Las mujeres de los libros sagrados

Las mujeres de los libros sagrados
Las mujeres de los libros sagrados
Las escrituras son una creación masculina, esa es la verdad del asunto.
Las mujeres de los libros sagrados

Es un domingo casi primaveral en Buenos Aires. Caminé, leí sentada en la vereda de un bar, me sentí libre y tuve conciencia de un estado compatible con la felicidad. Cuando volví a casa, busqué un libro en mi biblioteca sin mucha suerte. Fue entonces cuando vi el booknook (*) disponible. Apenas entré, se acercaron por el pasillo unas mujeres. Vestían de largo, algunas con la cara tapada, una casi desnuda. Me hablaban todas a la vez en un idioma desconocido pero increíblemente comprensible. De alguna manera estaban enteradas de que yo escribía para un diario y querían ser escuchadas. Me interesó mucho y les pedí por favor que se presentaran de a una.

Le cedieron la palabra a la que estaba cubierta con una túnica de piel. Dijo que era Eva, la primera mujer. No sé por qué siempre me la imaginé rubia. Pero su piel era trigueña y su cabello castaño. Eva dijo:

— ¿Te diste cuenta de lo que dice el Génesis, de cómo y cuando me crearon? Después de sacar de la nada al planeta para que no flotáramos en el espacio, Dios inventó al hombre, después le dio lástima que estuviera solo, y lo llenó de  animales. Excelente idea, sobre todo si le puso un buen lobo a su lado. Lo que me indigna es que diga que, cuando Adán estaba durmiendo la siesta, le extrajo una costilla, la sopló y, como quien saca un conejo de la galera, aparecí yo. El imbécil de Adán estaba feliz: eso sí que era sangre de su sangre, y dispuso llamarme Mujer. Después vino toda la historia del árbol del que no podíamos comer y que me culparan de  tentar a mi compañero. No me salvó ni la historia de la serpiente. Me condenaron a parir con dolor, a sentir atracción por mi marido — en realidad antes ni lo había mirado— y sufrir bajo su yugo. Y a él sólo lo obligaron a trabajar, a lo que nunca  se dedicó mucho, para decir la verdad.  Nos la arreglamos como pudimos. Sin embargo, según el Corán, que fue escrito mucho después, no fueron así las cosas:  el hombre y la mujer fueron creados juntos de la tierra, sin subordinación ni dependencia de uno sobre el otro. Ni tampoco en ese libro me echan la culpa del pecado y  de que nos expulsaran del paraíso y toda esa cháchara.

Una mujer que dijo llamarse Jadiya la interrumpió. Iba vestida con una túnica dorada, la cara descubierta. La ubiqué mentalmente en una clase social acomodada. Dijo que era la mujer de Mahoma, y que le gustaría aclarar algunas cosas:

— Antes de que Dios le revelara a Mahoma su palabra, la sociedad árabe discriminaba terriblemente a la mujer y despreciaba su vida, tanto que era ofensivo el nacimiento de una niña. Algunos llegaban a matarlas al nacer. Mi marido quería terminar con eso. El único Dios, al que llamamos Alá, le reveló que debía haber igualdad de derecho entre hombres y mujeres respecto a la religión. Mi marido, que se ocupaba de mis negocios, empezó a retirarse a las cuevas y el ángel Gabriel le decía que debía memorizar la palabra de Dios. Para no olvidarse, la fue predicando. Siempre lo apoyé muchísimo. Calculo que, al ir de boca en boca, se habrá ido deformando el mensaje. Finalmente,  después de la muerte de Mahoma, apareció el  primer  manuscrito. Mi marido fue muy perseguido por decir que había un  solo Dios, que los ídolos debían ser destruidos y  que los ricos debían dar dinero a los pobres. Incluso hubo varios intentos de asesinarlo. Hay cinco pilares en los que se basa el Corán: la fe, las oraciones, las limosnas, el ayuno y la peregrinación a la Meca. Eso es lo importante. Si bien es cierto lo que dice Eva, que se predicó la igualdad de ambos sexos, en esa época la mujer siempre fue considerada inferior. En el Corán se aclara que los hombres deben ser los protectores y proveedores de las mujeres porque Alá ha hecho que uno supere al otro y porque ellas gastan sus bienes. Por eso las mujeres correctas deben ser devotas, obedientes y recogidas en ausencia de su esposo.  En nuestro caso, yo era viuda cuando me casé con Mahoma y aporté todo el capital que puse a su servicio. En el capítulo 30, el Corán dice: “Una mujer no ha sido creada para servir a los propósitos de un hombre, sino que ambos han sido creados para beneficio mutuo.”

También, en el capítulo 4 dice que los esposos deben ser buenos con sus esposas y viceversa pero permite que los hombres las golpeen si sospechan de su infidelidad. Sin embargo, en el capítulo 33 deja bien claro que los hombres tienen derecho a tener varias esposas a las que debe dar dote y a gozar de las esclavas que Alá les ha dado como botín de guerra.

La interrumpí para preguntarle:

— Perdón, Jadiya, pero ¿me podrías decir qué relación tiene la sharía, el sistema legal islámico, con las revelaciones de Alá a Mahoma, que después fueron escritas en el Corán?

— La sharía es una legislación que se basó un poco en el Corán, en las enseñanzas de mi marido pero también en leyes de académicos islámicos. Entonces tergiversaron todo, como pasa con los fanatismos de todas las religiones. En ninguna parte del libro sagrado dice que a un ladrón hay que amputarle una mano ni que el adulterio debe ser castigado con la pena de muerte por lapidación. Lo que Alá pedía era modestia al vestirse, pero no que la mujer se tapara la cara, ni se cubriera la cabeza con un velo. La burka es un invento de estos leguleyos. Las traducciones de los libros sagrados, y las interpretaciones transformaron en un horror la prédica de Mahoma que era a favor de  la libertad, el respeto y el amor al prójimo. Sin distinción de sexo. Tengo entendido que pasó algo parecido con el cristianismo. Según el Corán, cap. 24 el adulterio cometido por la mujer puede ser castigado con hasta cien latigazos, aunque el juez puede mitigar la condena. Pero no hay ninguna referencia a lapidación. Como verás, me vine bien documentada.

Avancé por el pasillo entre libros sagrados que olían a antiguo y a incienso. Vi a un grupo de mujeres sentadas y me acerqué. Me dijeron que eran judías. Las animé a darme su testimonio. Al principio estaban temerosas pero después me dijeron que habían sido testigos de lo que predicaba el profeta Isaías. Él decía que las mujeres eran arrogantes y que andaban con el cuello estirado, provocando con la mirada, caminando con pasos cortos, haciendo sonar las hebillas de los pies. Y que el Señor las iba a cubrir de sarna. Una tomó la palabra y dijo que por eso no se habían podido poner más hebillas , ni pendientes, ni brazaletes, ni vestirse de fiesta. Otra acusó al profeta de amenazarlas con que en vez de perfume habría podredumbre y que en lugar de bucles iban a quedar peladas. Eran siete las que lo escucharon y le contestaron  que comerían su propio pan y se vestirían con su propia ropa.

—Sí, sí —dijo una con aspecto de reina— pero así nos iba a las que nos atrevíamos a no cumplir órdenes. Perdón, me llamo Vesti y soy la ex esposa del rey Asuero.

Yo tenía una vaga idea de quien era ese rey, pero no quise preguntarle si era de la India o Etiopía, para no interrumpirla.

— A mi marido se le ocurrió ofrecer un banquete para todos sus oficiales y servidores que duró ciento ochenta días. A lo que siguió otra fiesta de una semana para toda la población. Yo, por mi parte, me limité a hacer una reunión de mujeres en el palacio. Cuando el rey terminó de festejar, ya bastante borracho, me mandó a llamar por sus eunucos para que me presentara al fin de su fiesta luciendo una diadema real para mostrar mi belleza. Contrarié su orden.  Por supuesto, él se indignó y pidió consejo sobre cómo castigarme, no fuera cosa que todas las reinas empezaran a desobedecer. La decisión fue sustituirme por otra mujer y quitarme la corona. Así fue como  me reemplazó Ester, que tiene un libro destinado a ella en la Biblia, llegó a ser una heroína gracias a mi rebeldía. Reconozco que fue más astuta que yo, y logró del rey lo que quiso. Ella y Judith fueron las excepciones, porque la mujer en la religión judía  no era considerada  miembro del Pueblo de la Alianza, era una sociedad muy patriarcal. Pensaban que la menstruación era una impureza contagiosa y ni nos tocaban, tampoco después del parto. La mujer era propiedad del hombre. Él podía repudiarla, como hizo mi marido, por una pavada, en cambio la mujer debía obedecer, no era dueña de su persona.

— ¡Es que siempre pasó así! Yo soy Miriam. Formé parte de todos los que fuimos con Moisés en el éxodo. A veces nos aburríamos y en un descanso, nos pusimos con Aarón a criticar a la mujer de Moisés que era de la ciudad de Cus. Por eso le decíamos “la cusita”. Ya  nos tenía medio cansados nuestro guía con que Dios le hablaba, y nos mandaba de un lado al otro. Casi nos ahogamos en el Mar Rojo y empezábamos a desconfiar. No nos dimos cuenta de que al Señor no se le escapa una, y que Moisés, el más humilde de todos los hombres, era su preferido.  Nos mandó a reunirnos los tres en una carpa y se apareció en forma de nube. La cosa se nos puso negra. Nos planteó que cómo nos habíamos atrevido a dudar de nuestro maestro, con quien él hablaba cara a cara. Apenas desapareció, mi cuerpo se llenó de lepra. El bueno de Moisés le rogó a Dios que me perdonara, pero el muy orgulloso dijo que por lo menos iba a tener que soportar ese oprobio por siete días. A Aarón  no le tocaron un pelo.

Vi acercarse a la más hermosa. Su belleza no era física. Irradiaba luz. Se presentó como María, del pueblo de Magdala. Dijo que, como ya se sabe, aparte de los cuatro evangelios que la Iglesia acepta como verdaderos, hay otros, considerados apócrifos. Uno de ellos está escrito por ella. Yo lo había leído en un libro de Jean-Yves Leloup, y tenerla frente a mí fue una experiencia única. Es que Jesús logró transmitirle el conocimiento.  De eso se trata su evangelio.

— Fui considerada pecadora por acceder a ese conocimiento. Era algo privativo de los hombres. Las mujeres no teníamos el derecho de estudiar los secretos de la Thora ni de cuestionar su contenido. A pesar de poner todo el amor del mundo en esclarecer a los discípulos de Jesús sus enseñanzas, mi intervención los irritaba. Jesús decía: “El que tenga oídos para entender, que entienda”, pero pocos pasaban el plano de lo literal. Cuando intervenía para explicarles, decían “¿Quién se cree que es? ¿no es suficiente con  ser la preferida del Maestro, también se quiere apropiar de sus enseñanzas? Nos toma por iniciados, por inteligencias no preparadas”. Pasa que las mujeres tenemos una forma más intuitiva de acceder al conocimiento. Es algo casi visionario. Por eso cuando Jesús resucitó, yo pude verlo. No con los ojos de la carne ni del alma, tampoco en una alucinación, ni vi un fantasma. Hay una dimensión olvidada por los antropólogos, que es la del noüs, considerada por los antiguos como el ángulo del alma, es un mundo intermedio donde dos seres se encuentran. Siempre me resultó fácil contactarme con Jesús de esa manera.

Reconozco que me intimidaba, pero me animé a hacerle algunas preguntas:

— Hay apóstoles que han predicado, como Pablo, con una mentalidad muy patriarcal. Y Flavio Josefo, un historiador dice que la mujer, según la ley, es inferior al hombre en todo, porque es a él a quien Dios ha dado el poder. ¿Podemos confiar en los seguidores de tu maestro?

— El gran dolor de Jesús fue darse cuenta de que nadie entendía nada. Y después todo fue de mal en peor. Él proclamaba “ama a tu enemigo”, nunca dijo “mátalos a todos en las Cruzadas”. Las escrituras son una creación masculina, esa es la verdad del asunto.

— No sé María, si podré volver a encontrarte. Por eso, si me permitís, me gustaría preguntarte qué pensás sobre lo que dice Jesús en Soïf — la novela de Amélie Nothomb— sobre su madre, la otra María, la primera de su vida. Dice que ella era mucho mejor que él, porque el mal le era ajeno, al punto de que no lo distinguía cuando se le cruzaba. Que la envidiaba. Para él no era algo extraño, era necesario reconocerlo para individualizarlo.

— Lo decía con frecuencia. Su madre era el ser más puro del mundo, y no me refiero a su supuesta virginidad, sino a su espíritu. Esa inocencia, a veces rayana en la ignorancia, la hacía un ser excepcional. Jesús tenía que conocer la luz y la sombra, la mansedumbre y la ira. Incluso el arrepentimiento. Él era todo. Y la superación del todo.

— José Saramago escribió “El evangelio según Jesucristo”. Su versión es que vos eras una prostituta y que se conocieron una vez que él pasó por tu casa de Magdala con un pie herido, que se lo curaste, se enamoraron y pasaron días juntos. Vos le enseñaste el amor y él te purificó y estuviste siempre con él. ¿Es sólo ficción?

— Sí, pero es la ficción más maravillosa. Me gusta creer en ella, y es una forma de que sea verdad.

— Yo vengo de la ficción — dice una mujer vestida a la usanza judía, pero como si fuera extraída de una película—  soy Sara, la mujer de Abraham, pero no como la cuenta la Biblia, soy la versión del nicaragüense Sergio Ramírez, ¿puedo participar de la charla?

— Por supuesto, bienvenida Sara. ¿Qué tenés para contarnos?

— Yo era criada en la casa de Taré, el padre de Abraham, un judío rubicundo y glotón que decidió darle una mujer a su hijo para ver si sentaba cabeza. Nunca le perdoné esa boda celebrada al apuro, sin fiesta, ni danzas, ni lindos vestidos. Mi suegro se murió sin que yo tuviera contra quién depositar mi odio. Me vengué teniendo una historia con su nieto, Lot, que me quiso hasta su último día. Nunca sentí culpa, porque hay rumores de que soy medio hermana de Abraham, por un amorío que él tuvo con una criada, que vendría a ser mi madre. Además, el único hijo de mi marido, Ismael, no era mío, sino de Agar, su esclava preferida. Rollos de familia patriarcal. Cuestión que Abraham recibía siempre la visita de supuestos ángeles que le decían qué debía hacer y él cumplía al pie de la letra. Yo espiaba y los escuchaba, la verdad me daba risa su estupidez. Pero tenía que seguirlo. Pensaba que me habían casado con un loco. Tanto es así que una vez se le empezó a aparecer un niño que le daba órdenes. Y así fuimos a parar a Egipto. Nos inclinamos a beber de un pozo y mi marido me vio tan hermosa que tuvo miedo de que, al entrar en la ciudad, llegaran al Faraón rumores de mi belleza, me pidiera como concubina y lo matara para sacárselo de encima. Entonces me propuso decir que éramos hermanos (tal vez era verdad) y que me entregara al monarca, así no se iba a preocupar por él y salvaría su vida. Una mujer a  la que su marido manda a prostituirse puede hacer lo que se le da la gana. Con gusto me quedé con el Faraón un tiempo y la pasé muy bien.

Las dejé prometiéndoles escribir este artículo. Sin omitir detalles.

Y me alejé de los libros sagrados y de sus metáforas interpretadas por religiones para justificar su poder y su terrorismo.

(*) Recovecos en una biblioteca como pequeñas puertas o espacios imaginarios que se abren en pasillos de hileras de libros. @mundiario

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