Miriam Martínez Abellán: " La imagen es un territorio en continua construcción"

Miriam Martínez Abellán./ Pilar Morales
Como asegura la propia artista: "El poema-objeto que practico, viene de una esencia fronteriza entre el arte tridimensional y la literatura que enriquece mi estilo propiamente conceptual".

Tras su exposición bajo el título 'La mirada oblicua' en el claustro del Palacio Cervelló, la trayectoria de la artista Miriam Martínez Abellán apunta a una propuesta estética en el que los recuerdos, su caducidad y persistencia, o la fragmentación con la que se archivan en la memoria, contribuyen a su imaginario personal.

La solidez de su lenguaje apunta a técnicas mixtas, al reciclaje, al collage y a la escultura como formas versátiles en las que se pueden reconfigurar las vivencias del pasado y aquellas que, en el presente, parecen emerger como premonitorias.

En la siguiente conversación, Martínez Abellán profundiza en las motivaciones de su estética y en la asimilación de un legado que ofrece la tradición, pero al que ha ido incorporando lo más eficiente de las vanguardias con el fin de lograr esa reconciliación con la ausencia de los espacios y de los otros.

- ¿Qué fundamentos tiene la poética de tu trabajo creativo para alguien que no conozca tu obra?

- La poética en mi trabajo nace de mi forma de entender el mundo, desde lo que no se cuenta, desde un estilo metafórico. Creo composiciones que sugieren más que dicen, que funcionan como pequeñas cápsulas donde conviven lo poético, lo extraño y lo cotidiano. Tal vez el origen estuvo en los poemas que leía e intentaba escribir con ocho años, lo considero mi primera forma de expresión creativa. Esto ha marcado mi tendencia a utilizar lenguajes híbridos. El poema-objeto que practico, viene de una esencia fronteriza entre el arte tridimensional y la literatura que enriquece mi estilo propiamente conceptual.

A través de esta nueva búsqueda, creo auténticos fetiches simbólicos, una especie de collage escultórico que parte del objeto encontrado e intervenido. También nace del fragmento, de esa parte mínima capaz de contener una historia completa.

Cada pieza descubre al espectador conexiones inesperadas entre los elementos, transformando lo cotidiano en algo extraordinario y revelador, sujeto a múltiples lecturas.

- Desde hace décadas y a raíz de las tesis postestructuralistas, parece que existe una tendencia más que aceptada a infravalorar obras que se atienen a un canon. En tu caso, ¿hasta qué punto el interés rupturista con un legado marca tu obra?

- Mi relación con el legado no es de ruptura frontal, sino de interrogación. Me interesa el canon porque es un territorio fértil para la fricción, un lugar donde las imágenes han sido fijadas y desde el cual es posible desestabilizar narrativas heredadas. Parte de mi trabajo consiste en tomar iconografías y materiales asociados a discursos culturales especialmente los vinculados a lo femenino, la domesticidad o la memoria familiar y reorganizar sus códigos para cuestionar su sentido o resignificarlo.

No creo en destruir la tradición, sino en desplazarla. El collage, por su naturaleza híbrida, me permite abrir grietas en los relatos establecidos y construir nuevas constelaciones visuales. Ese gesto, más que rupturista en un sentido violento, es un acto de relectura crítica y de apertura a múltiples significados.

Considero necesario, desde este punto de vista, plantear miradas alternativas que provoquen, incomoden o interpelen al espectador, generando cuestiones de abierta interpretación.

- Trabajas con toda clase de materiales, recortes, fotografías, grabados. No sé si tu obra parte de un pensamiento o de un referente concreto como pueda ser una foto o una imagen.

- El proceso puede comenzar por cualquiera de los dos caminos, pero suele haber una intuición previa, una idea o una sensación que deseo explorar: una imagen mental, una tensión emocional, un recuerdo, un pensamiento sobre el tiempo o la identidad. A partir de esa intuición, empiezo a buscar materiales que dialoguen con ella.

Otras veces ocurre lo contrario, es una imagen encontrada la que me interpela y abre un espacio de trabajo. Una fotografía antigua, un fragmento de revista, un objeto desgastado por el uso. Me detengo en aquello que tiene una vibración especial, que me genere una relación afectiva para construir una pieza en la que se encuentren los materiales con mis propias preguntas.

El collage tiene una tradición más que asentada en el siglo XX. Sin embargo, para muchos puristas, se considera que es un medio que no está a la altura de un fresco o una acuarela.

-¿Te has encontrado con crítica artística reticente a valorar tu trabajo por la técnica o técnicas que empleas?

- Sí, en ocasiones he percibido esa mirada que coloca el collage en un lugar secundario, como si fuera un medio artesanal o poco solemne. Pero para mí esa aparente “humildad” de los materiales es precisamente su fuerza. El collage permite trabajar con lo residual, con lo frágil, con aquello que no estaba destinado a ser arte; y convertirlo en una herramienta crítica y poética.

Cuando alguien se acerca con prejuicios, intento que la obra hable por sí misma. El collage no es solo una técnica, es un modo de pensar, una forma de entender la imagen como un territorio en permanente construcción. Ese acto de reconfiguración y la identidad de estilo de un artista debe tener una potencia que trascienda cualquier prejuicio técnico. La sensación de pertenencia la he conseguido al pensar en el concepto amplio que ofrece el arte considerado “contemporáneo”.

-¿Cómo empezó en ti esa vocación por trabajar con el collage y con otras técnicas compositivas frente a la acuarela o al óleo, por ejemplo?

-Creo que el collage apareció como una forma natural de trabajar con mi propia sensibilidad. Desde muy joven me atrajeron los materiales encontrados, las fotografías antiguas, los libros viejos, los objetos cargados de historia. En ellos encontraba un tipo de verdad que no veía en una superficie en blanco. En las clases que recibí de pintura y dibujo me aburría y desesperaba a partes iguales. Las propuestas libres de reglas, donde el juego, la intuición y el cuestionamiento están presentes resonaban más conmigo.

La música, mi otra formación, también me ha influido: el collage me permite componer imágenes como si fueran estructuras sonoras, superponiendo capas, silencios, ritmos y disonancias visuales.

Mientras que la pintura parte de la creación desde cero, el collage parte de la transformación, de tomar algo que ya existe y desplazarlo hacia un territorio inesperado. Ese gesto, mitad arqueológico, mitad poético, es el que me atrapó desde el principio.

-Si tuvieras que hacer una retrospectiva de todo lo que has hecho hasta ahora, ¿en qué etapa se encuentra tu trabajo en este momento? He comprobado que hay una necesidad de operar con la intimidad y los recuerdos en lo último que estás exponiendo.

-Estoy en una etapa de profundización. Después de años trabajando con el fragmento desde una perspectiva más formal, ahora me interesa indagar en lo que esos fragmentos dicen de nuestra propia identidad y memoria. He comenzado a trabajar de manera más consciente sobre la existencia como territorio colectivo, como experiencia humana compartida. Vivimos un momento sociológico muy interesante. Utilizo elementos del pasado para tratar cuestiones del presente.

Mis obras recientes hablan de los vínculos invisibles que nos conforman: el recuerdo, la herencia emocional, la fragilidad del tiempo. También desarrollo una mirada comprometida hacia cuestiones de ámbito social, y una intensa reflexión sobre la figura femenina. El análisis de los estereotipos y roles de las mujeres de nuestro tiempo es un tema transversal a toda mi obra.

Siento que esta etapa es un proceso de refinamiento y honestidad, donde la técnica se pone al servicio de una investigación más profunda sobre quiénes somos y cómo nos narramos.

Como dijo John Berger: 'Las imágenes olvidadas siguen hablando, solo hay que aprender a escuchar su silencio'.