Miguel Hernández: poesía, pasión, integridad

El poeta oriolano Miguel Hernández
El poeta oriolano Miguel Hernández.

Un poeta que nos resulta muy cercano por su adherencia a una sencillez nunca plena o definitivamente manchada por su ambición o su talento literario.  

 

Miguel Hernández: poesía, pasión, integridad

La primera mitad del Siglo XX dio como resultado muchas vidas truncadas. De esa época, nos encontramos con muchas biografías de personajes importantes cuya existencia fue abruptamente segada por las guerras o sus consecuencias. En todos esos casos hay un recorrido intenso, que da cabida, en tan pocos años, a una rápida evolución. Siempre me ha parecido que esos hombres y mujeres sabían, de alguna forma casi siempre inconsciente, que no iban a disponer de mucho tiempo. Así lo ve también José Luis Ferris en su magnífica biografía de Miguel Hernández: “Y la explicación, en todo caso, a la forma acelerada de su voz, a sus ojos brillantes y fanáticos, sería el bullir de ideas que a veces le atormentaban y la premonitoria necesidad, debido a su precaria salud, de luchar contra el tiempo”.

En su momento, leí la primera versión de Miguel Hernández. Pasiones, cárcel y muerte de un poeta, pero me había demorado en leer la nueva, publicada en 2016, revisada y ampliada. Son muchas las informaciones, a veces contradictorias, que nos llegan sobre la vida del poeta y es como si ya supiéramos todo lo importante, pero me ha apasionado esta nueva lectura, este penetrante recordatorio de una vida mayoritariamente dramática, con tantos gestos de heroica integridad en un personaje de expresiones muy diversas, como tantos otros que se han volcado en explorar la existencia. Miguel Hernández fue ese hombre que solo llegó a ser joven, pero al que le dio tiempo de enriquecerse de una intensidad vivencial desde la que ajustaba su visión del mundo; un poeta que nos resulta muy cercano por su adherencia a una sencillez nunca plena o definitivamente manchada por su ambición o su talento literario.  

“Aquellos a quienes los dioses aman mueren jóvenes”, escribió Menandro. Pero, ¿amaban los dioses a un hombre que solo pudo cumplir parte de su destino como poeta contra todas sus circunstancias, y que tuvo que sufrir lo dolorosamente imaginable? Como a los mandatos de los dioses se les suele dar la vuelta para poder seguir dándoles la razón, podríamos decir que todas las calamidades vividas por el poeta propiciaron una intensificación de su obra que, pese a su carácter vehemente y su hambre de vida, de otro modo no hubiera podido alcanzar. Por otra parte, su corta y trágica existencia, su enorme implicación en la convulsa sociedad que le tocó vivir, y su actitud noble, lo han convertido en poco menos que un mártir laico. Y todo ello ha contribuido a aproximar su poesía a un público más extenso, que ha sabido apreciar su franca autenticidad.

Uno de los rasgos personales que más simpatías despierta es esa original condición de cabrero que apenas ocultó y que, por otro lado, produjo algunas irremisibles alergias en contemporáneos suyos, como los señoritos y grandes poetas, Luis Cernuda y Federico García Lorca. Parece ser que esa virtud suya de pronunciarse desde una franqueza esencial, que exigía un decir valiente y espontáneo, podía derivar en una actitud social involuntariamente hiriente, o en una defensión de sus ideas obtusa. 

El rostro de un hombre o de una mujer son a veces tan llamativos, tan preponderantes, que nos avisan de su caudal interior, nos predicen sus expansiones, el nivel y la sustancia de su vitalidad. En una ciudad como Madrid, los rasgos de Miguel Hernández no pasaban desapercibidos para muchos. Su aspecto general, tan descuidado desde el punto de vista burgués, normalizador, muy mayoritario en aquellos tiempos, pudo influir en algunas de sus previas detenciones. Por otra parte, sus ojos resultaban muy llamativos. La joven Carmen que, al principio de su juventud, lo rechazó, dijo de ellos: “Tenía ojos de loco, como si quisieran salirse de las órbitas”. Aunque otras visiones más amables y delicadas los describían así: “Azules como dos piedras límpidas” (Vicente Aleixandre), y: “Ojos verdes, llenos siempre de asombro inefable” (Nicolás Guillén). Lo de que se presentasen tan abiertos parece ser que se debía al hipertiroidismo que padeció, lo que explicaría que no se le pudieran cerrar cuando muerto. Otra de sus características personales destacadas era la de su voz de bajo profundo.

En cuanto a su carácter, predominaba la afabilidad y el talante vivo y entusiasta. Irradiaba un atractivo muy especial para los niños. Le gustaba estar en contacto con la naturaleza, bañarse en los ríos o desnudarse para mojarse bajo la lluvia. Se subía a los árboles. Aunque, a esa jovial vitalidad, se opuso desde temprano su salud, con su propensión enfermiza. Y, por otro lado, su tendencia a la alegría se vio menoscabada por las difíciles circunstancias a las que se vio sometido. Para empezar, por las resistencias a su claridad vocacional. Su enfrentamiento a un padre que, incapacitado para comprenderlo y totalmente reacio a amarlo tal como era, no lo visitó ni siquiera una vez en los dos meses en que estuvo en la prisión de Orihuela, y que, cuando su hijo murió, lo único que supo decir es que él se lo había buscado. Y luego sus viajes a Madrid, empezados con un aplastante fracaso que, en estancias posteriores, se revirtió en buena parte con un progresivo reconocimiento y las amistades. No obstante, allí, en la capital, sintió el desarraigo de su tierra y el tener que moverse en un mundo en el que asomaba el peligro de la puñalada: “Hay mucha mentira en todo, querido Carlos. Estoy sufriendo cada desengaño con amigos que he creído generosos y perfectos… A veces, ante las situaciones que observo de envidia, rencor, mala intención o veneno, que de todo encuentro, me dan ganas de soltar bofetadas y mandarlo todo a hacer leches”. Cuando las cosas en España se iban progresivamente complicando, le escribió a una de las mujeres de las que estuvo enamorado, a María Cegarra: “Paso muchos días tristes y no me consuela nada en absoluto… Presiento que la insatisfacción de ahora será la de siempre... Se ven muchas cosas mezquinas en todas partes. No saldremos de animales nunca”. Y nos cuenta Mará Zambrano: “Él sufría. Estaba sufriendo siempre. Lloraba hacia adentro y reía más que hablaba… Era un creyente. Y creyó siempre en lo mismo, en el rayo que no cesa y en el amor que no acaba”.

Su corta vida nos sirve como perfecta ilustración de como los condicionantes pugnan por imponerse en las principales actitudes de un hombre. Sus inicios están marcados por la inmadurez emocional e intelectual debida a la falta de experiencias, pero también a la cortedad de miras impuesta por un entorno opresor, plagado de dogmatismos de toda índole. Todo eso fue vencido por Miguel Hernández mediante la fuerza de su tránsito personal, aquel que lo separaba de todos aquellos que viven obcecados en identificar lo que piensan con la raíz más invariable de lo que son. Sus transformaciones fueron rápidas, necesarias, difíciles, en un mundo en el que se escatimaba la iluminadora comunicación, la posibilidad de contactar con aquellos que podían mostrar otras perspectivas.

El mundo se le abrió cuando llegó a la capital. Antes, su crecimiento como hombre y poeta había sido dirigido por mentores como el párroco Luis Almarcha o su amigo Ramón Sijé, que temporalmente consiguieron hacer de él un producto humano de su ideología católica. Pero el mundo madrileño le mostró otras formas de vida, las posibilidades de cambio, tanto para su arte, como para la sociedad o para sí mismo. Pablo Neruda, especialmente, con sus formas suaves, lo ayudó a que renegara de sus anteriores convicciones, a experimentar una caída del caballo inversa, una liberación cuya alegría dejó escrita en su poema Sonreídme. Aquel cambio tan brusco en quien provenía de la “Orihuelica del Señor”, en donde, en las elecciones republicanas, siempre ganaban las derechas, y el tradicionalismo era sagrado, no pudo reportarle más que adversarios y, definitivamente, la denuncia que lo condujo al “turismo carcelario” que tan decisivamente favoreció su prematura muerte.

Su lealtad a sus principios políticos y sociales fue el resultado final de su existencia; esa terquedad en no traicionar su lucha por una sociedad mejor, en cada una de las numerosas ocasiones que se le ofrecieron de recuperar su libertad y, a la postre, conservar su vida. Para defender esa posición, que era más un sentimiento que una bien formada ideología, obviaba —y discutía vehementemente, si hacía falta— las evidencias de que la URSS había dejado a los comunistas españoles en la estacada. Sin embargo, hoy su poesía y su vida despiertan simpatías incluso en muchos apasionados de una posición política antagónica a la suya. Y muy probablemente aquello que obra ese milagro sean esas inequívocas señas de autenticidad que desprenden los versos y los pasos del poeta, una genuina forma de ser que está más allá de los errores y las puntuales mentiras, y que se manifestaba en el afán de una suprema fidelidad a los valores éticos que consideraba más incontrovertibles, más sensibles con el pobre habitante de aquella España, a la que había que convertir en más libre y más justa, para poder ofrecérsela en herencia a sus hijos.

Cuando llegó la Guerra Civil, Miguel Hernández desechó la posibilidad de recurrir a sus amigos literatos para participar en ella desde puestos más seguros y afines a su nueva condición artística. Al contrario, le pareció más honesto intervenir desde la primera línea de fuego. Renunciaba así a refugiarse, como sus colegas, en el palacio de los Heredia-Spínola, lugar donde, sin sonrojo, se realizaban fiestas, una de las cuales indignó al poeta, quien gritó, frente a María Teresa de León, y luego dejó escrito en la pizarra: “Aquí hay mucha puta y mucho hijo de puta”. Era su forma de exigir en los demás una nobleza y una honradez que él practicaba en grado sumo, aun a costa de su propia seguridad. Al librarse la primera vez de una condena a muerte y recuperar la libertad, no quiso ponerse a salvo, sino acudir a su deber como esposo, como padre, como hijo, como amigo, y marchó a Orihuela en lugar de preparar un exilio seguro. Como dijera Carmen Conde: “La vida le había conferido una nueva oportunidad, pero él era el más inocente y confiado de los muchachos”.

Su detención posterior iniciaba un nuevo y definitivo periplo carcelario. Entonces, las cartas de Miguel Hernández oscilaban entre las que omitían su estado de desesperación, en las que disimulaba su horrorosa vida en la cárcel y se preocupaba del bien de su esposa Josefina y de su hijo, y las que lanzaba como mensaje de petición de un socorro que no era atendido como él necesitaba. Muchas veces, le pidió a Josefina que se acercara allí donde él estaba, pero esta no respondía. Entonces, le reprochaba: “Piénsalo detenidamente y deja esa cobardía para andar por el mundo que siempre has tenido”. Y es que Josefina y Miguel habían llegado a unirse tras una transformación radical de este, que había pasado, en pocos meses, del catolicismo al comunismo, y a una visión de las cosas más liberada de mojigaterías, lo que le había llevado a una ruptura temporal, a otros enamoramientos, al descubrimiento del sexo más explosivo a través de la promiscua pintora Maruja Mallo. Pero los desengaños le hicieron regresar a esa mujer, a la que volvía a amar otra vez, pero que era tan diferente y no estaba a la altura de su experiencia y su coraje, y tampoco podía, en absoluto, comprender su vocación, ese mundo del poeta que para ella era meramente ilusorio, problemático e inútil. Como dice Ferris: “Parece claro y probado que tanto su noviazgo como su matrimonio es la historia de dos desconocidos que nunca llegaron a convivir más que unas cuantas semanas seguidas”.

Miguel Hernández murió en un penal de Alicante, de una afección pulmonar que había empezado a agravarse con el frío de la cárcel de Palencia. Su rechazo a las propuestas de liberación lo explicaba así: “Tengo una vida que puse al servicio de mi ideal, y si tuviera doscientas vidas lo mismo las hubiera dado y las volvería a dar ahora”. Era difícil convencer a Josefina de aquella convicción tan contraria a un seguro pragmatismo: “Tú sabes que siempre he vivido para ti y que en cuanto salga te lo demostraré mejor y que hay cosas que no puedo no debo hacer porque sería no respetarme ni respetarte”. En sus últimas semanas, Miguel Hernández era ya un hombre plenamente vencido por su enfermedad; postrado, su cuerpo exhalaba un fuerte hedor. El 28 de marzo de 1942 su ardua existencia llegaba a su fin.

Casi toda la vida de Miguel Hernández fue sufrimiento, al que supo oponer algunos momentos de camaradería, el placer del verso logrado, alguna limitada y efímera forma del éxito social; o el amor, aunque este siempre lejano o precario. Ahí están sus inicios en un mundo adverso, su incipiente crecimiento poético condicionado por un entorno de asfixiante remedo de la verdadera espiritualidad. Sus fracasos en Madrid, el lastre —a la vez utilizado con efecto contrario por él mismo— de su procedencia, no solo sencilla, sino también pintoresca. La lucha contra los egos de los colegas, de los que, en su grado máximo, solo unos pocos estaban exentos. La mezcla de imprudencia y mala suerte que lo llevaría a la cárcel por motivos banales. Su dependencia de los favores ajenos, primero como poeta y luego como soldado del bando vencido. Su ingenuidad. Su proceder íntegro. Las cefaleas continuas, que un médico explicó por los golpes en la cabeza que le solía propinar su padre. El hambre, el frío, la intemperie, la reclusión, su tiempo, la soledad…

Vicente Aleixandre, su mejor amigo en Madrid, lo veía como: “Un hombre abierto, de corazón libre… Era un ser alegre, de fondo dramático. Un ser generoso al máximo. Donde hubiera un dolor, allí estaba él”. Y José Luis Ferris llega a esta conclusión: “Tenía un corazón enorme, ciegamente generoso, latidor en su poesía entera y que se le trasparecía en los ojos como en su poesía […] Era el poeta del triste destino, que murió malogrando a un gran artista, que hubiera sido, que ya lo es, honor de nuestra lengua”. @mundiario

              

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