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MUNDIARIO

Influencias modernistas y resonancias oníricas en el poemario El fuego del mar

El poemario de María Engracia Sigüenza, El fuego del mar, es un arduo trabajo de tributo a la poesía como lucha entre el caos y el orden.

Influencias modernistas y resonancias oníricas en el poemario El fuego del mar
Portada del poemario de María Engracia Sigüenza./ Celesta
Portada del poemario de María Engracia Sigüenza./ Celesta

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Manuel García Pérez

Manuel García Pérez

El autor, MANUEL GARCÍA PÉREZ, es doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Murcia y licenciado en Antropología por la UNED. Premio Nacional Fin de Carrera, fue coordinador del área de Sociedad y Cultura de MUNDIARIO, donde actualmente es columnista y crítico literario. Docente, investigador y escritor de narrativa juvenil, su última obra es el poemario Luz de los escombros. @mundiario

Me adentro en el poemario El fuego y el mar, de María Engracia Sigüenza, publicado por la editorial Celesta, y tengo la sensación de redescubrir una concepción de la poesía que busca lo trascendental como forma de explicar la pasión inútil de la vida.

Si algo caracteriza a este libro es esa voluntad de resistencia al tiempo a través del empleo de categorías universales donde el sustantivo, sin ornamento apenas, es proclive a sumergirnos en la existencia como un peregrinaje incierto, pero lleno de asombro: "Sólo soy un árbol, sí,/ pero soy humano, / y tengo que morir/ para seguir viviendo." (pág. 78).

Los dioses, los símbolos, las resonancias oníricas, el viaje, la maternidad, los hijos insuflan de nostalgia, al mismo tiempo que de un sentido estético, a la vida en sí misma, como si vivir fuese una lucha constante entre el acto de crear y el acto de asumir y contemplar la desaparición: "Esconde bien la llave/ y no escuches la voz oscura./ El Minotauro siempre nos espera". (pág. 50).

Pese a ser su primer poemario, sus versos están sedimentados sobre esa necesidad de decir que la propia poesía posee algo más de chamánico que de relato experiencial: "Cae la nieve,/ acude la Muerte/ y el presente se eterniza./ Ante la mirada conmovida de los dioses/ la Moira corta los hilos./ Pero nada termina./ La fuente nunca se agota./ Ofelia resplandece de vida/ es un río que no cesa." (pág. 65).

Los poemas de El fuego del mar influyen en el lector bajo la consigna de que el caos no deja de ser un orden que nos confunde y nos desola, pero que también nos inspira y nos proporciona el ansia de querer postergar eternamente nuestra estancia en el mundo.

De hecho, el crítico Javier Puig lo dejó claro en Mundiario hace unas semanas: "El fuego del mar es un intrépido recorrido por las insolubles incógnitas de la existencia, la riquísima expresión del sentimiento que quiere crecerse ante las grandes afrentas que nos inflige el poder de la vida". 

El cromatismo, lo melódico, la dinámica de versos que usan la anáfora y el paralelismo rescatan esa estética modernista con la intención de concebir cada poema como una forma de escapismo, no solo como un himno que rinde tributo a la materia, a la vastedad, a los escosistemas a los que pertenecemos y a los que regresaremos tras morir: "Nacemos en la montaña misteriosa del vientre, / fecundada de agua./ La tierra se hace madre y nos alimenta. Tierra y Agua./ Seguimos el curso de la vida,/ por donde la corriente nos lleva./ El caudal libre de la infancia,/ la madurez nutrida de los afluentes..." (pág. 33).

En la entrevista que la poetisa Ada Soriano realizó a la autora para nuestro medio, María Engracia Sigüenza sostiene que hay dos rasgos que definen su estilo poético; las imágenes (telúricas y cósmicas, artísticas y mitológicas) y las paradojas. "Quizá porque veo con claridad que nuestro mundo está formado por fuerzas contradictorias que se complementan. Todo lo que existe tiene su contrario, su contrapunto, y en este orden de cosas la muerte es la gran paradoja porque también es generadora de vida. "

El fuego del mar es la lucha, la antítesis, la aceptación y la renuncia a morir, quedando la palabra como una manera de estar en el mundo. Pero, en el poemario de María Engracia, no cabe la resignación, sino el eros y la agonía. "Agonía" proviene del griego "agón", el combate. Por esa razón, hay una continua oposición entre lo que permanece y lo que es etéreo, entre lo que es fugaz y longevo, entre lo que nos sobrepasa como universo y lo silente, mudo y callado.

Como ratifica el poeta José Luis Zerón en su prólogo, "María Engracia Sigüenza invoca la belleza de la vida y desafía a sus abismos con una voz firme y vulnerable a la vez. desde la celebración, la armonía, el temor, los orígenes, la fiebre del desvelo, la realidad y el deseo, escribe con una serenidad plena de búsquedas, hallazgos y extravíos" (pág. 15).

Esa suerte de fusionar la palabra con lo cósmico nos devuelve al sentido original de la poesía como ritual y la autora prefiere ese sino de la palabra, la palabra como fármaco, como cura en esta tregua ante la muerte que supone el hecho de escribir.

Enhorabuena, María Engracia.