Million Dollar Baby, de Clint Eastwood: un drama sobrecogedor

Cartel de Million Dollar Baby, de Clint Eastwood
Cartel de Million Dollar Baby, de Clint Eastwood. / Productora.

La historia resulta sobrecogedora desde un primer momento. Los personajes principales arrastran el dolor de unas vidas en las que han cometido errores o han sufrido malquerencias.

Million Dollar Baby, de Clint Eastwood: un drama sobrecogedor

Clint Eastwood rodó Million Dollar Baby (2004) cuando estaba en su mejor momento como director. Un año antes, había realizado otra obra maestra, Mystic River, y en 2008, Gran Torino, que son mis películas favoritas junto con Los puentes de Madison, Bird y Sin perdón. Y es que, una vez más, Eastwood supo escoger una buena historia, sobre la base de los relatos del entrenador de boxeo F.X. Toole, y apoyado en el excelente guionista Paul Haggis (Crash, En el valle de Elah). Además, en la parte interpretativa, a la poderosa personalidad del propio director, en uno de sus trabajos más sutiles, hay que sumar la de Morgan Freeman, y la actuación absolutamente emotiva de Hillary Swank. En la dirección brilla la fotografía y un ritmo perfectamente sostenido que, a través de la muestra de muchas miserias, avanza hacia lo funesto. Todas esas grandes virtudes pueden con un defecto importante convertido aquí en residual, el del excesivo maniqueísmo en algunos personajes secundarios.   

La mirada que tenemos es la de Eddie Scrap (Morgan Freeman), a través del relato que va desgranando su voz en off. Este hombre maduro, que vive ascéticamente, en un triste apartado del gimnasio, es, cómo no, un exboxeador, alguien que perdió un ojo, y que ahora trata a sus tenaces sucesores con una mirada justa y sensibilizada. El dueño del gimnasio es su amigo Frankie (Clint Eastwood), un hombre entre duro y sensible, un poco a la manera bogartiana. Maggie es una chica que lleva desde casi niña trabajando de camarera, y que tiene por sueño triunfar en el boxeo. Por eso, ahorra para pagar el gimnasio y comprarse el equipamiento. Por eso, debe llevarse las sobras de sus clientes a casa, para aquietar el hambre sin tener que gastar dinero en ello.

A medida que nos vamos introduciendo en la atmósfera de esta historia, percibimos una asfixia creciente, la de estar conducidos por un túnel del que sabemos que no vamos a salir ilesos. Hay mucha vulnerabilidad en los personajes. La mirada compasiva se hace patente en el acercamiento a ese joven, llamado Peligro, que, en su estrechez intelectual, se empeña en acudir cada día al gimnasio con una ilusa expectativa. Y también, claro, en la figura de la protagonista, esa joven —pero ya algo vieja para el boxeo— Maggie, que intenta huir lo más lejos posible de la miseria que la persigue desde siempre (“crecí sabiendo que no valía nada”), abrazando ese camino que tanto la llama y sobre el que no le interesa caer en la cuenta de sus riesgos, o de la intrínseca contradicción moral que se deriva de una actividad en la que, para ser bueno, uno ha de dañar seriamente a su contrincante. “¿Cómo está la chica?”, le preguntará Maggie a Frankie, su entrenador, tras un combate. “Tiene una contusión y un tímpano roto”, le contestará este. Y ella, en su bondad, le dirá: “¡Estará bien!” “¿Y si no fuera así?” “Tal vez debería enviarle algo”.

La historia resulta sobrecogedora desde un primer momento. Los personajes principales arrastran el dolor de unas vidas en las que han cometido errores o han sufrido malquerencias. El de Frankie, es el de no poder reconciliarse con su hija Katie, quien, semana tras semana, le devuelve las cartas con las que pretende recuperarla. Ha perdido el amor y la cercanía de su hija por algún hecho que nunca se nos explicará. Lo que sí sabemos es la insistencia en la solicitud de perdón por parte de él, el rencor indoblegable de ella. Por otra parte, Eddie, vive apartado de cualquier alegre expectativa o deseo, recluido en su mísero cuarto sin ventanas del gimnasio, pero procurando trocar en empatía y justicia hacia los púgiles el daño que la vida le ha infligido.

Maggie añora a su padre muerto, el único de la familia que la quería, el único a quien podía admirar. Esa coincidencia de circunstancias hace que ella y Frankie se acerquen mutuamente en una relación que tiene mucho de paterno filial. Pero esta aproximación no se realiza, ni mucho menos, a un mismo ritmo. Es Maggie la que se empeña en que él sea su entrenador, y es él quien, ante la mirada censuradora de su amigo Eddie, la rehúsa reiteradamente. Poco a poco, la tenacidad de ella obra la primera fase de su sueño, la de ser preparada por él. Pero este, hasta el final, se resistirá a tomarla como alumna. Varias veces la enviará a otros colegas, pero ella, terca, los despreciará. Muy franca, más adelante, le confesará: “Yo solo te tengo a ti, Frankie”.  Él, solo al final, la reconocerá como sustituta de su hija.

El mundo del boxeo es sórdido. Frankie ha de lidiar con la mucha pillería de los mánager y entrenadores. Se ha de poner a su altura, aunque solo como una obligación profesional. Eddie es el gran observador, el que imparte un sobrio cariño y, si hace falta, quien da una violenta lección a aquellos que están lejos de saber el valor de vivir en una moral. Ambos están rodeados de aspirantes a boxeadores que viven en la pobreza y tienen una ínfima posibilidad de salir de ella y todas de padecer las lesiones que las encarnizadas peleas promueven. Freeman no le cobra a Peligro, permite a Maggie —contra la voluntad de Frankie— entrenar a deshoras en el gimnasio. La película retrata perfectamente ese ámbito de miseria y de crudeza. Como lo define Eddie en su relato, el boxeo es: “La magia de arriesgarlo todo por un sueño que nadie ve más que tú”. Aquí disponemos de una panorámica de la psicología de unos aspirantes a boxeadores, de unos hombres y una mujer sumidos en su obcecación. Cuando, más tarde, Maggie le pregunta a Frankie qué hará cuando deje el boxeo, este le dice: “Nunca lo dejaré, su hedor me gusta demasiado”.

La relación de Frankie con Eddie es de una amistad profunda que se expresa con enorme torpeza. Entre los dos no hay diálogos francos ni directos sino los rodeos que acometen los tímidos y que a menudo conducen a expresiones contradictorias con los sentimientos. Son dos hombres acorazados, que no se atreven a expresar su íntima bondad. Hay una fraternidad en ellos que apenas reconocen, pues les resulta dolorosa, porque la derrota de cada uno se hace evidente en el reflejo del otro.

Maggie va ganando combates, todos por KO. En su cabeza está el momento que no se ha de retrasar, el de un combate verdaderamente glorioso, en la disputa de un título mundial. Va ganando bastante dinero y con él le compra una casa a su madre. Pero esta no se lo agradece, sino que se lo reprocha, pues teme perder la beneficencia del estado. Está claro que no la quiere, como tampoco su cuñada, y, como veremos más tarde, su hermano, recién salido de la cárcel. Es una familia de parásitos, de ingratos, de personas que, con sus palabras, con sus gestos, hacen el mal que las corroe, porque no han intentado dar un giro y deshacerse de él. No saben ni quieren amar, solo revolcarse en el fango de su repugnante egoísmo. Podría ser el retrato de los seres de la pobreza, pero Maggie también ha pertenecido a ese ámbito de miseria, y no es precisamente así, sino todo lo contrario.  

“Yo cometí muchos errores en mi vida, solo quiero evitar que hagas lo mismo”, le dice Frankie a Maggie. Pero, tras su ascendente éxito, llega el abrupto final. En su combate por el título, su oponente, famosa por pelear sucio, demuestra su mala fama de la peor manera. Un golpe antirreglamentario, totalmente fuera de tiempo, tumba a su contrincante, de tal manera que cae, de manera fatídica, sobre la banqueta que ya ha sido subida al cuadrilátero. Ya solo le espera la vida miserable de una tetrapléjica. Ya solo veremos un ámbito para su vida: el del hospital.

La madre anuncia su visita, pero Frankie se entera de que está en la ciudad desde hace seis días y no ha ido a verla. En realidad, han ido de turismo y para que su hija firme unos papeles con los que ceda el dinero que ha ganado a su familia. Él trata de oponerse, pero lo echan de la habitación. Sin embargo, Maggie está a la altura de la justicia moral, y no firma.

El dolor que siente Frankie es tan insoportable que tiene que expulsarlo a su alrededor. Por eso, le echa la culpa a Eddie por haberlo empujado a que finalmente entrenara a una chica, a lo que tanto se había resistido. Desesperado, llama a todos los hospitales, pero en ninguno le dan una solución. A los dos meses, Maggie se muestra estable. La llevan a un centro especializado. No puede respirar por sí misma. Le acaban amputando una pierna. Y tiene muchas heridas debido a su postración. Ahora que vuelve a estar cerca de su ciudad, Frankie vuelve a acudir diariamente a la iglesia. Allí, reza por sus dos hijas, por la que tuvo y quisiera recuperar, y por la que ha adquirido afectivamente. Esta le ha pedido morir. “No quiero vivir así, Frankie. Ya vi el mundo. Las personas corearon mi nombre. Salí en revistas. Nací pesando menos de dos kilos. Lo logré todo, no dejes que ahora esta cama me lo arrebate”. No sabe si él se atreverá. De momento le ha dicho que no, y por eso intenta suicidarse mordiéndose la lengua para desangrarse.

Frankie empieza a plantearse cumplir con ese acto de piedad que a otros ojos es cometer un asesinato. Consulta al cura de su iglesia: “No puedes hacerlo, y lo sabes”. Y él responde: “Si la mato, cometo un pecado; y si la dejo viva es como si la matara”. “Si llegas a hacer esto, te perderás tan profundamente que nunca volverá a encontrarte”. A Maggie la sedan para que no vuelva a intentar quitarse una vida que ya no lo es sino en su mínima expresión de existencia.

Frankie se convence de que no hay otra opción más sincera que hacerlo. Una noche, Eddie, que ha estado siempre siguiéndolo, se acerca al que es su gran amigo, pese a las aparentes distancias. Sabe que lo que lleva en sus manos es el maletín con todo lo necesario para cumplir con la voluntad de Maggie. Se presenta en el hospital, dispuesto a liberar a esa joven de la vida como quien cura una persistencia nefasta. “A veces, el más grande acto es la muerte del amado”. Antes de cumplir con la voluntad de la chica, Frankie le revela el significado de aquel apodo que le había puesto como boxeadora, aquellas palabras del gaélico que estaba estudiando, ese Mo cuishle que coreaba parte del público y que significa: “Mi niña, mi sangre”. Eso ha sido ella para él.

Cuando sale de la habitación, sabe que ha realizado un acto compasivo. Vemos que Eddie estaba allí, cerca, en la sombra, vigilándolo. Las últimas palabras de su narración nos revelan que todo ese relato, en realidad, ha sido la redacción de una carta dirigida a la hija de Frankie, cuando él ha desaparecido definitivamente: “Quizá fue a buscarte para pedirte que lo perdonaras, pero tal vez no le quedara nada en el corazón. Ojalá haya encontrado un lugar para estar en paz. No importa dónde esté. Espero que sepas la clase de hombre que fue tu padre, realmente”. @mundiario

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