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MUNDIARIO

Mónica (y II)

El relato concluye con una serie de memorias y reflexiones hasta llegar al momento del aguacero, el sismo y el deceso inesperado del hombre. / Relato literario 

Lluvia. / Begoña Ripalda
Lluvia. / Begoña Ripalda

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Eugenio Tórrez

Eugenio Tórrez

El autor, EUGENIO TÓRREZ, es colaborador de MUNDIARIO. Es docente y decano de la Universidad UPONIC. Escribió una novela corta para el Miami Herald y ganó un concurso de cuento. En los años 90 comenzó a escribir para la prensa de Nicaragua y en la revista Ángel Pobre de la Universidad Centroamericana. @mundiario

Cuando pasaba por un costado de la catedral decidió doblar en una cuadra para ir a visitar a la tan venerable imagen de la Sangre de Cristo y al entrar al retablo mayor miró de nuevo a la niña-mujer que de hinojos se encontraba rezando el santo rosario. Al llegar a la cúpula de la  imagen de Cristo se sentó a ver el rostro lacerado de Jesús, sus llagas, su costado, sus clavos, su sangre, su corona de espinas y todo lo demás, y se dijo, ¨así camina mi pueblo desde hace años, sino es por culpa de unos es por culpa de otros, ninguno se ha preocupado nunca por devolver al pueblo  el único y verdadero derecho a no ser explotado, el único y verdadero derecho a no ser oprimido¨.

En aquel momento se le salieron unas lágrimas por ¨los santos ángeles caídos por la liberación nacional de todo un pueblo que no pidió morir, se dijo, sino que simplemente se entregó poniendo su esperanza en el ideal de una fracasada revolución¨. Salió de ahí en el preciso momento que el perro sol del día llegaba a su final, como  arrastrando sus pesadas patas de perro callejero en los carbones encendidos de las nubes del ocaso, moviéndose como un dromedario perro cansado, como rememorando todo un pasado  que se encuentra sepultado por la historia oral, Mónica llegó al borde de la laguna en donde la silueta del fetiche de Sandino colocado del otro lado le devolvió  a su espíritu sus quince y pico de años que se encontraban ocultos por las  nieves de los años, caminó por el camino lacustre de los recuerdos buscando el perdón, caminó como buscando siluetas, rostros olvidados , caminó pidiéndole al tiempo otra oportunidad, mirando el cielo en llamas, caminó pisando las hojas secas de los árboles que crepitaban bajo la suela de sus tenis, caminó pisándole la cola al perro flaco de la tarde que se terminaba de echar en la casa de los infinitos agujeros surrealistas de estrellas, viento, calor  y oscuridad, echado ahí hasta quedarse dormido como los niños de la calle, sin comer y sin beber nada, solo sintiendo el peso y el calor de los años vividos bajo el mismo cielo y tierra de bronce y hierro que los vió nacer, aquella noche llegó exhausta  a su hogar en el preciso instante que el cielo tronó como si unos  baúles pesados y viejos fueran removidos de su lugar, y mirando con mayor detenimiento el rostro olvidado del amor comprendió la razón de su existencia, entendió que nada es para siempre,  que todo tiempo pasado y presente es importante para comenzar de nuevo, y que la esperanza es como una previsión y lo último que se puede perder en este duro suelo del ser y el tiempo que es como una bala circular que gira y rueda buscando a quien eliminar o retribuir .

Removió el rescoldo del recuerdo en aquella noche de siglos y visualizó otra vez a los mancebos entrando a la capital con el olivo de la victoria final, embriagados de humo y fulgor ¨patria libre, o morir, patria o muerte, venceremos, la marcha hacia la victoria, no se detiene….¨, miró el principio del fin en el poeta acribillado en León , miró el ensayo del juicio final en el terremoto del setenta y dos que sepultó la capital, recordó al nicaragüense que fue a  Moscú, al joven periodista de la prensa y enamorado platónico de ella,  miró a los muchachos de la estepa verde buscando al hombre nuevo, miró caer la estatua ecuestre del caballo de Somoza en el viejo Estadio Nacional, miró a los alfabetizadores subiendo y bajando de las montañas, miró sangre santa, destrucción y muerte en cada episodio, miró un fratricidio nacional e histórico y se dijo al igual que Caín ¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?, escuchó el lamento de la sangre de los caídos en aquella febril y clandestina noche de semana santa que le regalaba la oportunidad de poder ser parte de ella, y  entonces logró ver abriles, nuevas esperanzas, esperanzas azules y blancas en un divino cortejo, sintió el olor a tierra mojada , sintió que la tierra seca se tragaba todo su pasado en un fuerte temblor de tierra que a esa hora ocurrió, sin inmutarse escuchó caer ahora los orines del niño Dios en un aguacero que mojó la fértil greda del patio, que refrescó las hileras de casas de los managuas , que lavaba las hojas de los árboles dejándolos nuevos y llenos de vida , que limpiaba también las calles, cauces, parques y avenidas sacándoles todo el  baho caliente como baño sauna  y el gélido viento llenó de pronto todo el ambiente y el cielo movió de nuevo los estruendosos cajones de los niños que creen en el canto de la virgen de la cueva, ¨que llueva, que llueva, la virgen de la cueva, los pajarillos cantan, los niños se levantan… que llueva, que llueva, la virgen de la cueva…¨

El caluroso ambiente urbano quedó en el olvido en aquel inesperado torrencial y el perro sol del mediodía se sacudió alegremente el agua de sus calcinados huesos en un rayo que cayó secamente cerca de su casa dejando la casa a oscuras, llovía a cántaros , escuchó cantar a los pajarillos, y los niños que habían estado todo el día llorando por el calor se quedaron dormidos,  y los ancianos se durmieron en sus mecedoras abuelitas como los ángeles caídos en tiempos de la revolución, tembló despacio de nuevo y escuchando los chorros de agua en la oscuridad aparecieron ahora barcos de papel, mariposas multicolores, niños corriendo por los verdes montes, escuchó el silbato del tren de las cuatro y cuarenticinco de la mañana que hacía sonar su agudo silbato que se escuchaba en todo el lugar en donde vivió ella con sus padres por un tiempo y que le recordaba el tema de los Credence Clear Water que tanto le gustaba escuchar, cuando apenas era una niña rebelde y desgreñada que soñaba con ser alguien importante.

Miró kilométricas  filas de autos, a todo un pueblo sumergido en la miseria, haciendo enormes filas para comprar con unas tarjetas de racionamiento un arroz sucio y quebrado, unos frijoles negros, sucios y descompuestos, una manteca ocre  y maloliente, un jabón negro que no hacía espuma, una azúcar negra, una pasta de diente sin flúor ni menta, un desodorante sin olor que no protegía nada y que la gente prefería echarse mejor limón con talco en los sobacos , miró filas de gente que llevaban días esperando el gas y cuando éste llegaba se  peleaban por un tanquecito de gas butano de veinticinco libras o por un famélico pollo , miró las famosas filas de vehículos como de cinco y diez kilómetros esperando ser atendidos para poder llenar el tanque de gasolina, visualizó a las jóvenes echándose huevos en las cabezas; porque no habían shampoo para el cabello y el agravio que sentían otros al ver los huevos desperdiciados de esa manera, recordó a la señora vende cajeta que le decía a su hija que en tiempo de la revolución sandinista no había ni machos, y la jovencita le preguntaba con una inocencia inigualable que si era porque se habían llevado a todos los jóvenes al servicio militar, y la señora moviendo la cabeza le respondía, no hija, lo que te quiero decir es que no habían ni toallas sanitarias amor, es que así le decíamos antes a las toallas sanitarias, y la jovencita le respondía sosteniendo la batea en su cabeza, ahhh ya entiendo es que no sabía ma , recordó también las tanquetas que movían todas las casas al recorrer las calles y avenidas en espera de la tan anunciada invasión por parte de la administración del Reagan o vaquero de fantasía a como solían decirle algunos dirigentes que lo azuzaban diciendole ¨Señor Reagan aquí lo esperamos no le tenemos miedo, como si de verdad él no iba a estar esperando, miró jóvenes en la llovía envueltos en plásticos negros, ataúdes cerrados y  llenos de adoquines o cepas de banano, miró los apagones de todas noches que eran un encaje del oficio de la robo-lución como decían algunos jóvenes de la época, miró también en los chorros de agua a todo un pueblo militarizado, ensangrentado, adoctrinado, haciendo hoyos en forma de ele, miró a un pueblo vigilando, vigilándose y siendo ojos y oídos de la gran ramera, miró a su pueblo siendo sacrificado por ideologías importadas y rindiendo culto a los hijos delatores, miró a su país hecho un maldito país,  un satélite por el martillo y la hoz y por el bloqueo económico del águila del norte,  dominado  por completo por la dictadura del proletariado internacional , la guerra fría  y también por el barbado dictador cubano que en paz descanse. 

A medida que la lluvia iba disminuyendo Mónica fue eliminando sus vivencias, hasta que un fresco viento la obligó a respirar profundo y en ese momento regresó de nuevo el fluido eléctrico , y en un rincón de su corazón sintió un hálito de vida y satisfacción por haber sobrevivido a un tiempo repleto de peligros, sacrificios y abnegación y logró ver con claridad todo, y cuando el aguacero llenó su alma, se sosegó por completo en una sostenida y delgada llovizna, se quedó sentada mirando por la sudada ventana de vidrio la calle desolada, el patio anegado de agua, las rosas negras y el árbol de jícaro, luego se arrellanó en su lugar suspirando y con nuevos bríos sintió como que había logrado despertar algo dentro de ella, como que había logrado despertar al ser mitológico que todos llevamos dentro y de pronto  escuchó por la radio la noticia de última hora del movimiento telúrico cuyo epicentro había sido el sur de Matagalpa y del repentino deceso del hombre ocurrido en su casa de habitación, se levantó despacio, ecuánime y habitada. Sollozando logró comprender que en realidad, absolutamente nada es para siempre; porque nadie ha logrado todavía escapar del implacable laboratorio del destino  y la fatalidad y mucho menos del irreversible trinomio de la existencia del ser después de un tiempo, dos tiempos y la mitad de uno,  o sea, de la enfermedad, la vejez y la muerte. @mundiario