable letargo. 

Coincido con George Steiner cuando escribe en su texto, Los libros que nunca he escrito: si los seres humanos son proclives a despertar siendo semidioses y titanes, están igualmente en peligro de despertar siendo cucarachas. No es casual que la parábola de Kafka, quizá más que ninguna otra, haya venido a constituirse en emblema de nuestra inestable condición. Por cada refugiado o fallecido en el mundo, retrocedemos en la especie. Cada nuevo acto de sangre y frialdad me hace cuestionar que tanto somos más sapiens que las cucarachas.

 

Hoy nadie duda de la importancia de la cultura como impulsora del desarrollo y la cohesión social; sin embargo, muchos escépticos podrían decir que hay otras prioridades en las agendas y presupuestos anuales, incluso podrían atreverse a decir que ningún verso ha detenido un asesinato. Es cierto que muchas de las grandes obras fueron creadas al tiempo que los autores escuchaban el sonido de los cascos de caballos que llevaban sobre sus lomos a hombres que se dirigían a cometer atrocidades en nombre del progreso; pero debemos entender la cultura como una delta fluvial que se divide en múltiples brazos, formando canales que en lugar de transportar sedimentos, llevan conocimiento y que al final del cauce se une a la inmensidad del mar, así que esas obras, llámese la expresión artística que se quiera llamar, se encuentran en un gran cause que sin dudar terminará introduciéndose en las sociedades y podrán influir en el pensamiento y actos de aquellos que se decantan por la fuerza de la razón en un mundo donde parece que todo se mide por la fuerza del dinero.

Entonces, ante nuestra frágil condición como sociedades, debemos exigir más que nunca a los gobiernos que la cultura se encuentre en las prioridades de las agendas, y así como el suero de La Peste sea un remedio para atenuar nuestra inestable realidad.

Por lo que puedo ver a la distancia, los actos terroristas no se van a detener pronto, más monumentos caerán en nombre de los Dioses y niños seguirán disparando en las escuelas como reflejo de su entorno. Lo único que me reconforta y me da esperanza, es que si Paul Celan pudo llegar a la apoteosis a la sombra de la Shoá, la especie humana aún tiene esperanzas. @mundiario

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