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MUNDIARIO

"Las musas también traen el desasosiego", confiesa María Engracia Sigüenza

“Una vez que lanzas al mundo un poema y alguien lo interpreta, te das cuenta de que siempre ha estado vivo, presto a transformarse", afirma la autora de El fuego del mar.

"Las musas también traen el desasosiego", confiesa María Engracia Sigüenza
Portada del poemario de María Engracia Sigüenza./ Celesta
Portada del poemario de María Engracia Sigüenza./ Celesta

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Ada Soriano

Ada Soriano

La autora, ADA SORIANO (Orihuela, 1963), es poeta y escritora. Es codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista socio-cultural La Lucerna, así como del periódico MUNDIARIO. Es autora de seis libros de poesía y uno de entrevistas. @mundiario

Llega a mis manos El fuego del mar, (Editorial Celesta, Madrid, 2018) de María Engracia Sigüenza Pacheco, prologado por José Luis Zerón Huguet, con quien la autora mantiene una entrañable amistad. A pesar de que es su primer poemario publicado, me consta que María Engracia escribe desde hace años y puedo afirmar, tras haber leído este libro con verdadero interés, que una cosa es segura: sus poemas no aburren porque hay en ellos pasión, sensualidad, devoción y empeño. Y es que El fuego del mar es un poemario apasionado, repleto de imágenes y metáforas muy logradas.

“Hay llamas que ni con el mar”, escribió Ignacio Cano para la célebre canción de Mecano que lleva por título El 7 de septiembre.

--María Engracia, observo en tu poemario, especialmente en la segunda sección, que rindes homenaje a la mujer.

--Soy totalmente consciente de la invisibilidad que ha sufrido la mujer a lo largo de la historia en todos los ámbitos y, por supuesto, también en los altares del arte y la cultura. De hecho, se nos sigue ninguneando en los museos del mundo y en los grandes premios literarios (las mujeres solo representan el 5% de los Nobel y el Cervantes solo lo han recibido 4 frente a 36 hombres). Por eso, y porque soy una buscadora a la que le encanta indagar y descubrir tesoros más o menos ocultos, me he preocupado de leer a escritoras. Me resultó muy fácil llegar a los escritores que he admirado siempre; eran los recomendados en cualquier libro de texto o crítica literaria. Crecí leyendo a Dostoyevski, Tolstói, Victor Hugo, Stendhal, Camus, Cortázar, Kafka, Cortázar, Poe, Baudelaire, Rilke, Whitman, Paz, Lorca, Hernández, por citar algunos de mis favoritos. En cambio a ellas: Woolf, Dickinson, Flannery  O´Connor, Elena Garro, K. Mansfield,  Lispector, Beauvoir, las hermanas Brontë, Rhys, Austen, y tantas otras, las fui descubriendo por mi cuenta después de un proceso más costoso,  y caí tan rendida a los pies de todas que, llegar a las sucesoras, fue un proceso mucho más fácil.

Las que aparecen en mi libro, y a ti te incluyo, me han ayudado de una u otra forma a construir el poemario, al igual que los escritores que menciono. Que, finalmente, ellas ocupen más espacio, me encanta. Es una especie de justicia poética, un ejercicio espontáneo de sororidad y agradecimiento. Dos ejemplos concretos son los poemas Edith y Pasífae habla; en ellos he querido dar voz a dos mujeres (Edith: la mujer de Lot bíblica y Pasífae: la mujer del rey de Creta y madre del Minotauro), para que a través de mis versos pudieran rebelarse de un destino marcado por los hombres.

--Aunque El fuego del mar es un libro esencialmente vitalista y sensorial, aparece constantemente la muerte como contrapeso. De hecho, está dedicado a la memoria de tu padre.

--Siempre he sido una persona pasional y vitalista y, a medida que el tiempo pasa, estas características se acentúan. Curiosamente, pienso que esta vitalidad nace de las dos fuerzas, aparentemente contrapuestas, que rigen mi vida: el Amor y la Muerte.

 Y efectivamente del amor a mi padre, de su recuerdo y también del dolor de su prematura muerte, brota una parte muy importante de mi fuerza, de mi vitalismo.

Dos rasgos que definen mi estilo poético son las imágenes (telúricas y cósmicas, artísticas y mitológicas) y las paradojas. Quizá porque veo con claridad que nuestro mundo está formado por fuerzas contradictorias que se complementan. Todo lo que existe tiene su contrario, su contrapunto, y en este orden de cosas la muerte es la gran paradoja porque también es generadora de vida.

Cuando pienso en la muerte nace en mi interior un amor a la vida arrebatador; es entonces cuando realmente tomo conciencia del milagro de vivir. Por eso este sentimiento tan fuerte, esta paradoja tan potente, está siempre presente en mi obra, y en este libro ha dado lugar a muchos poemas, sobre todo en la última parte:  La mirada de Cronos, pero también en las otras dos:  El espíritu de Gea y Atenea y las Musas.  

--La mitología está muy presente en tu obra. En mi opinión, supone una enriquecedora aportación metafórica.

--Me atrae desde siempre. No sé cuándo empezó en mí ese interés, pero fue muy tempranamente. Primero, leyendo La Ilíada y La Odisea, La Eneida, La metamorfosis de Ovidio, etc.; después, las tragedias de Sófocles y Eurípides y a los poetas latinos. Por supuesto, aprendí a amar el mundo griego estudiando filosofía.

Lo cierto es que pronto descubrí que la mitología está presente en todas las artes y disciplinas. Cuando viajas te das cuenta, cada vez que visitas un monumento arqueológico, un museo o a una galería de arte, que todos los artistas se han inspirado y se siguen inspirando en ella.

Creo que la mitología es un mundo fascinante e infinito, creatividad en estado puro; la muestra más clara de que la humanidad siempre ha necesitado la imaginación para sobrevivir.

Aunque obviamente he profundizado mucho más en la grecolatina, que es la que ha conformado nuestra civilización, la que está en nuestros orígenes y la que me ayuda a expresar multitud de inquietudes y sentimientos, lo cierto es que me interesa la mitología en general. Creo que, además de fuente de inspiración, nos ayuda a conocernos y a unirnos como especie.

--En el poema titulado El mundo, que dedicas a Emily Dickinson, es la poeta la que habla. ¿Cómo surgió este acontecimiento, tan intenso en su brevedad?

--Surgió un verano que dediqué, entre otras cosas, a releer a Emily Dickinson, una de mis poetas de cabecera. Tenía la mente llena de sus imágenes, de su compleja sencillez, de su hermética transparencia, de su profundo amor por la naturaleza y por el mundo (sobre el que reflexionó con una gran penetración sin apenas salir de su habitación). Y me pareció que ella me instaba a escuchar la voz de lo auténtico, de lo que nos rodea con humildad y contiene la esencia de la vida, de todo lo realmente importante que nos pasa desapercibido, enredados como estamos en absurdos y alienantes quehaceres. Me sentía impregnada de ella y por eso decidí dedicarle el poema.

--¿Añadirías algún nombre más a esa lista de escritores y escritoras que te acompañan?

--A los clásicos que he mencionado antes vuelvo con asiduidad pero, como ya he dicho, siempre estoy buscando. Mi curiosidad intelectual crece con los años, quizá por ser consciente de esa finitud, de esa fecha de caducidad que nos atormenta, como atormentaba a los replicantes de la maravillosa película Blade Runner. Necesito encontrar nuevos tesoros y siempre los encuentro, de hecho, abundan por todas partes, solo hay que saber mirar, buscar en los lugares adecuados y estar alerta.  A veces una lectura me lleva a otra, o sigo las recomendaciones de mis amigas y amigos. Como dije en una entrevista anterior, leo a escritores y escritoras de mi entorno, sobre todo de Orihuela y de Murcia. Sigo sus publicaciones, nos vemos a menudo e intercambiamos conocimientos y amistad, por lo que no faltan las ocasiones de aprender, de retroalimentarnos mutuamente.

En poesía releo a menudo a Sylvia Plath, a Ted Hughes (la mítica pareja) y a Anne Sexton, y últimamente he leído con entusiasmo a Sharon Olds, Louise Glück y algo de Mary Oliver (hay poco traducido), a las que llegué a través de los Pulitzer de poesía. También me emocionó descubrir a Alice Munro –creo que fue a raíz de un artículo de Elvira Lindo-, unos años antes de que le fuese concedido el Nobel. Escribí varias reseñas apasionadas sobre ella cuando aún no era muy conocida y lo mismo me sucedió con Flannery O´Connor, Medardo Fraile, Richard Ford o Lucía Berlín, grandes cuentistas que he ido descubriendo gracias a mi predilección por el género del relato.

--Another Earth es un poema extremadamente cósmico. ¿En qué instante sentiste dentro de ti la explosión de una supernova de sangre?

--Ese poema está inspirado en la película Another Earth (Mike Cahill, 2011),  igual que Un viento salvaje lo está en la canción Salvaje es el viento versionada magníficamente por Nina Simone y David Bowie, artistas homenajeados en ese poema.

Y si la canción me interesa porque habla del poder regenerador del amor, la película me inspiró porque reflexiona sobre el dolor y la muerte, también como potencias que impulsan la vida.

Es una película ambientada en el futuro y la protagonista es una chica recién graduada en astrofísica que, al inicio de la película, comete un error fatal que arruinará su vida; una tragedia que la hunde pero no la vence y que la llevará a luchar sin descanso buscando el modo de reparar lo irreparable. Como soy una apasionada del cine, entendido como séptimo arte y en todos sus géneros, descubrí esta obra de cine independiente y bajo presupuesto y me impresionó por su profundo humanismo y por su interesante reflexión sobre nuestra conexión con el Tiempo y el Universo. Temas que también forman parte de mi poética.

De todo eso y de la identificación con la protagonista nació un poema que habla de una persona en crisis, una mujer que siente que su vida está rota, pero que no se da por vencida. Su sufrimiento la impulsa a luchar para alcanzar la expiación.

Las metáforas cósmicas me llegaron enseguida a través de la película y además eran las que más se acercaban a lo que quería transmitir. Porque cuando sufres una pérdida terrible, el dolor es tan fuerte que sientes que algo explota dentro de ti y llega hasta el universo.

--¿Cualquier manifestación puede conducir a un acto creativo?

--Sí, absolutamente todo. Todo lo que me rodea, todo lo que forma parte de mí me resulta inspirador. La vida, las personas, el arte, la cultura, la mitología en general y, especialmente, la grecolatina. Y por supuesto la Naturaleza. Porque somos naturaleza, y también seres cósmicos y misteriosos.

Como dice Annie Dillard, una escritora que acabo de descubrir gracias a José Luis Zerón, gran amigo y poeta: “Nuestra vida es una tenue traza sobre la superficie del misterio”. Y de ese misterio nace la poesía, que yo identifico con la fuente ignota de la vida en el poema Escucha y con un universo en expansión al inicio de Another Earth.

Y es que una vez que lanzas al mundo un poema y alguien lo interpreta, te das cuenta de que siempre ha estado vivo, presto a transformarse. Creas en él un universo que nunca está terminado y que otros al leerlo, al imaginarlo y recrearlo, se encargan de expandir.

--¿Qué sientes al concluir un poema?

--En primer lugar una paz interior, un estado de bienestar y sosiego, una alegría que es el eco del chute de adrenalina, de la dopamina que se libera durante y después del proceso creativo. Pero este estado dura poco. Enseguida retorna la incertidumbre de no saber si la poesía volverá  a llamarte; y cuando regresan las Musas traen con ellas la alegría pero también el desasosiego, la duda de si serás capaz de crear algo bello, algo que se acerque a lo que sientes y quieres transmitir, algo de lo que puedas estar honestamente orgullosa.

A mí me cuesta mucho sentirme satisfecha, por eso no tenía prisa por publicar, más bien sentía y sigo sintiendo el apremio de continuar aprendiendo. Aunque también he comprendido que los poemas pertenecen al mundo, y que no sirven de nada escondidos en un cajón.  Por eso he decidido compartir, desprenderme –como dicen los versos del poema que cierra el libro- y el año próximo publicaré Huellas en el paraíso, un poemario que tengo terminado, y quizá me anime después a sacar un libro de relatos que también guardo en el cajón.

--¿Ha llegado el momento de vivir?          

--Quise terminar el poemario con unos versos que son un recordatorio, con un poema que me recuerda lo que no quiero ni debo olvidar. Creo que siempre es el momento de vivir, de abrir los ojos a todo lo que nos rodea y de exprimirnos, como decía Alberti.

 La vida se renueva constantemente y nosotros no podemos quedarnos estancados. Tenemos que aprender a vivir continuamente, adaptándonos a las nuevas situaciones, celebrando los dones que nos vamos encontrando en el camino y entregando lo que tenemos, nuestros frutos. No concibo otra forma de estar viva.

 Acabo de terminar de leer el maravilloso ensayo Una temporada en Tinker Creek, de Annie Dillard, la autora antes mencionada, y al acabar la lectura, además de quedarme totalmente fascinada por una autora en estado de gracia, capaz de asombrarte en cada una de las páginas que escribe, me ha quedado claro que en nuestro mundo: “(…) la libertad cultiva la belleza y el horror en la misma rama viva.” Y: “(…) es la muerte quien hace girar el globo”, utilizando sus palabras.

Un libro inolvidable que me ha hecho más consciente, si cabe, del milagro, del regalo que supone la Vida.   

Y termino con unos versos del poema Heridas, que dedico a Frida Khalo y Ada Soriano y que creo que recogen casi todo lo que hemos hablado.

(…)

Ante la mirada conmovida de los dioses

la Moira corta los hilos.

Pero nada termina.

La fuente nunca se agota.

Ofelia resplandece de vida

en un río que no cesa.