La naturaleza como actor en Las efímeras, de Pilar Adón
Leo Las efímeras y percibo una diferencia clave respecto al resto de narrativas de Pilar Adón. La naturaleza envolvente de los bosques, agreste en ocasiones, deja de ser contexto para convertirse en un personaje más de la novela, acechante, que engulle y atraviesa la carne de unos personajes a los que vivifica unas veces, pero otras consume con tenacidad, lentamente, hasta el final de la obra.
En Las efímeras (Galaxia Gutenberg), la naturaleza ya no se contempla como un espacio eminentemente determinista. A diferencia de De bestias y aves, en esta obra, trasciende esa condición tan propia del Naturalismo. Nunca había tratado Adón la vegetación y los senderos de una forma tan absorbente y claustrofóbica, materializándose en pura depredación. En sus cuentos, esa naturaleza entra en las habitaciones, penetra los sentidos, dota de verosimilitud el envilecimiento y la locura de las acciones, redefiniendo las amenazas del exterior.
Aquí, por el contrario, son su voracidad, su hiriente redundancia allá donde van y una otra vez los personajes, su facilidad para ocultar al enemigo y su cualidad de cárcel en potencia las que intervienen, reificando a los sujetos de los que desconocemos sus intenciones últimas. No sabemos si tratan de escapar de una comunidad condenada a permanecer en ese propio espacio versátil, proteico, imponente y hostil, buscando en el trueque y en su propia economía de subsistencia una manera de estar en el mundo. Dos hermanas, una estirpe rota, hombres que juegan a la ambigüedad de la dominación y la caridad, los pozos, las casas cerradas, los almacenes y los animales, que acusan la violencia de quien los sorprende, son algunos de esos motivos temáticos recurrentes que vuelven a frecuentar la escritura de Adón en esta novela.
Sin embargo, considero que es la obra donde es más tangible esa atmósfera distópica, ese horizonte de incertidumbre donde el secuestro y el homicidio recrudecen la resignificación de la naturaleza como un motor inmóvil que subyace, con virulencia, en cada acción y diálogo. Por esta razón, el lenguaje en esta novela adquiere unos visos de barroquismo que, al final de la novela, consigue ser más que desasosegante, incrementando la ansiedad que al inicio de la novela transcurre como una intriga que recuerda a Las hermanas Bunner, de Warthon, o a Las Diabólicas, de Clouzot.
La tensión psicológica que Adón establece entre dos hermanas es el detonante de un ansia de libertad, donde el lector no sabe decidir quién obra por el bien o quién lo hace moviéndose por el mal. No hay héroes, ni antihéroes; solamente la extrañeza de saber que estamos ante sujetos que se comportan impulsados por instintos atávicos. La violencia sigue ahí como un estigma imborrable. Las efímeras no se aleja del cainismo, pues el Paraíso que presupone la naturaleza en la que se refugian los protagonistas es una mera alucinación.
Porque aquí el Paraíso es este territorio enemigo, que encarcerla, cambiante, y que empoza. "Infierno" en latín significaba aquello que proviene de "inferus", de abajo, de la mismidad que se resiste al bien. @mundiario