Sin misericordia no hay Estado de derecho

Javier Cremades presenta su libro en A Coruña. / Mundiario.
El abogado Javier Cremades presentó en A Coruña el libro que necesitamos leer ahora mismo.

Un profesor le dijo a Javier Cremades, cuando tenía treinta años, que el gran libro se escribe entre los sesenta y los setenta. Lo escuchó. Lo archivó. Y siguió adelante con décadas de ejercicio jurídico en cuatro continentes, de litigios internacionales, de defensa de instituciones democráticas amenazadas desde dentro. Llegado ya a esa edad, se sentó a escuchar de verdad. Y luego escribió.

Sobre el Imperio de la ley se presentó este miércoles en A Coruña, en la sede de Afundación, con una sala llena y un cartel que reunió al delegado del Gobierno en Galicia, Pedro Blanco; al presidente de la Xunta, Alfonso Rueda; al catedrático de Derecho Mercantil de la Universidad de A Coruña, José Luis García Pita; y a la periodista Chus Castro, que condujo el acto con la inteligencia y el pulso que le caracterizan.

Cremades es doctor en derecho constitucional por España y Alemania, fundador de uno de los despachos jurídicos más internacionales del mundo —quince ciudades, ocho países—, malagueño de nacimiento y gallego de adopción. Tiene su rincón en las Rías Baixas, en la playa de Areas, y lo defiende como el paraíso que es. Conoce el idioma, el carácter y la manera de ver el mundo de esta tierra. No es casualidad que haya elegido Galicia para presentar el libro, es causalidad.

Un libro que nace de la escucha

Durante seis años Cremades conversó con los presidentes de los principales tribunales supranacionales del mundo: el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, la Corte Interamericana, la Corte Africana de Derechos Humanos, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos. El libro es el destilado de esas conversaciones.

El resultado es más que un tratado académico. Es algo más difícil de conseguir, un ensayo con alma, escrito desde la experiencia directa y el compromiso genuino. La tesis que lo vertebra es tan sencilla como urgente. El imperio de la ley es la única alternativa al imperio de la fuerza. Una frase que figura en la contraportada y que tanto Pedro Blanco como Alfonso Rueda citaron, de forma independiente, en sus respectivos discursos. Cuando dos políticos de signos opuestos subrayan la misma frase ante el mismo auditorio, algo importante está sucediendo.

La democracia como organismo vivo

Una de las ideas más potentes de la tarde —y del libro— es que el Estado de derecho no es un sistema formal. Una Constitución, unos tribunales y un Parlamento son condición necesaria, pero insuficiente. Es, en palabras del propio Cremades, un organismo vivo que necesita la adhesión activa de la comunidad para funcionar. "Todos los países del mundo tienen un sistema de derecho, pero muy pocos tienen verdaderamente un Estado de derecho", afirmó. La diferencia no está en los textos jurídicos. Está en las personas que los sostienen, los respetan y los defienden.

Esta idea tiene consecuencias prácticas e inmediatas. El Estado de derecho, como cualquier organismo, puede estar sano, convaleciente o gravemente enfermo sin que el diagnóstico sea todavía evidente. Y la enfermedad llega, con frecuencia, desde dentro.

Tres tumores y una sola medicina

Cremades identificó tres grandes nudos de problemas que amenazan las democracias occidentales. El primero es el acceso a la verdad. En la era de la digitalización, paradójicamente, cada vez resulta más difícil saber qué está pasando realmente.

El segundo es la alta polarización, fenómeno que va más allá de la propaganda exterior y hunde sus raíces en el propio modelo de negocio de las grandes plataformas tecnológicas, con incentivos estructurales para amplificar el conflicto porque el conflicto genera tráfico y el tráfico genera ingresos. Son, en expresión que tomó prestada de la academia, "agentes polarizadores involuntarios".

El tercero, y quizás el más preocupante, es el cuestionamiento sistemático de la independencia judicial. Cuando los jueces empiezan a ser señalados como actores políticos por quienes deberían ser los primeros en defenderlos, el andamiaje entero de la democracia empieza a temblar.

Para ilustrarlo, Cremades recurrió a lo que sucedió en el Reino Unido tras el Brexit. El Tribunal Supremo británico falló que el gobierno no podía ejecutar la salida de la Unión Europea sin pasar por el Parlamento. La respuesta de un periódico de gran tirada fue portada con las fotos de tres magistrados con sus pelucas y sus togas bajo el titular "Enemigos del pueblo".

El portavoz del gobierno conservador acudió a la BBC a declarar que el ejecutivo estaba "preocupado" porque muchos ciudadanos empezaban a percibir a los jueces como parciales. La reacción de los colegios de abogados fue fulminante. Le exigieron una rectificación pública e inmediata por haber perturbado la confianza ciudadana en el sistema judicial. Sin ese respeto, dijeron, no existe la convivencia en libertad. La advertencia no viajó muy lejos. Pero la lección sí debería.

La única medicina para los tres tumores es la educación. El catedrático García Pita añadió desde su perspectiva universitaria un diagnóstico complementario y demoledor. El Plan Bolonia ha empobrecido gravemente la formación jurídica, reduciendo asignaturas hasta hacerlas —su palabra exacta— "anorécticas", matando la curiosidad intelectual antes de que tenga ocasión de nacer. El conocimiento funciona como el dinero, razonó con una analogía que quedó flotando en la sala. Sólo tiene valor cuando tienes suficiente. Con poco, ni siquiera sabes lo que te falta.

Las autocracias que aprenden

Uno de los análisis más lúcidos y perturbadores de la velada fue el retrato de las nuevas autocracias. Ya no se parecen a los totalitarismos del siglo XX. Han aprendido. Son funcionales, permiten muchas libertades cotidianas —las suficientes para que los ciudadanos mantengan su vida sin necesidad de huir—, conservan una fachada de normalidad democrática y al mismo tiempo controlan todo lo que importa.

Venezuela fue el ejemplo más desarrollado. Durante dos décadas el chavismo mantuvo la túnica de la democracia: había elecciones, había Parlamento. Mientras tanto cultivaba relaciones preferenciales con Irán, China, Rusia y Cuba. Era un socio de las autocracias disfrazado de democracia progresista. Cremades llegó a este análisis mucho antes de que el consenso internacional lo asumiera, a través de su trabajo como abogado en defensa de perseguidos políticos venezolanos. La misma lógica, advirtió, puede aplicarse hoy a contextos que se observan con una tranquilidad quizás excesiva.

La metáfora del séptimo piso en un edificio perfectamente gestionado —limpio, seguro, eficiente— donde el propietario acepta todas las comodidades a cambio de renunciar a decidir sobre la vida común resultó especialmente iluminadora. La democracia también cansa. Y ese cansancio es una puerta abierta.

Sin misericordia no hay Estado de derecho

La frase de la noche, sin embargo, no fue de Cremades. Se la dijo Andrew Young, leyenda viva del movimiento por los derechos civiles en los Estados Unidos, hombre que estuvo presente en Memphis el 4 de abril de 1968 cuando dispararon a Martin Luther King. 94 años, conciencia moral activa. "Javier, sin misericordia no hay Estado de derecho".

Cremades confesó que tardó en entenderla del todo. Que tuvo que darle muchas vueltas. Esta frase no figura en ninguna sentencia ni en ningún manual de derecho constitucional. La pronunció alguien que vivió el derecho desde el dolor, desde la lucha, desde la carne. Y en eso reside precisamente su profundidad: el Estado de derecho requiere también un alma. Exige el reconocimiento de que detrás de cada expediente vive una persona con dignidad.

La idea conecta directamente con la Constitución alemana, que Cremades conoce bien desde sus años de doctorado. Es la única ley fundamental del mundo que abre con la declaración de inviolabilidad de la dignidad humana, respuesta directa al horror del nazismo.

Stefan Harbarth, presidente del Tribunal Constitucional Federal alemán —que escribe el epílogo del libro—, grabó un vídeo especialmente para el acto de A Coruña y resumió en él el nervio central de la obra: un sistema que el pueblo no sostiene activamente, no perdura.

Lo que dijo Rueda

Alfonso Rueda subió al atril con su discurso preparado. Y lo dejó a un lado. Se decantó, como casi siempre, por algo más directo, más personal y más político que cualquier texto preescrito.

Empezó con un triple agradecimiento a Cremades: por la invitación, por ese cariño genuino hacia Galicia, y sobre todo por haber escrito el libro y haber tenido la valentía de defenderlo. Luego fue al fondo sin rodeos. "El Estado de derecho no es negociable". Lo dijo como quien sabe que esa frase, en ese momento, en este país, no es sólo una afirmación teórica. Porque todos los días —dijo— alguien piensa que sí lo es. Que el Estado de derecho se puede moldear, doblar, orientar hacia el interés propio, ya sea político, social o económico.

Intervención de Alfonso Rueda en Afundación. / Mundiario.

Y, advirtió sobre el efecto de contagio que provoca el cuestionamiento público de los jueces. Si los máximos representantes del Estado siembran dudas sobre la parcialidad de la judicatura, cualquier ciudadano con un pleito civil tiene argumentos para hacer exactamente lo mismo. Así se erosiona la confianza en las instituciones, gota a gota, hasta que ya no queda nada que erosionar.

Rueda fue explícito en algo que a muchos políticos les cuesta decir en voz alta. Cuando ve señales de alarma, su deber como responsable público es ponerlas de manifiesto. "Estamos mandando un mensaje demoledor y una puerta abierta a los totalitarismos", afirmó. Y añadió que la secuencia es siempre la misma. Primero se pone en duda el funcionamiento de las instituciones, luego se proclama que nada funciona, y finalmente llega alguien a ofrecer tranquilidad a cambio de silencio y obediencia. El ejemplo del edificio del séptimo piso —perfecto en apariencia, pero donde el propietario no puede opinar— lo tomó directamente de la intervención de Cremades y lo hizo suyo con convicción.

Terminó reivindicando algo que en Galicia tiene valor concreto y verificable. La polarización aquí es más baja que en el resto de España y que en la mayor parte del mundo occidental. Eso es un activo que merece cuidado consciente y activo, no sólo reconocimiento pasivo.

Una lección al margen del programa

Cremades cerró el acto con una observación que merecía ser dicha en voz alta. A lo largo de toda la velada, Pedro Blanco y Alfonso Rueda —representantes de dos partidos que compiten con notable intensidad— se habían saludado con cordialidad genuina, se habían aplaudido mutuamente y habían compartido, en lo esencial, el mismo diagnóstico sobre el Estado de derecho. La convivencia democrática exige respeto a la persona que tenemos enfrente, aunque sea el adversario. Ese respeto, dijo Cremades, es el germen del que nace todo lo demás.

Javier Cremades firma el ejemplar a Mónica Martínez. / C.C.

La dedicatoria que escribió en mi ejemplar lo resume con exactitud. "En agradecimiento por tu contribución al bienestar, al imperio de la ley, a la libertad y la dignidad de las personas".

Sobre el Imperio de la ley llega en el momento preciso. Cuando el juez Stephen Breyer, uno de los grandes juristas del derecho anglosajón contemporáneo, le dijo a Cremades que la Constitución americana es un experimento y que la pregunta es si será sostenible, Cremades tuvo la lucidez de trasladar esa misma pregunta a la suya propia. ¿Y la nuestra? Es la pregunta que el libro deja flotando. Y que cada lector tendrá que responder. @mundiario