Muere Concha Velasco, la actriz que no necesitó escuela

Concha Velasco. / TVE
De chica de la Cruz Roja a la mejor versión de la santa de Ávila, Concha Velasco fue de esas artistas que no necesitó conocer a Stanislavski.

Hay dos momentos que han marcado la historia de Telecinco; el reciente cierre del chiringuito de Sálvame y el desnudo integral de Boris Izaguirre delante de la gran Concha Velasco en Crónicas marcianas. Ese desnudo significaba que Concha no merecía otra cosa que ser venerada como la Virgen de Montserrate o Whitney Houston. La muerte de la actriz supone la extinción de ese relumbre que el franquismo otorgaba a un séquito de artistas que, indiferentes, a veces afines y otras veces, rebotados con el régimen, trajeron la modernidad a España junto a la leche en polvo y la base militar de Rota.

De chica de la Cruz Roja a la mejor versión de la santa de Ávila, Concha Velasco fue de esas artistas que no necesitó escuela. Todoterreno, hizo de todo, mejor dicho, lo hizo todo: televisión, telenovela, teatro y cine, mucho cine, ese cine que negaba la Shoah franquista y nos invitaba al Madrid de la clase media, al Madrid de los Alcántara, junto a Manolo Escobar y José Sacristán.  La dictadura había aprendido hacer una versión low cost de su infierno, una versión chill en la que las películas de Concha Velasco y Gracita Morales animaban el nacionalismo y las verbenas de verano. La Velasco fue esa chica rara sobre las que escribiera Martín Gaite, esa Elvira de Entre visillos, que soportó el oprobio del rancio conservadurismo y la censura como mejor pudo, mientras por dentro germinaba una socialista acérrima.

Tuve la suerte de verla dos veces sobre el escenario y me quedó claro que lo suyo no era fingir, simplemente era ella sobre las tablas, ella, más que su personaje: magnetismo, autoridad y una flema que devoraba a su propio protagonista, como sucedió con la Santa Teresa, de Josefina Molina, donde la austeridad y el estrago del ascetismo en su pose habrían merecido un Bafta. Pero el problema de Concha Velasco, como el de Alfredo Landa o Rafaela Aparicio, fue no haber aprendido inglés como hizo Fernando Rey.

Creo que hubo un declive claro en la vida de la Velasco y fue su divorcio con Paco Marsó, que, en un Salsa rosa (no estoy seguro), calificó su relación sentimental con Concha como si fuese la de dos hermanos. Puñalada trapera de la que no se recuperó nunca. La ruina de algunas producciones y el desfile de la pareja Marsó-Velasco por programas de prensa rosa para recaudar dinero hicieron el resto. La chica rara tenía pies de barro. La chica rara se abrió demasiado y la admiración acabó por convertirse en pena y en cierta condescendencia que remató la muerte repentina de Marsó. Un desastre.

La cara B se comió el icono. Pero, en estas horas de velorio y duelo, solo me queda acordarme de la actriz, del monstruo, de la decente, de la millennial pematura del día de los enamorados, de la Rosalía de Bringas, de la Twiggy morena, a la que los premios honoríficos llegaron tarde, porque, desde Carlos V, España nunca ha tragado a los actores. @mundiario